Sábado, 18 de Noviembre de 2017
16:27 CET.
Economía

Desventuras del cuentapropismo

Durante la más reciente sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular se dio a conocer que, al cierre del mes de junio de este año, había 390.000 trabajadores por cuenta propia en el país. Si se compara esa cifra con los 157.000 que se reportaron en septiembre de 2010, la diferencia arroja que 233.000 cubanos se habrían incorporado al trabajo por cuenta propia en los últimos 21 meses.

Semejante incremento en el número de cuentapropistas se enmarca en la estrategia gubernamental de actualización del modelo económico, uno de cuyos pilares lo constituye la gradual disminución de las plantillas en empresas y entidades estatales.

Pero el aumento antes mencionado en la cantidad de cuentapropistas representa tan solo un saldo, ya que durante el período hubo altas y bajas; y aunque las primeras superaron a las segundas, no deja de ser interesante considerar el número de trabajadores por cuenta propia que decidieron renunciar a sus labores.

Ocurre que las estadísticas oficiales suelen referirse a las altas, y casi nunca mencionan las bajas, por lo que se precisa de una investigación sobre el terreno para conocer no solo lo relacionado con el elemento cuantitativo de las bajas, sino también, y sobre todo, los motivos que han conducido a no pocos cuentapropistas a entregar sus licencias.

No hay dudas de que la mayor decepción que puede experimentar un trabajador por cuenta propia es verse forzado a cerrar su negocio. Esa determinación da al traste con sus ilusiones y las de sus familiares, las que se habrían forjado en pos de labrarse un futuro mejor, y en muchas ocasiones sin logar siquiera resarcir la inversión inicial realizada.

Tampoco debemos de ignorar la repercusión de esos cierres sobre usuarios y consumidores, quienes aunque no siempre podían acceder a esos establecimientos privados, ven esfumarse una alternativa potencial frente al monopolio ejercido por los no muy eficientes servicios y bienes estatales.

De entre toda la gama de actividades por cuenta propia que han proliferado últimamente, nos vamos a referir a una de las más demandadas por la población: la elaboración y venta de alimentos, tanto en la clasificación de cafeterías, como los pequeños restaurantes, conocidos comúnmente como paladares.

Por ejemplo, en la habanera calzada de Ayestarán, en la cuadra comprendida entre las calles Bruzón y Lugareño, en el municipio Cerro, al principio de 2012 había cinco establecimientos operados por cuentapropistas dedicados a la venta de alimentos (una paladar incluida). En este momento solo queda uno prestando servicios.

Una conversación con algunos de estos ex trabajadores por cuenta propia nos lleva a desentrañar varios de los problemas que hoy agobian a no pocos cuentapropistas.

Un primer acercamiento permite apreciar la inexistencia de un estudio de mercado con anterioridad al inicio de las operaciones productivas y comerciales. Es muy importante conocer si los productos que se van a ofertar son únicos en el entorno, o si por el contrario se poseen competidores cercanos que obliguen a extremar el trabajo alrededor de la necesaria calidad. En este sentido resulta clave analizar también los precios a aplicar, no solo porque estos desempeñan un papel nada despreciable en la hipotética competencia con posibles adversarios, sino además por la necesidad de considerar el poder adquisitivo de los consumidores potenciales. En el caso específico que nos ocupa, la paladar mencionada —que resultó uno de los cuatro negocios cerrados— ofertaba varios renglones, como pescados y mariscos, a precios prácticamente inalcanzables para el ciudadano promedio de esa zona, un sitio no muy frecuentado por turistas extranjeros u otra población flotante de elevados ingresos.

La manera en que se presenta la carga impositiva que afrontan los trabajadores por cuenta propia es otro factor a tomar en cuenta a la hora de explicar las bajas. La nueva Ley Tributaria establece una disminución de los impuestos entre un tres y un siete por ciento, pero esa disminución se hace visible solo al final del período fiscal, al momento de realizarse la declaración jurada de ingresos personales.

Sin embargo, lo que indica la cotidianidad es que ahora los impuestos son mayores que nunca. A la cuota impositiva mensual —que era lo único que se pagaba antes de la actual extensión del cuentapropismo— se añaden el 10% de los ingresos declarados en el mes, más los pagos trimestrales de la seguridad social y el impuesto por la utilización de la fuerza de trabajo si se contrata a más de cinco trabajadores.

A lo anterior se agregan la conocida inexistencia de un mercado mayorista donde adquirir los insumos y materias primas, así como la labor a menudo mortificante de los inspectores estatales, máxime cuando se anuncian nuevas regulaciones para garantizar la higiene de los alimentos.

Tampoco debe soslayarse el hecho de que muchos cubanos, al parecer, no aquilatan el verdadero significado de poseer un negocio propio, después de tantos años de represión a la iniciativa privada. Dan la impresión de querer obtener rápidas ganancias, y si no sucede así, van perdiendo el impulso.

Ojalá que esa cafetería que, contra viento y marea, se mantiene abierta en ese tramo de la calzada de Ayestarán, sea la chispa que avive el espíritu emprendedor que siempre caracterizó a los cubanos. No solo por el bien de sus propietarios, sino de todos los que deseamos más opciones para el consumo.

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