Domingo, 19 de Noviembre de 2017
15:54 CET.
Aduana

Nuevos aranceles a la caza de divisas

Cuando un gobierno tiene las finanzas en números rojos todo es prisa. Entonces suelen recurrir a la tijera impositiva. Y a hacer recortes de carniceros dentro del abultado gasto público. O subir los impuestos.

En eso anda el régimen del General Raúl Castro. Con la diferencia de que, al tener los ciudadanos cubanos sueldos miserables, recurre a cobrarle aranceles al dinero o a los paquetes que giran los familiares residentes en otros países, en particular en EE UU.

Lo hacen por varios motivos. Uno, el sistema diseñado por Fidel Castro nunca fue capaz de generar riquezas. Otro, en el fondo odian a los emigrados. Los ven como traidores. Tipos que no creyeron en el "Padrecito de la Patria" y huyeron en balsa o en avión, a cobijarse en la tierra de su enemigo número uno.

Fidel Castro, el gran culpable de que Cuba ande a pique, endeudó el futuro de la nación con guerras en África y planes económicos descabellados. Tantos que se pueden compilar en más de una antología.

Su hermano Raúl vino de pitcher relevo. Con una situación financiera y económica al borde de la descapitalización. Quizás no era el más aconsejable para gobernar.

Pero esa es otra historia. Ya se sabe que vivimos en una auténtica autocracia. En Cuba las decisiones las toman los de siempre. Y los de abajo, como consuelo, solo debemos aceptar y aplaudir.

Como el discurso antiyanqui no produce dinero, ni comida, viviendas o mejores salarios, ya el régimen verde olivo había montado una industria a todo gas en torno a los dólares enviados por "los gusanos" de La Florida.

Son militares las empresas que controlan las shoppings o tiendas por divisas. También los hoteles y centros recreativos donde alegremente los cubanos van a gastar la mesada que le hacen llegar los suyos.

Y a qué costos. Para surtir esas tiendas, se ha creado un circuito cerrado dentro de la economía nacional que a precio de oro oferta artículos de la canasta básica como aceite, leche en polvo y puré de tomate.

Es evidente la marcada intención del régimen de ordeñar a los exiliados, pues los impuestos con que se venden esos artículos superan el 240%.

En el otoño de 2005, muy enfadado porque los gringos lo atraparon canjeando billetes de dólares viejos en una de sus cuentas en Suiza (lo que llevó al banco suizo UBS a terminar sus operaciones con Cuba en 2007, luego de pagar una multa millonaria a EE UU), Fidel Castro situó un impuesto revolucionario del 20% al dólar estadounidense.

Una mañana, por esos años, antes de depositar su voto en el remedo de elecciones populares que suele montar el régimen, dijo a la prensa extranjera que ésa era una de las formas que tenía su gobierno para costear la revolución energética y ayudar a los más pobres.

La teoría de Robin Hood. Que si de veras ayudara a los más desposeídos, bienvenida sea. Pero no. Fue otro farol de Castro I. El impuesto a las divisas y a las ventas en las shoppings no ha servido para arreglar calles o reparar ese 60% de viviendas en mal estado de la capital.

Tampoco ha servido para hacer más eficiente la agricultura. O mejorar los salarios. Nadie sabe exactamente a dónde va a parar ese dinero. Que si sacamos cuentas de bodeguero, grosso modo, veremos que desde que se despenalizó el dólar en 1993, solo por concepto de remesas y ganancias obtenidas por los altos precios de los artículos en los comercios por moneda dura, la cifra podría alcanzar los 35.000 millones de dólares en 19 años.

En este tiempo, se han montando una serie de negocios, dirigidos por empresarios militares, con capital proveniente del exilio. Las ganancias andan por el orden de los 2.000 millones anuales.

Para una nación pobre como Cuba es bastante dinero. Preocupado, llamé a la dirección de TRD Caribe, corporación que capitaliza la mayoría de las tiendas en la Isla. Quería indagar qué se hace con el dinero.

La callada por respuesta. Intentos de atemorizar.

"¿Quién es usted?", dijo un tipo con voz de comisario político.

"Alguien que mensualmente le aporta al erario público cientos de dólares. Vivo en Cuba, soy cubano y tengo derecho a saber cómo se emplea el dinero que envía mi familia o que gano con mi trabajo de periodista", le contesté.

Un golpe seco, al dejar caer el teléfono del otro lado, cortó la comunicación.

Es lo habitual. No responder, no rendir cuentas. Con ese procedimiento solo consiguen despertar sospechas. ¿En cuáles maletas estarán guardadas esas ganancias? ¿O en qué cuentas bancarias fantasmas han sido depositadas?

Cuando un Gobierno no es transparente con los ingresos y egresos de su dinero, no se puede pensar de manera positiva sobre su gestión. Tire al cesto los tratados marxistas que hablan de la plusvalía capitalista.

El Estado cubano es más voraz que el más desalmado empresario capitalista. Y la piñata continúa. En su afán de ingresar dólares a la caja fuerte estatal, imponen un nuevo impuesto a los paquetes y mercancías procedentes del exterior.

Para nada les interesa la reunificación familiar o aliviar las carencias de muchas familias cubanas gracias a los paquetes enviados por sus parientes desde el extranjero. Solamente les interesan sus negocios. Debido a los miles de tenderetes particulares donde se vende toda clase de pacotillas a lo largo de la Isla, las ventas en las tiendas estatales recaudadoras de visas han caído en picada.

Las razones, entre otras, son los altos precios de la ropa y su poca calidad. Para frenar las ventas de los particulares, más baratas y mejor confeccionadas, recurren al garrote fiscal.

Es el lenguaje que mejor dominan. No se detienen a pensar en hacer una amplia rebaja de precios a los artículos de escasa salida en las tiendas por divisas. Por ejemplo, un obsoleto televisor chino, que ya debe de estar desaparecido en el mercado mundial, en los centros comerciales se vende en 300 CUC. El salario de dos años de un obrero.

Si desea adquirir un televisor de plasma debe desembolsar entre 700 y 1.000 CUC, en dependencia de las pulgadas de su pantalla. Un plasma más moderno no supera los 300 dólares en Miami. Por eso, por ser más baratos, los cubanos residentes en La Florida, que en su inmensa mayoría no son ricos, optan por enviárselo a su familia desde allí.

Al otro lado del charco, el régimen responde a ese trasiego de mercancías con medidas y nuevos impuestos que a quienes perjudican realmente es al cubano común. Hay que verlos después armar la pataleta, cuando los políticos cubanoamericanos de línea dura o un presidente como George W. Bush endurecen el embargo.

A esa hora ensayan un discurso en defensa de los emigrados cubanos que no pueden viajar o enviarle dinero a su abuelita o sus primos en Cuba. Después de Carter, ningún presidente de EE UU ha sido más flexible con los Castro que Barack Obama.

Si se pensara razonablemente,lo ideal sería responder con gestos de buena voluntad. No con exigencias quiméricas. Ni aplicando la cuchilla arancelaria.

Al final, en este pulso diplomático del régimen cubano con la Casa Blanca, los más interesados en la permanencia del embargo y la confrontación, son los hermanos Castro. Es el combustible político que los sostiene. Su único as de triunfo.

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