Sábado, 18 de Noviembre de 2017
16:27 CET.
Opinión

Los 'bien-informados', los 'mal-informados', y los que se hacen los bobos

A menudo, cuando alguien se pronuncia de un modo que disgusta a funcionarios del sistema, sale a relucir la forma número tres del manual de restarle importancia o desacreditar al individuo que opina: "Se nota que Fulano está muy mal informado, para hablar de este tema lo primero que debe hacer es informarse bien".

Hay que tener la cara muy dura para pedir o más bien exigir a cualquiera en Cuba que se informe bien. Primeramente, tendríamos que aclarar qué se entiende hoy en día por informarse bien. Cualquier conclusión a la que se llegara sobre temas de cierta envergadura tendría que pasar por la posibilidad de consultar internet, que es donde normalmente confluye la gente que piensa y que aporta al conocimiento desde cualquier campo.

Así, pedirle a un cubano que no tiene el privilegio de acceder a internet (la inmensa mayoría) que se informe bien, es una manera sutil pero exquisita de hacerse el bobo.

Por otra parte, si uno es de los escogidos que cuenta con una ventanita a internet y la usa para redactar mejor una crítica o expresarse con más elementos en desacuerdo con el sistema, entonces es casi seguro que al día siguiente no contará con su ventanita al mundo, pues esta habrá sido clausurada.

Es por eso que saber hacerse el bobo es un requisito fundamental para que, estatalmente, desde el puesto de trabajo, se pueda contar con determinado grado de acceso a la red. Esto se ha convertido en una ciencia en la que algunos alcanzan niveles estelares.

Es justo reconocer de todos modos que algunos, a riesgo de perder esta posibilidad, sí que comparten información y hasta ofrecen a otros un ladito en su silla para que puedan informarse mejor y participar de los continuos debates que se generan constantemente, y a los cuales permanece ajeno, injusta e injustificadamente, nuestro desinformado pueblo.

Es cierto también que internet no es la única vía para obtener información sobre ciertas temáticas. Pero nadie sensato debe ignorar que el Gobierno cubano (y siguiendo sus órdenes todas las instituciones del país) no ofrece a nadie información alguna y mucho menos la que nos haría falta para redactar con todos los datos los artículos que "los que se hacen los bobos" esperan de nosotros. Aquí todo es clasificado y jamás se desclasifica. Aunque diga el Presidente que hay que luchar contra el secretismo, ésa es de las cosas que no pueden cambiar porque este sistema sin secretos no consigue existir.

En este contexto,  a los que no acepten hacerse los bobos, ni estén dispuestos a negociar accesos y comunicaciones a cambio de silencio y complicidad, no les queda otra opción que lucir desinformados ante la mirada pícara de los "gurúes de las estadísticas privadas" que hacen videos sobre el país desangrándose para su propio consumo. De los magnates que guardan en sus cajas fuertes bajo mil combinaciones, la información real.

Lo que estos "bien-informados" no saben es que existen dos mitades de esa información real de nuestro país: una está en sus cajas fuertes y la otra esparcida en mil pedazos por toda la Isla.

En cada necesidad de los cubanos, si se mira bien, está escrita una historia cuyas páginas iniciales no conocemos bien, porque están en la caja fuerte, pero si conocemos el final, porque está en nuestro plato vacío que brilla como espejo mágico, y que cuenta la historia mejor que nadie y, por suerte, a él, a nuestro plato, no le gusta hacerse el bobo.

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