Martes, 21 de Noviembre de 2017
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Urbanismo

Ruinas al por mayor

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La ciudad de La Habana, "la capital de todos los cubanos", según la propaganda del Canal Habana, se viene abajo a ritmo acelerado. De acuerdo con las estadísticas de los últimos años, cada día colapsan 3,1 viviendas, sin posibilidades de recuperación.

Las viejas construcciones, sin décadas de mantenimiento, sucumben ante la mirada atónita de sus moradores, cuya única opción es ir a parar a algún improvisado y deteriorado albergue, donde se acumulan generaciones de damnificados sin esperanza.

En 2008 ya existían 102 albergues de tránsito, las personas albergadas eran 11.192 y había 118.564 inscritas en una lista a la espera de cobijo. Hoy en día estas cifras son muy superiores. Últimamente se han dedicado a la función de albergar a damnificados Círculos Infantiles cerrados por falta de niños, debido a la baja natalidad.

El problema de la falta de viviendas, prometida su solución aún antes del triunfo del "modelo", se ha agudizado. En los últimos años los particulares han construido más viviendas que el Estado, a pesar de las trabas burocráticas, la falta, baja calidad y alto costo de los materiales, el no existir asesoramiento profesional y los problemas constructivos y de diseño que esto conlleva.

Si en la década del 50 los barrios insalubres eran unos pocos, bien definidos y ubicados, hoy son decenas, debido a la emigración masiva de habitantes de las provincias orientales y centrales, que se han asentado "a como sea", principalmente en la periferia de la ciudad, sin ningún tipo de infraestructura (calles, aceras, acueducto, alcantarillado, electricidad, etcétera), en busca de mejores opciones de vida.

Muchas edificaciones que a pesar de todo aún resisten, algunas convertidas en enormes ciudadelas, representan para sus inquilinos un constante peligro y un motivo de incertidumbre, pues día a día observan cómo aumenta el deterioro —grietas en las paredes, desconchados en los techos, caída de aleros, filtraciones, salideros, tupiciones— sin que tengan posibilidades reales de asumir la reparación y salvación del inmueble, por su complejidad, costos y necesidad de equipos especializados.

El Estado, ajeno a esta realidad, no toma cartas en el asunto, argumentando falta de recursos. Tras cada anunciado derrumbe, se limita a retirar los escombros y convertir el lugar en parque rústico, parqueo, o espacio donde instalar un kiosco para la venta de productos y artículos en moneda nacional o divisas, en espera de tiempos mejores.

Esta realidad de una capital que se viene abajo incluso sin sufrir directamente ningún fenómeno meteorológico (lo cual sería una verdadera tragedia si ocurriese), se ve acompañada de la tala indiscriminada de árboles en calles y avenidas, tanto por las autoridades como por la población, sin ningún tipo de regulaciones, sanciones ni exigencia de reposición inmediata, conspirando contra el medio ambiente y la salud ciudadana.

La Habana, antes limpia y ordenada, se ha convertido en una urbe sucia, pestilente, con basura y desechos por doquier, aguas albañales corriendo por sus calles y avenidas y sin disciplina social, donde cada quien hace lo que le viene en gana ante la mirada cómplice de las autoridades y la indiferencia de la mayoría de los ciudadanos.

Se han perdido y se continúan perdiendo verdaderas joyas arquitectónicas que han formado y forman parte de la identidad nacional y de nuestra cultura, confiriéndole sellos distintivos a los barrios, avenidas y calles.

Si no cambian las cosas, pronto solo hablaremos en pasado: donde estuvo tal tienda, cine, restaurante, hospital, edificio, fuente, colegio… Es una pérdida lamentable, cuya responsabilidad mayor corresponde a las autoridades, por haberse hecho dueñas de todo, no para preservar sino para dejar destruir la riqueza construida, acumulada y legada  por generaciones de habaneros laboriosos, inteligentes y amantes de su ciudad, quienes de año en año la hacían progresar.

Por ahora, continuarán los derrumbes y la aparición de ruinas al por mayor y espacios vacíos, dando la impresión de una ciudad bombardeada en la que paradójicamente nunca ha habido una guerra, sino acumulación de irresponsabilidad, ineficiencia, indolencia e incultura.

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