Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
20:48 CET.
Sociedad

La cola de pescado

Son las seis de la mañana y empiezan a llegar los primeros. Han madrugado porque corre el rumor de que hoy entrará pescado y, como es habitual, no habrá suficiente para todos; luego se perderá y hasta dentro de semanas o meses no existirá otra posibilidad para los bolsillos obreros.

Los pocos trabajadores de lo que antaño fue una próspera empresa pesquera, hoy en ruinas, llegan también y evitan acercarse a la cola: puede que allí haya conocidos que intenten preguntarles sobre el producto misterioso o, peor aún, pedirles que los ayuden a garantizar su compra. Tal cosa los metería en un aprieto, pues ni ellos mismos saben qué van a decidir "los que cortan el bacalao", si es que alcanza a llegar la mercancía.

Avanza la mañana y la gente sigue apareciendo. Ya el sol golpea la cola y el grupo se desordena, forma fracciones que ocupan cualquier portal o árbol cercano sin perder de vista la posición que cada quien.

Esperar en silencio es aburrido, de modo que pronto aflora la espontaneidad del cubano a la hora de entablar conversación con desconocidos: "esto está destruido, yo trabajé aquí en el 75 y había pescado a darle con la patá, teníamos varios barcos y había veces que había que echarle el pescado a los animales porque la gente solo quería los mejores y a los chiquitos o a ciertos tipos no les hacían ni caso; había para escoger. Hoy si mierda entra, mierda hay que comprar, porque luego desaparece"; comenta un señor entrado en años, la piel tostada por el sol.

Otro más joven, con aspecto de profesor o de inspector por su carpetica bajo del brazo, interviene: "cómo va a haber pescado si ya no hay barcos ni pescadores, solo quedan cuatro viejos viviendo de eso en este barrio, que era la mata del pescado. Para colmo, cuando alguno coge un pez que valga la pena, enseguida se lo da a los intermediarios para que se lo lleven a los yumas que lo pagan en CUC. Pa'l cubano no hay nada".

La conversación, que empezaba a ponerse interesante, se ve cortada por la voz de un muchacho que corre desde la playa con el aviso de que "el barco está llegando". Es difícil saber si, a su edad, el muchacho entiende del todo la importancia del asunto; a juzgar por los saltos que da y por la manera en que se estruja las manos al gritar la noticia, parece que sí.

La gente hace un último sacrificio y vuelve a armarse la estructura de fila más o menos derecha. Pero casi una hora después del anuncio informal, no hay indicios de nada en la parte visible de la instalación. De vez en cuando alguien se asoma y entra de nuevo, al parecer a informar de cómo está la situación afuera.

Por fin un custodio se acerca. No trae buena cara. Y efectivamente, no tiene por qué traerla, ya que le han asignado la misión de alto riesgo de comunicarle a todos los que han perdido medio día que "hoy no se va a vender el pescado, la orden que hay es refrigerarlo y esperar".

La gente salta como pólvora encendida, principalmente los madrugadores: "cómo que no hay pescado, eso es una falta de respeto al pueblo, por eso estamos como estamos, esto es un abuso". Son frases familiares a los oídos de cualquiera.

Una mujer que había estado poniendo orden en el tumulto se adelanta y pide la palabra o la toma directamente: "míreme estas piernas (las tiene hinchadas y varicosas desde los tobillos hasta los pies), yo soy una mujer enferma y no tengo a nadie, además mi hija padece también graves problemas de salud y no tengo nada que darle de comer. ¿Usted cree justo que no nos vendan el pescado? Eso no se le hace a nadie. ¿Usted tiene hijos?".

En la cara de la mujer empiezan a aparecer lágrimas de indignación y tristeza, pero una buena parte de los presentes ya se retira, maldiciendo y protestando. Acostumbrados a estos desalientos, su odioso lema reza: "para qué vas a discutir, si es por gusto".

Por su parte, los que aún persisten ya se han dado cuenta de que mientras la discusión estaba en su punto, varios carros y motos con sidecar o con bolsos amarrados a la parrilla entraban y se posicionaban en un área discreta.

Por las matrículas, y porque en un pueblo pequeño todo se sabe, no hay dudas de que son los enviados de los jefes del PCC, el gobierno, el MININT y demás instituciones, listos para llevarse de primera y única mano—porque nadie más va a tocar nada—, su porción correspondiente.

Esto también se le dice al enviado de la administración, pero este solo se encoge de hombros, como quien no tiene poder de hacer nada. El "jefe" está reunido y no puede atender a nadie en este momento.

El sol termina por agotar las fuerzas, y la señora de la niña enferma es la última en retirarse: "quisiera ser una bomba y explotar con todo esto", es su última frase al señor que tiene enfrente.

Tras dicha experiencia, resulta difícil no odiar a todas las personas vinculadas con estas desgracias a nivel territorial: forman parte de un sistema mayor, creado por el máximo nivel del país. Y es que si muchos de quienes hacían cola pudieran trabajar en la empresa pesquera, seguramente adoptarían la misma actitud de los que hoy están dentro. Es algo que sucede en cada rincón del país. En la sociedad cubana se impone hoy el más ancestral sentido de supervivencia. Así pasa cuando lo que hay no es suficiente para todos.

La máxima responsabilidad, por no decir la única, la tiene quien desbarató la infraestructura productiva del país con sus inventos y alucinaciones autócratas e inconsultas. En segundo lugar, la responsabilidad por este creciente estado de miseria la tenemos todos, por no actuar con determinación antes (muchos tampoco lo hacen ahora), cuando aún había más que defender.

Es una lástima que el causante de todo y sus amigos, compinches y aduladores, no hayan estado jamás en la cola del pescado.

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