Martes, 21 de Noviembre de 2017
20:05 CET.
Economía

Una estrategia económica ya fracasada

La política económica de sustitución de importaciones fue aplicada en casi todos los países de América Latina durante las décadas del 60 y el 70 del siglo pasado, bajo el influjo de los teóricos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Los resultados no fueron  nada halagueños: la excesiva intromisión del Estado en la economía, con el consiguiente incremento de la burocracia, la corrupción y el clientelismo; una inflación galopante; abultados déficits presupuestarios y, al final, una deuda externa que se volvió impagable.

A pesar de la algarabía de la izquierda más radical, los tiempos que corren han aportado evidencias de que lo más conveniente para las naciones es la práctica del libre comercio, basado en el principio de las ventajas comparativas que expuso el economista inglés David Ricardo en el ya lejano año de 1815. En América Latina, semejante práctica se relaciona con la firma de acuerdos de libre comercio con EE UU y la Unión Europea por parte de varios países de la región. Y los resultados, desde el punto de vista macroeconómico, han sido aceptables: ha habido crecimiento económico, no se ha incurrido en sobreendeudamientos, se limitaron las emisiones monetarias sin respaldo, y los déficits fiscales —cuando se presentan— se enmarcan en cifras razonables.

El libre comercio precisa que los países se especialicen en la producción y exportación de aquellos renglones en los que sus costos de producción sean   bajos, y después abran sus economías para importar las manufacturas, insumos y mercaderías que no sean capaces de producir de un modo eficiente. De esa forma, además de acceder a las ventajas macroeconómicas antes mencionadas, se obtiene un beneficio adicional para los consumidores, los cuales pueden adquirir artículos más baratos y de mayor calidad.

Los gobernantes cubanos, sordos y ciegos ante tamaña certeza, se aferran a la estrategia de sustitución de importaciones y al gradual aislamiento económico que ello conlleva. Porque esa es la concepción general de desarrollo que los alienta, más allá de la necesaria y apremiante táctica de disminuir compras en el exterior debido a la carencia de recursos monetarios, o la lógica producción nacional de renglones muy tradicionales, como los que aportan nuestras fértiles tierras.

Una de las consecuencias de semejante estrategia, que tiende a la autarquía, es el mantenimiento de entidades ineficientes y no competitivas, que generan artículos y servicios de poca calidad, y a un elevado costo de producción, con el correspondiente perjuicio para toda la economía.

A veces, incluso, las entidades paralizan sus operaciones debido a carencias de materias primas y otros obstáculos, pero de todas formas se incurre en gastos a causa de las garantías salariales. Hace poco, la propia prensa oficialista informaba de incumplimientos en las producciones de hilo de coser, gasa quirúrgica, sacos de polipropileno, botas militares y muebles del hogar, como resultado de la precariedad con que se realizan esos procesos productivos.

La escasez de bienes de consumo que la política de sustitución de importaciones trae generalmente aparejada es un asunto de la mayor connotación.  Ahora mismo el panorama cubano es una muestra fehaciente de infortunios para los consumidores. Tanto en los establecimientos que venden en moneda nacional, como en las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD), escasean los alimentos, los artículos de aseo personal —ámbito en el que destacan  las frazadas de piso y el detergente—, y otros renglones de amplio consumo. De igual modo, otros sectores de la economía, como el transporte, afrontan una carencia de materias primas e insumos que los torna muy deprimidos.

Sin embargo, y por ironías de la vida, los cubanos somos tal vez precursores de los referidos acuerdos de libre comercio. Porque en 1903, cuando quizás el tema no ocupaba la centralidad de hoy, nuestra naciente república firmó un tratado de reciprocidad comercial con EE UU que sentó las bases para el rápido crecimiento económico que experimentó la nación en aquellos años iniciales de la pasada centuria.

El azúcar, el tabaco, y otros renglones agrícolas, al entrar con un 20% menos de aranceles al atractivo mercado estadounidense, le proporcionaron grandes ingresos al país; mientras que las mercaderías y productos industriales del vecino norteño, también con grandes rebajas arancelarias, inundaron el mercado interno de la Isla, que había quedado destruido tras la guerra de 1895.

Entonces, tras las reformas económicas y políticas necesarias, confiemos en que renglones como los productos farmacéuticos, el turismo, el níquel, el tabaco y hasta quizás el azúcar —no obstante el grave error de haberse desmantelado casi el 50% de su capacidad—, pudieran aportar los ingresos que necesita el país para adquirir en el exterior lo que no seamos capaces de producir con eficiencia.

Ésa, y no la tentativa de producir a toda costa y a todo costo, ha de ser la estrategia a seguir.

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