Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:19 CET.
Sociedad

Desapariciones

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Conversando con conocidos, contemporáneos generacionales y emocionales, recordábamos la existencia, en nuestra adolescencia y juventud, de algunos establecimientos y servicios hoy desaparecidos. Algún lector tal vez argumente que así ha sucedido en todas partes, ya que lo nuevo se impone y las cosas cambian; el caso es que aquí no aconteció ningún cambio, sino que simplemente desaparecieron.

Comencemos por la bodega de barrio, ese establecimiento hispano-cubano-chino, abarrotado de víveres, útiles para el aseo y la limpieza, confitería, bebidas y licores, donde las familias adquirían lo necesario para sus necesidades diarias, pagándolo al contado o a crédito, a pesar del cartelito de "Hoy no fío, mañana sí", colocado en lugar bien visible por el bodeguero, quien era el primero en no respetarlo.

Además del cartelito, en la bodega existía la "contra" gratuita en aceitunas, alcaparras, sal, azúcar, gofio o caramelos rompe-quijada, según el gusto del cliente. También, la barra de madera dura, con sus racimos de cocos de agua y el cubilete, para los adictos a tirar los dados al consumir una cerveza fría o un trago caliente, acompañados del obligatorio saladito de queso, jamón, camarones secos, anchoas o aceitunas, en este caso, de acuerdo al gusto del bebedor. En el portal, el puesto de fritas [otra desaparición], casa de socorro de quienes gustaban o estaban obligados a comer ligero por  las noches: pan con bistec, croqueta, perro caliente, yuca con mojo, etcétera, todo bien servido y barato.

Junto a la bodega o cerca de ella, por lo regular, la carnicería, con sus carnes frescas y refrigeradas, seccionadas por tipos para su utilización en diferentes platos: filete, filetillo, palomilla, lomo, boliche, jarrete, costilla de riñonada, faldas de primera y segunda, picadillo molido delante del cliente con la carne escogida por éste, ternilla y el trozo de hueso con tuétano para la sopa o el puñado de piltrafa para la mascota, estos últimos, obsequios al comprador.

Otras desapariciones fueron el puesto de frutas, cubano o  chino, el primero con sus frutas sanas, limpias y variadas, tanto nacionales como extranjeras, expuestas al cliente, y el segundo, además con variedad de frituras y los sabrosos helados naturales elaborados en sorbetera. El bar de la esquina, con su victrola cargada de discos y ambiente alegre, lugar de reunión de amigos y conocidos, donde se compartían tragos y se conversaba sobre lo humano y lo divino, a veces con el salón de billar aledaño, para practicar el deporte de las bolas y los tacos, tan deporte como otro cualquiera. La cafetería, de ambiente más familiar, con sus sándwiches, medianoches, bocaditos y galletas de soda preparadas con jamón y queso, batidos de todo tipo, jugos y refrescos.  El estanquillo de periódicos y revistas, y el sillón del limpiabotas donde, además de adquirir la prensa plana, se lustraban los zapatos con paño sonoro y cepillo rítmico, hasta hacerlos lucir como un espejo.

Y hay más. La panadería, con su horno de leña y sus olorosos panes calientes de diferentes tipos, sus galletas, palitroques y coscorrones. En Nochebuena, centro del barrio para asar los cerdos en tártaras chorreantes de manteca. Las mejores instalaciones, con pasteles de queso y de carne.

La farmacia, pulcra, iluminada, olorosa, con el farmacéutico que era casi un médico, capaz de indicarnos la medicina para nuestro mal, inyectarnos y hasta regalarnos un trozo de azúcar candy. Después, ampliado su surtido, convertida en Drug Store al estilo norteamericano.

Y la quincalla, tienda en miniatura, donde se podía encontrar lo necesario, desde una cuchilla de afeitar, un jabón o un desodorante, hasta el perfume o llavero para el regalo olvidado, además del revelado de rollos y la impresión de fotografías, la venta de billetes de lotería, cigarrillos, tabacos y fósforos y hasta el apunte de la bolita de Castillo, La China y Campanario.

La barbería, centro de tortura cuando niños, con la tabla para colocar sobre los brazos del sillón Koken, para elevar nuestra cabeza a la altura de las tijeras del barbero, y después magnífico lugar para compartir, mientras esperábamos nuestro turno para un corte de pelo, afeitado y masaje, enterándonos del acontecer del barrio, además de las noticias nacionales y extranjeras y las opiniones de cada cual, muchas veces motivo de interesantes y sustanciosas polémicas. La tintorería y el tren de lavado de los chinos: la primera, cubana, imprescindible para el buen vestir, donde nos dejaban presentables los pantalones, el saco deportivo y el traje, además de las camisas y guayaberas bien planchadas al vapor y, además, con servicio de recogida y entrega a domicilio, en percheros de madera con su nombre grabado y, como obsequio, el almanaque y el abanico a fin de año; la segunda, para la ropa de cama, manteles y todo lo que fuera de hilo o lino, las toallas y otros ajuares del hogar, hervidos, secados al sol y planchados, entregados en paquetes de papel cerrados con alfileres.

Y qué decir del cine de barrio, con su doble tanda diaria y tres los domingos (la matinée), presentando dos películas en cada una (la principal y la de relleno), noticiero, documental, animados y los avances de sus próximos estrenos, olor a creolina, ventiladores en las paredes (más tarde, aire acondicionado) y venta de refrescos y golosinas, tanto en los asientos de luneta como de balcony. Como portero el dueño, en la taquilla su esposa o alguna de sus hijas, y en el proyector un minusválido alcohólico, ya que, al romperse la cinta o quemarse algún fotograma, el auditorio gritaba a voz en cuello: ¡Cojo, suelta la botella!, hasta que se encendían las luces y se restablecía el orden.

La lista podría continuar, pero sería interminable. Son cosas desaparecidas, no por el paso natural del tiempo, sino por regulaciones y disposiciones absurdas, que pretendieron crear un país a imagen y semejanza de un estrecho criterio jacobino unipersonal, olvidando a los ciudadanos y sus necesidades,  preferencias y tradiciones. Lo terrible es que estas aberraciones sociales fueron aceptadas sin chistar y hasta aplaudidas por muchos, sin que la mayoría nos indignáramos (por utilizar una palabrita de moda) ni hiciéramos nada para evitarlas. Con el paso del tiempo y los cambios que, irremediablemente, sobrevendrán, estos establecimientos y servicios reaparecerán. No serán iguales ni tal vez siquiera parecidos a los anteriores, pero seguro serán mucho mejores y, lo más importante, no podrán ser eliminados nuevamente.

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