Lunes, 20 de Noviembre de 2017
00:04 CET.
Crónica

Una odisea que empieza en La Coubre

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La Coubre: nombre que viene de un barco que protagonizó un hecho trágico donde murieron muchos cubanos, es ahora un símbolo de tristeza contemporánea: La Terminal Nacional de Ferrocarriles, bautizada con ese mismo nombre.

Su traspatio, compuesto por un gran espacio techado y dividido en varios departamentos en forma de naves, sirve de Agencia de Pasajes de Última hora. La parte principal está dedicada a los ómnibus interprovinciales.

El hecho de que en Cuba sea casi imposible adquirir un pasaje de ómnibus en el momento que lo necesitas, sobre todo para los viajes que se presentan de imprevisto, hace que en este sitio confluyan cientos y en ocasiones miles de personas dispuesta a anotarse en las infinitas listas de espera para todos los destinos existentes.

Fue así como llegué allí un viernes en la tarde, acompañado de un amigo y legendario compañero de travesías difíciles. Al subir las escalerillas exteriores y cruzar las amplias puertas de acceso sentimos un mal olor que te daba la bienvenida.

Ya dentro, era difícil caminar. Una multitud estaba de pie, haciendo anchas colas para anotarse en las listas. Otros esperaban sentados o acostados en cualquier rincón, siempre bien abrazados a sus equipajes, que pueden desaparecer al menor descuido. (Como fue el caso de unas rusas muy jóvenes, que perdieron sus enormes maletines por entretenerse tirando unas fotos, y luego la policía no las entendía y ellas lloraban.)

Era un problema desplazarse en medio de todo aquéllo. Por fin, después de explorar todo el sitio encontramos una esquinita momentáneamente abandonada e hicimos allí nuestro campamento. Nos pusimos de acuerdo para turnarnos la guardia de los maletines mientras uno hacía las colas.

Después de tres horas y media de pie, alcancé a llegar a la ventanilla que me correspondía, pero la encargada me indicó que solo podía anotarnos para dos destinos. Yo escogí Las Tunas y Puerto Padre. Al preguntarle cuántos teníamos delante, la señora me susurró sin mirarme: "en uno tienes 411 delante y en el otro 280, así que coge calma que hoy no te vas".

"¿Y para Holguín?", intenté preguntar cuando los demás empezaban a empujarme y la señora había dado por terminada la conversación. De modo que no tuve otra opción que salirme del medio.

Toda esta situación te hace sentir como si estuvieras pidiéndole, o más bien rogándole a alguien que te hiciera un gran favor. Como si el precio que tienes que pagar por uno de esos pasajes no pesara: 138 pesos el de Puerto Padre–La Habana (o sea, la mitad del salario promedio en Cuba, y si tienes que viajar de ida y vuelta necesitas más que un salario del mes para hacerlo). Aun así, no mereces ni siquiera respeto.

Los que diseñaron las ventanillas de atención al público deben haber sido ingenieros militares. Porque, más que ventanillas, son paredes, y para lograr que te escuchen adentro o escuchar lo que te dicen, tienes que encorvarte hasta poner la cara al nivel de la rendija por donde se pasan los documentos.

Con el tsunami de ruido y cuerpos que tienes detrás, el cristal se ve como una pantalla de película silente, pero si pides que te repitan alguna explicación, te preguntan si eres sordo o te hablan por el micrófono hasta abochornarte como te mereces por ser un palestino despistado.

Al comunicarle a mi amigo las malas nuevas traídas de la ventanilla, éste profirió lo que decimos todos los cubanos en esos casos, implicando a madres sin culpa y hasta a Dios. Luego él fue a pasar por el mismo proceso para optar por las rutas de Holguín y Granma, mientras yo cuidé del rincón otras casi 4 horas.

Decenas de hombres y mujeres deambulaban o dormían después de permanecer allí varios días, llenos de churre, con pestes diversas, el pelo ripeado y los ojos de zombis. Esto aumentaba las alertas y producía distintos tipos de tensiones, aunque la principal sensación que aquel ambiente despertaba era una profunda lástima. ¿Dónde vive aquel viejito? ¿Qué come? ¿Tendrá algún dinero o abrigo? Eran las preguntas que no dejaban de rondar mi mente.

Después de tanto tiempo y con la desesperación en aumento, tenía que haber acción, y la hubo: un repentino disturbio hizo que se despejara el centro del lugar. El esposo celoso de una mujer sucia, desaliñada y con el cuello lleno de chupones, tenía un cuchillo en la mano y amenazaba con matarla, y luego suicidarse, si ésta se iba con otro que lloraba más que ella y que se escondía usándola de escudo.

