Domingo, 19 de Noviembre de 2017
12:32 CET.
Sociedad

¿Se puede ser feliz en Cuba?

Hay muchas cosas que pueden hacer feliz a una persona. Una puesta de sol. Contemplar la luna llena. Charlar con los amigos. Leer un buen libro. Ver un partido de béisbol. Cenar una comida favorita. Jugar con los hijos. Sentarse en el malecón con una guitarra, medio litro de ron, y desgranar el temario musical de Joaquín Sabina o Pablo Milanés

Algunos son felices cuando los fines de semanas asisten al teatro. O al cine. O conversan en un parque con su pareja. O caminan por el barrio, su patria chica. La felicidad es un estado de ánimo poco exigente.

Todos hemos tenidos instantes felices. Aunque toda tu vida hayas vivido en un país que desde que te levantas, por su ineficacia, hace todo lo posible para amargarte la existencia.

Veamos cómo las carencias materiales hacen infeliz a un matrimonio habanero. Hoy deben cargar una docena de cubos de agua desde la cisterna para poder asearse: el motor del edificio está roto.

Por si no bastara, debido a uno de los tantos arreglos al tendido eléctrico de la zona, no habrá luz desde la 9 de la mañana hasta las 3 de las tarde. Y el pan de la libreta está más ácido que nunca. No hay manera de comérselo.

El desayuno fue solo café. Bueno, si podemos llamar café al sucedáneo ligado con chícharos. Ya esa mañana, "las malditas circunstancias cubanas" le han añadido una dosis de bilis a su hígado.

Luego viene la otra odisea. Abordar un ómnibus metropolitano para llevar al parque de diversiones a los hijos este domingo. Dos horas en la parada. Un combate cuerpo a cuerpo dentro de la guagua. Gritos, malos olores y los niños llorando e incómodos.

En ese momento usted le pide la cabeza a los gobernantes. Desea marcharse en un bote de goma a la Florida. Y se pregunta colérico por qué los cubanos soportan tan mal gobierno.

Pero el odio, como la felicidad, también es pasajero. Llegas al parque de La Maestranza, con una vista impresionante del Morro, y a pesar del sol y las colas, tus hijos vuelven a estar alegres.

Cuando mejor lo estás pasando rompe un aguacero de espanto. A correr. La sombrilla está media rota y todos llegan empapados, pero contentos, a un café de moneda dura. Los niños miran la estantería y desean merendar helado o chocolate Nestlé.

"No hay dinero", dice tajante el padre. "Ni siquiera para comprar un paquete de M&M". Y vuelve a sentirse frustrado e infeliz. 

Quiere que la tierra se lo trague. Por su poca solvencia. Detesta la incapacidad del régimen por tener funcionando a la par dos monedas: una que vale y no te pagan con ella, y otra inservible, con la cual no puedes comprarle ni golosinas a tus hijos.

Al llegar la noche, una comida más o menos decente. Ayer vino el pollo por la libreta de racionamiento. Arroz, frijoles colorados, ensalada. Y una natilla deliciosa. Buen menú para una familia pobre que suele cenar carne de cerdo solo los fines de semanas.

Cuando el matrimonio va a la cama, relajados y a media luz, se hace una pregunta: ¿Somos felices en Cuba? Debaten y llegan a la conclusión de que no lo son. Ellos desean otro modo de vida. Y sueñan.

"¿Cuándo podríamos cambiar esos muebles viejos que fueron de nuestros abuelos? ¿O reparar la casa? ¿Comprar una tele? ¿Ver canales extranjeros? ¿Tener un ordenador? ¿Navegar por internet? ¿Poder comer, ahora mismo, lo que nos plazca, y no con las repugnantes croquetas de clarias?"

Ni siquiera piensa el matrimonio en tener un auto nuevo. Con estos calores, es mejor tener un aire acondicionado. Prefieren un sistema de transporte público eficiente. Calles y parques iluminados y limpios. Y agua potable las 24 horas.

Reconocen que los hermanos Castro no traerán el cambio que ellos desean. Lo óptimo sería que una camada de políticos con nuevas ideas, honestos y transparentes, se rotara en el poder y trabajaran en pos de una sociedad tolerante. Pero, ¿dónde están esos políticos del futuro?

Quizás sea pedir mucho. Por tanto, el futuro del matrimonio y sus hijos es marcharse de Cuba. Consideran que podrían ser más felices fuera de la isla.

El actor británico Charles Chaplin dijo una vez que "la verdadera felicidad es lo más cercano a la tristeza". Quizás de eso se trata.

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