Viernes, 15 de Diciembre de 2017
22:48 CET.
Consumo

Contra el marketing

Archivado en

La proliferación de inventarios ociosos y de lento movimiento es una de las muestras más fehacientes de los males que aquejan a la economía cubana. Esa inmovilización de recursos, con la consiguiente pérdida de millones de pesos a escala nacional, significa que algún engranaje no funciona bien en la cadena producción-comercialización-consumo.

Almacenes repletos de objetos inservibles, percheros de donde cuelgan ropas descoloridas y pasadas de moda, cajas que contienen mercancías anacrónicas, y estantes donde duermen el sueño eterno piezas y accesorios técnicamente obsoletos, son presencias cotidianas en nuestras instituciones comerciales, lo mismo mayoristas que minoristas.

Si hubiese que hurgar en las causas de semejante anomalía, no dudaríamos en señalar, como una de las más importantes, el irrespeto que aún se observa hacia los elementos de la economía de mercado. Y esto, en determinado momento, pudiera parecer un contrasentido. Porque en los planes de estudio de las especialidades relacionadas con la economía, tanto a nivel universitario como en el medio superior, se ha incluido con frecuencia la asignatura de Marketing, la cual establece la necesidad de que las entidades realicen un minucioso estudio de mercado antes de fabricar un producto o concebir un servicio. Esto argumenta lo perentorio de que las empresas chequeen su entorno y los vaivenes de la competencia, así como fija claramente que el cliente o consumidor son la razón de ser de toda la actividad económica.

Sin embargo, a la hora de llevar a la práctica tales enunciados, sobreviene un divorcio con respecto a la teoría. En Cuba, por lo general, los productores no conocen los gustos y preferencias de los consumidores. Su tarea casi siempre consiste en cumplir el plan de producción, y después vender esos renglones a determinada empresa comercializadora, la que debe adquirir esas producciones sin saber si tendrán o no posibilidad de salida.

Por supuesto que son estas entidades dedicadas a la actividad comercial las más perjudicadas en todo el mecanismo. En ellas es donde se detecta el inventario ocioso, además de que sus finanzas afrontan los mayores descalabros. A menudo deben de pagarles a los productores sin haberles vendido a los consumidores finales. Y si deciden no pagar, argumentando la tan socorrida tesis de que "no te puedo pagar porque no he cobrado", estimulan el incremento de la tristemente célebre cadena de impagos, otro de los fenómenos que laceran el funcionamiento de la economía nacional.

Otros factores que coadyuvan a la existencia de inventarios ociosos son la baja calidad de muchos productos fabricados en el país, e incluso de no pocos de los que se importan. También inciden la burocracia y el centralismo que se aprecian por doquier, los cuales afectan la autonomía con que debían de trabajar nuestras empresas y entidades.

Lo anterior impide, por ejemplo, que a nivel de empresa se pueda decidir acerca de la rebaja del precio de aquellos productos que no tienen salida, y de esa forma contar con la posibilidad de recuperar, al menos, una parte del gasto incurrido. En las actuales condiciones, por el contrario, casi todas las decisiones en materia de precios deben ser tomadas en los niveles superiores de la empresa —dícese grupos empresariales o ministerios—, y en algunos casos el trámite podría llegar hasta un organismo global como el Ministerio de Finanzas y Precios.

La posibilidad de que los productores pudiesen ofertar directamente a los consumidores constituye otra vía que agilizaría la cadena producción-comercialización-consumo. Pero sucede que los mecanismos burocráticos que rigen nuestra economía estipulan que los primeros vendan únicamente a entidades comercializadoras, lo que, además de alargar la referida cadena, aumenta los gastos de transporte y almacenamiento. Y no menos importante: un vínculo más estrecho entre el productor y el consumidor permite que aquel se retroalimente con las opiniones y sugerencias del destinatario final del producto.

Es cierto que en los últimos tiempos se han visto algunas acciones que tienden a disminuir los inventarios ociosos, como la venta de ropa reciclada en centros de trabajo, la realización de ferias de productos de lento movimiento, y la rotación de las mercancías de un municipio a otro, en dependencia de la aceptación que hayan tenido en determinadas regiones del país. No obstante, no hay dudas de que se trata de un asunto que requiere mayor atención. Sobre todo si consideramos que los inventarios ociosos pueden apreciarse como la punta del iceberg que anuncia otros infortunios.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.