Domingo, 19 de Noviembre de 2017
23:42 CET.
400 años de Cachita

Una virgen para todos/as

Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (1612-2012) continúa siendo voz única, colectiva y espiritual. No solo es un icono de nuestra pluralidad religiosa, también es parte de nuestra educación sentimental y cultura nacionalista. La Virgen de la Caridad del Cobre, desde su pigmentación espiritual, pasó del altar de los blancos dominadores al corazón de los humildes históricamente dominados.

Ella es icono de un país que aún no aprende a vivir bajo las marcas del dolor y el desgarramiento. Es testigo de cada una de nuestras tensiones y accidentes políticos, testigo de cómo los discursos de naturaleza étnica continúan siendo reprimidos e ignorados desde varias ópticas del poder, testigo de cómo aún blancos y negros contribuyen a la sustancia y el sabor de un ajiaco que no acaba de cuajar.

Cuba no ha dejado de ser un verdadero laboratorio de mestizaje y transculturación, pero el racismo continúa siendo una de nuestras tensiones permanentes: más que un grillete de nuestra historia, es un peligroso combustible que preocupa a muchos.

La Virgen de la Caridad, o como nos gusta llamarla cariñosamente, Cachita, es la madre de todos los cubanos, tanto en la Isla como en la diáspora. Madre de los cubanos descendientes de canarios, andaluces, extremeños, catalanes y otros elementos de la cultura mediterránea. Es la patrona de nuestros cimarrones, de los descendientes de congos, mandingas y lucumíes, de los cubanos descendientes de africanos originarios de Senegal, Mozambique, Nigeria y Guinea, también de los hijos de Macao y Cantón, devotos de San Fan Con, madre de todos  los hijos de la diáspora que no renuncian a ella.

La imagen humilde y dorada de la Virgen es parte de la arquitectura fundamental de la fe criolla. Ejerce una seducción en la intimidad espiritual de los cubanos que ninguna otra virgen ha logrado. A ella dirigimos los cubanos nuestras plegarias, cruzamos palabras con ella que van desde la más amorosa súplica hasta un inesperado piropo. Sirve de escudo de protección al que se lanza al mar en una balsa, a un enfermo, un preso o un minusválido. Su presencia es notable en cada una de nuestras ciudades a través de ofrendas colocadas no solo en los altares, también en las esquinas, parques, hospitales, lo cual es un soporte de integración tanto en lo público como en lo privado.

Es un símbolo de conquista y de colonización espiritual. Su presencia está anclada en universos religiosos diferenciados: la podemos encontrar entre vírgenes y orishas, entre la Cuba Santa y la Cuba de la Gran Nganga. No podemos pasar por alto que en el interior del teatro de operaciones del catolicismo cubano, las vírgenes y deidades del panteón yoruba no comparten el mismo escenario. La dualidad Virgen de la Caridad-Ochún es una interconexión compleja que emite señales diferentes. Señales que van desde la exclusión, el prejuicio hacia la cultura de raíces africanas hasta la discriminación por color de piel. El racismo que habita la comunidad católica es una historia de incontables silencios, aún es una asignatura pendiente por parte de la comunidad académica.

En la Regla de Ocha o Santería, en la cual se participa de manera personal e íntima, los practicantes desde el ejercicio religioso no discriminan a la Virgen cobrera. En la fe católica, no es habitual la aceptación de conductas flexibles. La Santería ha dejado de ser cosa de negros para ser cosa de Cuba. Blancos, negros y mestizos participan de manera personal y colectiva, como un gesto de libertad espiritual en el cual la integración es parte de la ética de las diversas familias religiosas en este campo.

No se puede negar que Cuba sea un país saturado por las memorias africanas. Samuel Feijoo escribió: "Se han convertido los negros en una fuerza ciudadana, cultural, telúrica, original y creadora de una nueva nación". Por su parte, Fernando Ortiz reconocía desde su  óptica antropológica que "sin los negros no existiría Cuba", elementos que aún nuestra hispana Iglesia-Católica-Romana pretende ignorar. El mestizaje es considerado por ese poder un castigo final, por lo cual incomoda muchísimo que la Virgen mariana, habite también en la selva mágica de lo afrocubano. El sincretismo continúa siendo objeto de las tensiones históricas y sicológicas para ese poder excluyente que continúa reproduciendo la tiranía del estereotipo sobre los fundamentos del legado africano.

La Virgen de la Caridad del Cobre y Ochún, la Venus lucumí, representan maneras diferentes de simbolizar la espiritualidad religiosa de la Isla. Ambas son pensadas como símbolo de cubanía. Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, al igual que otras vírgenes y santos como la Virgen de las Mercedes, la Virgen de la Candelaria, la Virgen de Regla negra como el azabache, Santa Bárbara, Santa Teresita del Niño Jesús y San Lázaro, comparten el panteón religioso junto a divinidades lucumíes como Ochosi, Orula, Yemayá, Changó, Elegguá, Babalú Ayé y otras seductoras como Ochún, orisha mulata, dueña del río, el oro y la miel, la Afrodita lucumí identificada con la Patrona de Cuba.

Nuestra Virgen, anclada en la naturaleza conflictiva de las relaciones de poder, en una cubanidad laberíntica o nudosa como la selva, es patrimonio de nuestra identidad, al igual que la ceiba, la palma y el tambor. Su naturaleza es rebelde e insumisa. No solo es la virgen mambisa, es virgen marinera, flotante y parlante. Es esa virgen que también más allá del amparo, alerta sobre los peligros de la navegación. Los tres Juanes que están bajo su maternal custodia, simbolizan parte de nuestra textura epidérmica. Ella es parte de los linajes de la patria, pues también habita en esa Cuba secreta que el poder no quiere ver.

La santa mulata del Cobre es una belleza que no marchita ni envejece con los años, ni muere con la vida. Se renueva y salva, es patrimonio de esa Cuba ciudadana y post racial, la cual algún día debe ser asaltada por el reino de la diversidad. Ella continúa moviendo las piedras, desde su posición intenta negociar las diferencias, le hace frente al racismo y los prejuicios que aún no nos permiten dormir bien.

La Virgen marca al rojo vivo la geometría de nuestra diversidad, continuará rigiendo parte de nuestra vida doméstica, habitando nuestros palenques ecuménicos y seguirá siendo testigo de la saliva amarga del racismo. Continuará siendo la madre de todos los cubanos sin distinción de razas, opciones políticas o ideologías. Es guía y viajera infatigable, la centinela de un país que se extravió en los olores propios de la molienda, cuya historia está hecha a tajos, como los golpes de machete.

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