Domingo, 17 de Diciembre de 2017
12:16 CET.
Muerte de Oswaldo Payá

Terrores ajenos y cuentos del camino

Después de medio siglo de ver a los héroes derrotar a los malos y arruinar al país, a los cubanos les cuesta trabajo asimilar las funciones preparadas por los mismos héroes del socialismo en las que se surge, a ratos, José Stalin. Está en la silla del director con la bocina en la boca y una gallina desplumada entre las botas.

Así es que para la familia de Oswaldo Payá Sardiñas, el líder opositor que murió en un controvertido accidente el domingo pasado en el oriente de Cuba, es imposible darle credibilidad al relato oficial del episodio. Su esposa, Ofelia Acevedo, ha vivido por décadas el sobresalto de las amenazas, los mítines de repudio, los apedreamientos y las pintadas en su casa. Y sus hijos crecieron en esa atmósfera donde lo más importante de la vida puede ser un minuto de paz.

La señora Acevedo hace un reclamo decente en el que ni siquiera dice que Payá y su compañero Harold Cepero (que viajaba con él) fueron asesinados. Ella solo pide una investigación con la solvencia de expertos independientes y la presencia de organismos internacionales.

En ese sentido, hay un acuerdo general entre la oposición interna, el exilio y círculos de demócratas en el mundo. Se trata de darle apoyo a la familia del dirigente fallecido y, además, respaldar a centenares de hombres y mujeres en peligro —Damas de Blanco, ex presos políticos, activistas de derechos humanos y periodistas sin mandato— que deben salir todos los días a la calle.

Otro tema derivado del acontecimiento que requiere transparencia es la situación del español Ángel Carromero, conductor del auto siniestrado. Se encuentra en prisión como un rehén del conflicto a la espera de una acusación formal. Carromero y el sueco Arom Modig (que ya volvió a su país) fueron juntos a Cuba y acompañaban a Payá en un recorrido por la zona oriental.

Los europeos, formados en democracias, quisieron compartir sus experiencias con quienes trabajan allá por la libertad. Y se vieron forzados a aparecer después en la puesta en escena del culebrón sobre el suceso y sus sagas políticas.

No se puede juzgar el temor ajeno. Lo que daña es la indiferencia porque es parte del sostén de las dictaduras.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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