Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
14:03 CET.
Opinión

Las novias

¿Qué se infiere de los amores de Glenda y Mairelys, cuyas peripecias son dignas de una novela romántica? ¿Por qué estos novios despiertan tanto interés? ¿Qué hay delante y detrás de estas historias del corazón?

Glenda Murillo Díaz tiene veinticuatro años, nació al borde del eufemismo que conocemos como Período Especial, en 1988. Su padre, como la prensa ha divulgado, es Marino Murillo, miembro del Buró Político, administrador de las reformas, sucesor de Carlos Lage, pero con más poder que el defenestrado, porque no tiene clavado en los riñones al Grupo de Apoyo y su Comandante en Jefe.

Mairelys Cuevas Gómez es casi tan joven como la otra "desertora". Tiene veintisiete años, jugaba a las muñecas cuando cae la Unión Soviética y desaparece de Europa el "socialismo real". Era Jefa de Edición del Granma, cargo no decisivo (hay tres censores por encima para cada mañana: Director o Subdirector, DOR y Oficina de Raúl Castro), pero sí de confianza en el órgano del Comité Central.

¿Por qué los novios de Glenda y Mairelys no regresaron a Cuba —en los seguros vuelos diarios— a reunirse con sus amantes de la Unión de Jóvenes Comunistas? ¿Por qué cada pareja prefirió el riesgo de la frontera mexicana?

¿Cuándo y cómo decidieron ser felices en el sur de la Florida y no en La Habana, donde la hija de Murillo con toda seguridad no vivía como el cubano de a pie; donde la "periodista" (sic) tendría ventajas inherentes a su cargo?

No hay que tener mucha imaginación para reconstruir lo que las dos parejas pasaron antes de sus felices reencuentros. ¡Cuántos modos de fingir, de aparentar, de sonreír y aplaudir! ¡Cuántas conversaciones en clave! ¡Cuántos ahorros invertidos o deudas contraídas para llegar a salvo a la frontera! ¡Cuánto terror hasta la llamada telefónica que anunciaba el cruce a Estados Unidos!

Y en la misma pesadilla: ¿Glenda y Mairelys les confesarían a sus madres la aventura? ¿En quién tendrían la suficiente confianza como para despedirse?

Hasta en casos de parejas privilegiadas —como estas dos— hay historias truculentas, escalofriantes… Entonces antes de hablar de tolerancia y reconciliación y perdones, es necesario extirpar el miedo, cada una de las máscaras que encubren no una doble moral, sino ninguna. Extirpar el totalitarismo.

Porque es ese miedo —nada metafísico— la principal causa de que Glenda y Mairelys decidieran exiliarse. Miedo a los perpetuadores del desastre económico, del caos cotidiano, donde ninguna de las dos quiere que sus hijos nazcan y crezcan.

¿Se preguntará Marino Murillo por qué Glenda optó por escapar? Tal vez, pero con mucho miedo a que su jefe o sus subordinados se den cuenta… Aunque no lo creo. Ni siquiera se interesa en ir, por ejemplo, al poblado de Limones, municipio de Majibacoa, provincia de Las Tunas, donde Sirley Ávila León, delegada de circunscripción, lucha contra las estructuras del Poder Popular para que reabran la escuela primaria.

¿Se preguntarán en la redacción de Granma por qué Mairelys huyó hacia la boca del imperialismo yanqui? Tampoco. Quizás un murmullo afuera, en el parqueo, mirando de soslayo…

Lo más triste es que no se trata de una historia novedosa, salvo para aquellos desmemoriados que prefieren olvidar la suma de tres generaciones sufriendo. ¿Cuántas familias cubanas ha destrozado el castrismo, de 1959 a hoy?

La historia es larga, quizás hasta de tan larga se ha vuelto habitual, ha perdido filo. Pero ahí está, aunque Glenda y Mairelys no la conozcan. Y ahora tal vez —muy significativamente— se lea la de estas dos parejas como nuestros bisabuelos leían Los novios I Promessi Sposi—, la lacrimosa y tan romántica novela del milanés Alejandro Manzoni, que sitúa en la Lombardía del siglo XVII.

Renzo y Lucía —los inmortales personajes de Manzoni— al final de sus peripecias logran estar juntos. Como ahora Glenda y Mairelys con sus novios. Enhorabuena.

Ninguna de las dos argumenta razones políticas o económicas para venir al destierro. Es el amor —dicen. El amor todo lo puede —dicen. Las razones del corazón —dicen.

Y qué bueno, es exactamente lo que deseamos para Cuba, como quería Manzoni para su península dividida, ocupada, desgarrada cuando en 1842 publica la versión definitiva de su inmortal novela.

Pero falta —mis agraciadas Glenda y Mairelys— un pequeño detalle a resolver. Los novios cubanos de hace medio siglo, de ayer y de hoy, aún esperan que el destierro desaparezca, que la principal causa de intolerancia muera, emigre, cese.

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