Tres policías, que al parecer radicaban allí mismo en una segunda planta, rodearon al atacante, lo tiraron al suelo y lo despojaron del arma. Ya esposado, lo sacaron al exterior y una patrulla se lo llevó poniendo fin al alboroto por poco tiempo.

No habían pasado ni un cuarto de hora y un nuevo rollo captaba la atención: dos mujeres se halaban los moños con una fuerza y agresividad que no había visto en mi vida. Como locas frenéticas rodaron por el piso, mientras un negro flaco y con un diente de oro le gritaba a una de las dos: "Despíngale la cabeza, coj...".

Esta vez la policía tardo más, creo que estaban merendando, porque salieron de la cafetería. Nunca quedó claro el motivo de esta reyerta, por lo menos para nosotros los espectadores.

Pasadas ya las doce de la noche y sin esperanzas hasta el otro día, mi amigo y yo nos dispusimos a ir a comer algo que fuera muy barato, porque andábamos justos de dinero. Logramos cambiarle al dependiente de la cafetería un pomo de champú nuevo por cuatro panes con tortilla y dos refrescos, que fue nuestra única cena.

Con el frío de la madrugada, el bullicio iba desapareciendo, y en su lugar se empezaban a oír ronquidos, murmullos, gente tosiendo como si tuvieran tuberculosis… Yo me preguntaba si alguna vez los ideólogos y máximos dirigentes de este país han estado una noche en La Coubre.

A esas alturas, habíamos entendido muy bien cómo funcionaban las cosas allí. Todo era muy simple: si querías irte debías pagar una cifra extra a los empleados. Si no tenías ese dinero, pasarías mucho trabajo, hasta el punto de no olvidarlo jamás.

La tarifa extra para Oriente eran 10 CUC. La forma de hacerlo era a través de los intermediarios, personas con un empleo de bajo perfil, como personal de limpieza, o simplemente algún conocido que juega el papel como todo un profesional día a día.

Estos individuos tienen un aspecto muy peculiar. Una vez que entras en la dinámica de los viajes continuos aprendes a identificarlos, y los ves todo el tiempo merodeando por los salones de espera, sacando conversación, mirando a todos, atentos a cualquier cliente potencial para meterle miedo con "lo mala que está la cosa", y aconsejando optar por la vía rápida aunque haya que desprenderse de lo que sea.

Uno llega como un gallito de pelea y dice: "¿Diez?, pá su madre, yo prefiero esperar", pero ellos ya conocen nuestra psicología, saben que no hay nada más destructivo que una hora detrás de la otra, y tienen toda la paciencia del mundo. En cambio, nuestras fuerzas no son infinitas.

Al amanecer el cuerpo está molido. El cerebro no ha descansado nada por el estado de vigilia y el estómago empieza a ponerse molesto. De nuevo corro el riesgo de una mala contestación, y pregunto en taquilla cuáles son las posibilidades.  Me dicen que, de haber alguna, será después de las 5 pm. Mi fuerza de león empieza a menguar y el intermediario me mira haciéndome un gesto de saludo con la cabeza.

Un policía entra a las oficinas donde no se oyen las palabras con un pomo lleno de café. Todos toman risueños, e invitan a otros que están afuera a unirse alrededor del trago caliente que, con su aroma, tiene a todo el mundo babeado. Se ve que aquí hay mucha amistad. A los que trabajan en estos lugares les conviene ser muy unidos, todos cooperan en función del mismo objetivo.

Ya mi amigo y yo ni nos hablamos, solo nos hacemos gestos. No sabemos qué huele peor, nuestras bocas, pies o axilas. Y lo cierto es que no logramos acostumbrarnos, como otros a quienes observamos, que parecen no tener problemas con ninguna de esas boberías...

Avanza el nuevo día y con el sol en su punto crítico se abre una puerta inesperada. Un señor gordo y de sombrero anuncia con cierta discreción que hay una rastra parqueada a unas cuadras, va hasta Santiago y cobra 120 pesos por persona. Nos tomó solo un minuto decidir, ¡nos vamos! De quedarnos era seguro que pasaríamos otra noche igual a la anterior y, como dicen aquí, la luz de adelante es la que alumbra.

Pronto pagaríamos caro la imprudencia. Viajar 700 km acostados en una plancha de hierro, bajo sol, lluvia y sereno, roturas intermedias, retrasos por amores del chofer y casi dos accidentes nos esperaban en las próximas horas, que describiré en otra ocasión.

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