Sábado, 18 de Noviembre de 2017
16:27 CET.
Opinión

Soborno público

El Estado negocia inmunidad a cambio de silencio. El día que multaron a mi padre por hospedar en su casa a una extranjera no pudimos dormir. Avanzada la madrugada nos pusimos a conversar intentando entender toda aquella locura, y una cosa nos quedó clara a los dos: aquí todo está puesto en la represión política, por lo demás se puede caer el mundo.

Llegamos a esta conclusión después de analizar todos los casos que conocíamos de delincuentes de todo tipo, que no eran ni siquiera molestados, aun siendo pública sus actividades y sus negocios, fundamentalmente las personas vinculadas a la actividad estatal, ya que no queda un solo lugar o rama administrativa que no esté corrompida hasta los huesos.

Hacía unos días había conversado con un señor que pasó cuatro años en prisión y pudo ver incluso cómo en esos centros muchos se enriquecen a costa de los reclusos, sus familias, el combustible, los alimentos. Y no hay nadie capaz de ponerle freno a ese drama.

Por otra parte, conocemos decenas de casos, sobre todo de robos e incluso asesinatos, que no han sido resueltos.

Últimamente, la moda policial es que, si te roban algo, lo investigues tú y, si das con el ladrón y tienes todas las pruebas, les avises, porque ellos no tienen carros ni recursos para andar por los campos en estas tareas.

Así se lo informaron textualmente a varios campesinos del pueblo a los que les han robado su vaquita o su yunta de bueyes. Uno de ellos fue, hasta hace unos años, auxiliar de la propia policía.

En este contexto, cuando uno ve los medios, los hombres y los recursos que se malgastan para vigilar, perseguir, molestar, reprimir y amenazar a personas que nunca han cometido ni cometerán delitos, es fácil darse cuenta de cuán enfermo está este sistema.

Fíjense si tener una opinión política equivale a enfrentar problemas con la ley, que la mayoría de mis amigos que tienen un trabajo en una panadería o en una bodega, o que hacen un negocito en la casa, se las arreglan para verme sin que el encuentro sea público y algunos hasta me han pedido que no vaya a su trabajo. "Tú sabes que todos pensamos igual, pero en la pincha están los chivatones del PCC que te ponen el pie y ya tú sabes".

Para mí es más que triste oír esas cosas, primero porque no sé cómo un hombre de verdad puede aceptar esas reglas de vida y, más triste todavía, es ver cómo ese soborno es general en todo el país.

Un amigo español me comentó hace años que durante la dictadura de Franco, sobre todo en la última etapa, se podía tener cualquier negocio o hacer lo que quisieras en la esfera económica. Lo que no se toleraba era cuestionar su poder y su gobierno, porque si lo hacías entonces sí te iba a ir mal en todo.

Hoy estamos entrando en Cuba en una etapa parecida. No obstante, me queda la satisfacción de conocer otros cubanos que, pese a todo, no aceptarán el soborno, que ya es público, y seguirán pensando en el bien común, que no es más que construir otro modelo de sociedad donde nadie esté obligado a callar para sobrevivir a escondidas y sin dignidad.

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