Domingo, 19 de Noviembre de 2017
14:09 CET.
Harold Cepero Escalante

Harold en la vida y en la muerte

A finales del 2000, junto a Adrián Leyva Pérez y Alfredo Pulido López, creamos en Camagüey el comité gestor del Proyecto Varela. Para esa fecha ya habíamos entregado unas 1.000 firmas que se debían verificar.

Jorge Enrique Rives Peña, otro de los iniciadores de esta campaña trajo la noticia de que había un grupo de jóvenes estudiantes que estaban interesados en el Proyecto. Enseguida hicimos un viaje relámpago al municipio de Florida para un contacto preliminar con esos jóvenes, y después fuimos a Universidad de Camagüey, donde querían conocer también detalles del documento.

Allí, Harold Cepero Escalante, que ya era firmante, les había hablado de la propuesta. Y Roger Rubio Lima lo hacía entre el estudiantado del Instituto Superior Pedagógico a partir de nuestro encuentro en Florida.

Consiguieron seguidores y esto disparó la alarma del Departamento de la Seguridad del Estado (DSE). Harold y Roger fueron expulsados como consecuencia de su activismo, Yoan Columbíe Rodríguez por ser amigo solidario de Harold. Y un grupo significativo de estudiantes fue amenazado con la aplicación de la misma medida.

Así fue cómo se estableció una relación muy cercana entre esos jóvenes universitarios y los promotores del Proyecto Varela, al tiempo que se desarrolló un movimiento estudiantil contestatario dentro de la casa de estudios.

Después vino el trabajo de Harold en el Comité Gestor en Chambas, su pueblo natal, en el norte de la provincia de Ciego de Ávila.

Harold entró luego al seminario, desde donde me enviaba a la cárcel, para cada visita, un libro y siempre un abrazo.

Algunos de los que iniciamos este recorrido sin garantías ya no están.

Jorge Enrique Rives Peña murió de un infarto, por estos días del año 2009.

Adrián Leyva Pérez apareció ahogado en una playa del Este de La Habana una mañana de abril del 2010. No soportaba el exilio y quería regresar a Cuba.

Harold y Oswaldo Payá se fueron por esa carretera anodina, lejos de sus ciudades y de los hombres para los cuales intentaban levantar una ilusión que aboliera del alma del cubano la indiferencia.

"El Señor te conceda la gracia de la fe, la luz para adivinar la verdad y el don de penetrar el misterio redentor del sufrimiento humano", dice la dedicatoria del último libro que Harold me envió a la prisión de Kilo 7, allá en Camagüey.

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