Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
20:48 CET.
Opinión

La hoz, el martillo y el opio de los pueblos

Archivado en

Resulta incuestionable la apertura que ha experimentado la sociedad cubana en materia religiosa, si comparamos la situación prevaleciente hoy con aquellos años difíciles de las décadas de los sesenta, setenta y buena parte de los ochenta del pasado siglo.

Aunque casi todas las denominaciones y tipos de Iglesias afrontaron desencuentros con el gobierno, no podemos olvidar aquel funesto año 1961 para la Iglesia Católica, cuando 132 sacerdotes fueron expulsados del país, y hasta el cardenal Manuel Arteaga debió solicitar refugio en la embajada argentina para escapar de los desmanes castristas.

El propio Fidel Castro, al tratar de explicar la tirantez de su gobierno con la Iglesia Católica, le expresó al teólogo brasileño Frei Betto que "mientras que las Iglesias Evangélicas se propagaron más entre las clases humildes, la Católica era, sobre todo, la Iglesia de los ricos". (1)

Ahora bien, en aras de precisar este proceso de creación de nuevos espacios y hasta de libertades en materia de fe, parece conveniente deslindar la labor de las Iglesias de la estrategia aperturista que por otro lado han llevado a cabo los gobernantes de la nación.

Así se evitan generalizaciones que poco ayudan a desentrañar una temática de múltiples aristas. En este sentido, por ejemplo, opinamos que la reciente afirmación del académico cubanoamericano Arturo López-Levy, de que "en el caso cubano, la libertad de religión es un multiplicador de otras libertades" (2), no se ajusta totalmente a lo que acontece en la Isla.

En el caso específico de la Iglesia Católica tenemos una muestra de cómo el bregar de clérigos y laicos ha contribuido a ganar espacios para la institución, así como a la apertura de brechas en el sistema totalitario. Desde la celebración del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en 1986, hasta la aparición del mensaje pastoral El amor todo lo espera en 1993, los católicos cubanos, animados en el espíritu del Concilio Vaticano II, comprendieron que era imprescindible salir de los templos, y mirar también hacia los males que padecía y sufre aún nuestra patria.

Semejante faena se iba a complementar con la actitud de hijos de la Iglesia como el pinareño Dagoberto Valdés o el habanero Oswaldo Payá, y sacerdotes de la estirpe del padre José Conrado o el arzobispo Pedro Meurice; todos ellos, de un modo u otro, demostraban que no existe contradicción alguna entre seguir el mensaje de Jesús, y censurar el sistema político que nos oprime.

No deben quedar fuera en esta relación el más reciente diálogo de la jerarquía católica con la cúpula del poder, así como el trabajo desplegado por las publicaciones católicas. Los encuentros del cardenal Jaime Ortega con el gobernante Raúl Castro, con independencia del criterio desfavorable que hayan expresado no pocos actores de la realidad cubana, han venido a confirmar la posición que ocupa actualmente la Iglesia Católica en nuestra sociedad.

Y acerca del desempeño de revistas como Vitral, Espacios, Palabra Nueva y Espacio Laical, no es que hayan mantenido una línea editorial contraria a "la revolución", sino que simplemente, al adoptar una postura no coincidente con la oficial, ya se constituían en una inquietud para el monopolio castrista de la información.

Hoz, martillo, opio

Con respecto a la apertura propiciada por el gobierno, no hay dudas de que acciones como la proclamación del carácter laico del Estado cubano en 1992, así como las infraestructuras creadas para garantizar las dos visitas papales, y la más reciente peregrinación de la Virgen de la Caridad del Cobre, apuntan en esa dirección. Sin embargo, cualquier observador desprejuiciado aprecia el sesgo utilitario en las políticas oficiales.

Mientras existía la Unión Soviética y el bloque de países del denominado "socialismo real", el régimen cubano se sentía fuerte, y por tanto no necesitaba del concurso de personas contaminadas con ciertos "vicios" del pasado, como era el caso de los creyentes.

Solo al ocurrir el derrumbe del bloque de Europa del Este, y contemplarse los dirigentes cubanos como náufragos en alta mar, sobreviene un cambio de actitud por parte del aparato de poder. No importa que la Teología de la Liberación se hubiese abierto paso desde mucho antes, y que sus amigos sandinistas se identificaran con el mensaje bíblico. Mientras la hoz y el martillo se enseñoreaban en el firmamento, la religión para el castrismo era solo el opio de los pueblos.

Y ahora, a los gobernantes cubanos les conviene difundir que en la Isla existe una plena libertad religiosa, y así estar en sintonía con el ambiente de cambios que pregona la administración de Raúl Castro. La otra cara de la moneda exhibe, en cambio, un inmovilismo total en materia política. Podríamos acudir al refranero popular y hallar la explicación de esa paradoja: dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces.

 

(1)   Betto, Frei. Fidel y la religión. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana, 1985

(2)   López-Levy, Arturo. “Sobre la libertad religiosa en Cuba: breve balance tras la visita de Benedicto XVI”, en Espacio Laical no. 2 de 2012.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.