Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
17:23 CET.
Opinión

Más allá de la crítica

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Hace poco escuché decir a una persona mayor: "para los que dicen que esto no cambia, miren cómo ya se puede criticar, hasta por televisión".

La historia de la crítica en Cuba, sobre todo de la crítica política (directa o indirecta) es más larga que mis años, por lo que no me arriesgaré a dar detalles de los viejos tiempos, de los cuales solo tengo lecturas. Dejo a otros esa tarea. Sí puedo hablar de lo que he vivido, desde la etapa de pionero hasta la actualidad.

La crítica a uno mismo fue la primera forma que conocí; era obligatorio pararse frente al grupo en cualquier nivel elemental de enseñanza y tener que "autocriticarse" para parecer modesto y sincero ante la aguda mirada del profesor o de quien visitara la reunión de evaluación. En este trance vi a niños llorar y temblar al no poder construir frases lo suficientemente fuertes contra sí mismos.

La crítica al compañero, por su parte, era el complemento al buen "revolucionario", ser "crítico y autocrítico". Era un estilo más a la moda de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) y la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), un método que nunca fallaba a la hora de deteriorar las relaciones humanas, sobre todo la amistad.

"La amistad termina donde comienza el deber", repetían los cuadros ideológicos. Como si la amistad no fuera un deber sagrado. Bastaba con que a alguien no le cayera bien una persona y ya podía aguarle una evaluación o una oportunidad importante, sacándole oportunamente un trapito sucio. La envidia, la hipocresía y otros vicios crecían confortablemente en estos ambientes. 

Toda mi generación creció bajo estas reglas que regían las únicas formas de crítica autorizadas y, más aún, alentadas. Hasta hace poco tiempo, el mensaje era claro. Todo lo que anda mal, o no se cumple, o no se termina, o no funciona, es culpa de alguien. Ese alguien podría ser cualquiera, pero jamás el sistema ni sus principales dirigentes.

La crítica como norma. ¿Y después qué?

Lo anterior no ha cambiado mucho. Pero en los últimos tiempos, y por muchas razones —incluyendo el inocultable fracaso económico del país y el acceso a la información a través de distintas vías (antena satélite, internet, CDs, etc…), así como la actitud adoptada por algunos "locos" que, dentro del país, han puesto al descubierto y en tela de juicio la gestión estatal—, se ha obligado al gobierno a permitir algunos tipos de críticas que de cierta forma lo comprometen.

A partir de un momento, difícil de determinar con exactitud, la crítica comenzó a hacerse común. Hasta el punto en que casi todo lo que se crea hoy en el mundo del arte, el cine, la televisión o la radio, está matizado por la crítica.

Este es un contexto especialmente nuevo para el gobierno y sus autoridades de control ideológico: no se adaptan a convivir con una sociedad que los critica y los cuestiona. De manera que casi han eliminado por completo los contactos directos con la gente común. Ya no he oído más sobre encuentros con estudiantes universitarios. Tampoco veo, ni siquiera editadas, conferencias de prensa o intervenciones en espacios públicos. Es más, el presidente de Cuba no habla y prácticamente no viaja, a no ser a otro santuario que ya la inteligencia le haya creado con antelación donde no pase sustos.

Y es que está demostrado que ya no pueden confrontar ideas. Aunque quizás nunca lo hayan hecho.

A falta de argumentos con que debatir en buena lid, y sin solución posible a casi ningún problema de los padecidos por el pueblo, las autoridades han apostado por algo más macabro que impedir la crítica: han impuesto la "crítica como norma". Es algo que se entiende como: "Si lo que quieren es criticar, critiquen, a fin de cuentas nosotros no vamos a cambiar, ni nos vamos a ir".

Hoy estamos atascados en ese punto. La crítica nos invade, día a día todos criticamos. Pero en efecto, las cuestiones fundamentales parecen inamovibles. Y hay quien ya se aburre, se obstina y se rinde.

Pero hay otros que ya se dieron cuenta de que la crítica por sí sola no va a resolver casi nada. Y no vale la pena desgastarse todos los días en explicar lo que ya no necesita explicación, excepto para mentes morosas.

Esos que ya se han dado cuenta, entre quienes me incluyo, pensamos que ya es hora de establecer puntos claros inaceptables políticamente para estos tiempos y comenzar a demandar desde la sociedad civil respuestas concretas.

Sabemos que la apuesta final del gobierno está en no permitir que la gente se comunique, se conecte y se organice. Y esto implica tomar las medidas que sean necesarias para mantener su credibilidad entre la población.

Ese es el reto ahora: en estas condiciones, hay que dar el salto y lograr competir políticamente. Desde la condición del más débil, del más vulnerable, pero con la cabeza más dura que una roca, para poder resistir sin dejar de pensar, con entusiasmo y sobre todo con responsabilidad.

Alternativas diferentes al gobierno actual tienen todo el derecho de existir en Cuba. El pueblo tiene el derecho y el deber de escuchar otras voces y decidir su destino.

Basta ya de jugar con la cadena. De ahora en adelante, la pelea ha de ser directamente con el mono.

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