Lunes, 21 de Agosto de 2017
17:43 CEST.
Opinión

Una igualdad desigual

Si existe un concepto, o más bien un valor, del que el castrismo ha tratado de apropiarse, autoerigiéndose en paladín del mismo, ese valor no es otro que la igualdad. Falacia absurda, pues lo que rige en Cuba es un bochornoso apartheid económico en el que una inmensa mayoría, desprovista del menor confort material y sin derecho a disentir, contempla con desidia, rabia y desesperación cómo una oligarquía, inepta en materia económica, disfruta de irritantes privilegios y usurpa las divisas ganadas con el sudor del pueblo para costearse sofisticados niveles de consumo.

Cabe admitir no obstante que, aparte de esa exigua oligarquía parásita, en Cuba reina una perfecta igualdad… Igualdad en la pobreza, no en el bienestar. Pues pobreza es lo que el castrismo ha sabido crear: antes de transformarse en prisión al aire libre, Cuba ocupaba el tercer lugar de las naciones latinoamericanas en términos de riqueza per cápita; hoy el país está situado en la cola del pelotón, viviendo de las dádivas de la URSS primero, y de Hugo Chávez después.

Nadie ha logrado resumir los efectos perversos de la supuesta igualdad económica del castrismo en términos más escuetos, y al mismo tiempo claros, que el gran amigo de Fidel, ex guerrillero tupamaro y actual presidente del Uruguay José Mujica, al declarar: "El campeonato del reparto en América Latina lo ganó largamente Cuba", antes de añadir: "Ahora no tiene qué repartir".

Basta hurgar en la historia contemporánea para comprender la causa de tan rotundo fiasco: el fracaso de todos y cada uno de los experimentos socialistas demuestra que la economía no es ni caserna ni campo de concentración. El progreso económico no se planifica con ukases ni se impone con lineamientos; para alcanzarlo, es preciso liberar las fuerzas del mercado, las mismas fuerzas que la oligarquía cubana se empecina en asfixiar.

El fracaso social

No menos desastroso es el balance del castrismo en materia de desigualdades de índole social.

El racismo no cesa de golpear a la población afrocubana, sin que el castrismo, con 53 años ejerciendo el monopolio de la toma de decisiones, pueda rehuir su responsabilidad en semejante ignominia. Tras realizar una encuesta sobre este asunto, la radio televisora inglesa BBC concluye que en Cuba "los negros tienen inferiores puestos de trabajo, reciben menos ingresos, viven en las peores viviendas y son mayoría en las cárceles y una minoría en las universidades". El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de las Naciones Unidas mostró preocupación al respecto, en particular por la alta proporción de afrodescendientes en las cárceles (80-90% de la población reclusa).

El infortunio de los afrodescendientes bajo el castrismo quedó evidenciado en la muerte en febrero de 2010 del preso político Orlando Zapata Tamayo, de 44 años, tras una huelga de hambre de 85 días en protesta por las condiciones inhumanas en las que vivía en prisión. Durante la huelga de hambre, Zapata Tamayo fue torturado y ni siquiera recibió una asistencia médica elemental. A juicio del opositor Manuel Cuesta Morúa, "se ensañaron con él por ser negro".

Discriminación, además, en materia de igualdad de géneros. Mientras que en las sociedades democráticas, muchas mujeres asumen funciones políticas de primer plano, incluso como jefas de gobierno o secretarias de estado, en Cuba el Buró Político del Partido Comunista, instancia suprema del poder castrista compuesto de quince miembros, cuenta apenas con una sola mujer.

En lo único en que la mujer ocupa un lugar señero en Cuba es como víctima de la represión. Ahí sí que existe igualdad de géneros. Los largos años pasados tras las rejas por mujeres disidentes de los años 60 (Lidia Pino, María Cristina Oliva, Manuela Calvo, Carmen Arias y Blanca González), los repetidos vejámenes perpetrados contra las Damas de Blanco, los acosos repugnantes a Marta Beatriz Roque y María Elena Cruz Varela, así como la muerte sospechosa de Laura Pollán, son tristes ejemplos del tributo que la mujer cubana ha pagado y sigue pagando en la lucha por la libertad.

Discriminación, por último, en detrimento de la juventud, a la que se le mantienen vedados los canales del poder. ¿Cómo podría ser otro el caso cuando la edad promedio del Buró Político es de 68 años y la mediana es de 71? ¿Por qué postergar indefinidamente, enviándolo cada vez para las calendas griegas, el ineluctable relevo generacional?

La explicación de ese ostracismo político impuesto a las nuevas generaciones radica en el hecho de que la gerontocracia cubana le tiene miedo a la juventud. Una juventud a ojos vistas desengañada, como lo confirma la revista The Economist: "En gran parte de Cuba, es difícil encontrar alguien por debajo de los 40 años que hable bien del sistema".

De nada valen cartas a jóvenes que se van, escritas por uno que otro secuaz del régimen, para intentar contener la ola de indignación y desesperanza que sacude a la juventud. Los jerarcas del castrismo ya no pueden confiar ni en sus propios hijos. Exasperados por la ausencia de perspectivas halagüeñas y los desmanes de sus padres, no faltan quienes optan por encarar las huestes del régimen, patrocinando el Proyecto Varela, sufriendo persecuciones y cárceles, o decidiendo emigrar a tierras de libertad.

Cuando una dictadura férrea se resquebraja desde dentro, cuando la desconfianza cunde en las filas del poder y las lealtades se tornan frágiles o comienzan a desertar, es que se acerca el final.

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