Martes, 21 de Noviembre de 2017
20:05 CET.
Opinión

Entre cielo y tierra…

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¿Nada oculto? Tal vez la única manera de salvarse de la dictadura sea poniendo las cartas sobre la mesa. Los ocultamientos solo generan pretextos para esa casi demencial "teoría de la conspiración" con la cual el régimen cubano desacredita cualquier intento de oposición.

En esta islita a la deriva todos andamos bastante aburridos y estresados. Los opositores por un lado, viendo cámaras del G-2 en los latones de basura o hasta en las rendijas de los inodoros; los represores por otro, intentando justificar el salario, ahora que está de moda ese asunto de la racionalización de plantillas.

Los opositores defienden el derecho a reunirse, dialogar y manifestarse, ejerciéndolo cada vez más a plena luz. Los "segurosos", por su parte, deliran con esa ya mencionada teoría de la conspiración y dilapidan el dinero estatal aplicándose a la vigilancia y la "represión de bajo perfil", bastante molesta y muy sintomática. Los señorones se están quedando sin argumentos y efectivamente, está en nuestras felices y disidentes manos la posibilidad de quitarles el índice acusatorio.

Andan los señorones en una escalada represiva, queriendo agotarnos el sentido del humor con dosis de miedo, advertencias, vigilancia y calabozos. Hace unos días intentaron aplicar el viejo y patético método nazi denominado "mitin de repudio" contra la vivienda de Antonio G. Rodiles, sede del proyecto Estado de SATS.

Pero afortunadamente parece ser que la "mentalidad de rebaño aterrorizado" está más  resquebrajada que lo que las apariencias indican. La nostalgia de los 70 y los 80, de la cual suelen padecer los señores de la policía política, es una trampa y un boomerang. La población tiene demasiadas preocupaciones en la cabeza y anda harta de que le tomen el pelo y la envíen a gritarle improperios a gente que por lo general ni siquiera saben quiénes son y que, además, hacen algo que ellos desearían hacer.

En este punto, entramos en un asunto al cual vale la pena dedicarle atención. ¿Cuán invisibles somos los opositores en Cuba? ¿Qué es lo que nos impide llegar a más personas? ¿Hasta qué punto el síndrome inoculado del terror nos ha hecho confundir la precaución y la contención con el paralizante miedo a actuar de manera más efectiva en las actuales circunstancias?

Vale recordar aquí la frase con que titulamos este texto. Entre cielo y tierra… no hay nada oculto. Si de veras la Seguridad del Estado es capaz de colocar un micrófono en el trasero de un hipopótamo para captar la conversación de dos disidentes a la vera del estanque del Zoo de la calle 26, ¿qué sentido tiene poner el ocultamiento donde va la trompetilla?

No tiene sentido seguir esperando para poder ejercer nuestros derechos a la luz del sol. El Estado de Derecho suele oscilar en las entrañas de la dictadura como un péndulo o el badajo de una campana. Es necesario el impulso de todas nuestras manos para que la campana suene. Es el momento de que cada demanda, cada grito por la libertad se amplifique.

Todos somos presos de un sistema de legitimación social que preconiza el subdesarrollo mental como una "virtud revolucionaria". Sin embargo, este estado de cosas no prevalecerá para siempre. El miedo no es eterno, ya va siendo hora de que dejemos de lado el juego del gato y el ratón y pongamos el rostro y el corazón como cartas bocarriba sobre la mesa.

Es tiempo de hacer más visible y expansiva la labor y la libertad de expresión de quienes hemos decidido actuar y opinar de manera natural, sin ataduras a un sistema corrupto y decadente.

Quizás la "Demanda Ciudadana por otra Cuba", cuyo camino apenas comienza, pudiera ser el detonante de un movimiento masivo que despierte del letargo a esta isla. Del mismo modo que la represión de la que son capaces los delincuentes enquistados en el poder no es secreto para nadie, tampoco lo es el cansancio, el asco y la decepción de todo el pueblo.

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