Viernes, 15 de Diciembre de 2017
13:06 CET.
Sociedad

Esperando la transición

Archivado en

Nacer cubana-rusa significó, de algún modo, un privilegio. Hoy es un fardo doble.

No puedo negar que pasé una infancia feliz, rodeada de amor. Nací en Camagüey, pero mi madre, ciudadana rusa con una residencia temporal en Cuba, enseguida me inscribió en el consulado en La Habana.

Este estatus me daba el beneficio de viajar a Rusia cada dos años para visitar a mis abuelos, primos y amigos. La primera vez que viajé a Rusia tenía seis meses de nacida y según cuenta mi familia, fui dando gritos las 14 horas de vuelo entre La Habana y Moscú. Allí me esperaba una ambulancia con paramédicos. Me llevaron directamente al hospital a diagnosticarme, pero resultó que no tenía nada. Luego de pasarme seis meses con mi familia materna y aprender el ruso como primer idioma, me regresaron a Cuba. Como resultado de este lleva y trae quedé traumatizada al volver ver a mis parientes cubanos, quedándome también muda por varios meses.

Mi familia gozaba de cierto poder económico, generado por varias transacciones financieras de mis abuelos. Pasé los primeros veranos en las playas de Santa Lucía, y luego, a partir de los tres años y hasta los 16, en una casa en la playa de Varadero. Por supuesto no tenía de qué preocuparme.

Corría el año 1989 cuando en aras de cambiar el rumbo de mi vida, mi familia en conjunto adoptó la decisión de que debería hacer el 7mo grado en la secundaria con mis abuelos paternos en Violeta (Ciego de Ávila); luego volaría a Rusia para acabar la secundaria allí. El objetivo era hacerme ciudadana rusa y regresarme a Cuba, al cabo de los cinco años.

Me encontraba en Novonikolaevskiy (región de Volgogrado) con mi abuela, cuando el destino cambio las coordenadas. Era 1990 y el bloque geopolítico de países socialistas comenzaba a desplomarse como un montón de naipes.

Yo observaba la TV y no entendía a qué iba toda esa angustia. En esas fechas mi abuela se enfermó de una hernia discal; ella que era mi tutora tenía que adoptar decisiones, y el resultado de estas fue el siguiente: mi tía recogería a mi abuela y se la llevaría a Leningrado, mi padre, que estaba de misión en Rusia, me recogería y me llevaría de vuelta a Cuba. Viví con profundo dolor esas decisiones, pues intuía que serían el principio y el fin de muchas cosas en mi vida.

Llegué a Cuba el 1 de abril de 1990, con 13 años y nuevamente traumatizada al encontrarme con la barbarie, la bulla, el calor. En el aeropuerto sonaban las canciones de Juan Luis Guerra y la 440, y de Eros Ramazzotti. Aquel día el cielo se me unió con la tierra. Lloré de espanto, con alucinaciones y visiones incluidas. Puedo decir que este momento fracturó mi vida en un antes y un después.

Llegó el Periodo Especial en 1991, luego sucedió "el maleconazo", el 5 de agosto de 1994. Recuerdo que aún no tenía conciencia política, no me interesaba el país, mucho menos lo que sucediera con él. Simplemente andaba en mis primeros pasos en la frikanda.

A mediados del 1997, expulsada de mi casa, caí en la búsqueda de mí misma, toqué el fondo, se abrió un abismo entre la "friki" que era y en quien me iría a convertir…, y esta vez sí tomé conciencia política.

En 2001 me integré a la corriente de los proyectos alternativos que funcionaban en la capital. Comencé cooperando con la Cátedra Haydee Santamaría, proyecto que ahora es la Red Protagónica Observatorio Critico. Participé en cuanta novedad sociocultural existía: La Clínica, La Fábrica, Poesía sin Fin, el Festival Rotilla en sus comienzos. Trotaba a la par que estudiaba, quemaba, y trabajaba de asesora literaria en la Casa de Cultura de Santa Cruz del Norte, como en un gran decatlón. El 2002 fue el año del "Proyecto Varela", lanzado por Oswaldo Paya. Vivimos la primavera Negra y la Operación Coraza, el cierre del Patio de María.

En 2007 fundé mi proyecto, CDP Productions, el cual se ha ido integrando y coopera con la vanguardia artística cubana.

Esperar la transición democrática durante estos 22 años ha sido el mayor aprendizaje, la máxima lección de crecimiento y superación que podría haber recibido. Hace tiempo dejé de preguntarme donde estaría ahora si las cosas hubieran resultado de otra manera en mi vida. A pesar de los pesares, no pierdo la esperanza de ver la luz al final del túnel. Ser partícipe desde dentro de la transición… o presenciarla desde lejos.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.