Viernes, 30 de Septiembre de 2016
21:26 CEST.
Opinión

Dios los cría y Fidel los junta

El acercamiento táctico del régimen ―con la mediación del cardenal Jaime Ortega y su grupo de apoyo― al dinero del exilio se llama ahora "reconciliación". Dentro de este panorama, la oposición política es redefinida, atendiendo al último editorial de la revista Espacio Laical, como "minorías rapaces, presentes en casi todas las partes del espectro político cubano".

La pregunta ante esto podría ser: ¿quieren el Cardenal y sus apóstoles laicos usurpar el lugar de la oposición o desde Villa Marista se intenta recurrir al prestigio de una institución sagrada para agrietar la credibilidad del activismo político? Creo, sin embargo, que tal disyuntiva "tomaría el rábano por las hojas". Lo preocupante aquí es el reparto ―en proceso― de cuotas de poder que estimula la cooperación y la alianza de la que estamos siendo testigos y que merece un tratamiento aparte.

En lo que sigue, repasaré tan solo la cortina de humo que la Iglesia ha levantado a su alrededor.

El falso inclusivismo

Hay dos poderes que no han dejado de competir por lo que, en términos modernos, pudiera caracterizarse como el acceso al mercado de las almas. El adoctrinamiento sistemático de esas almas es también una práctica esencial compartida por ambos. Lo que define la relación de esas instituciones parece ser, pues, el ganar adeptos y la necesidad de mantenerlos orbitando en torno a sí. Ello se deja sentir, particularmente, en otras prácticas compartidas como pudieran ser, por ejemplo, la compulsión a que el fiel (militante) reconozca sus pecados (autocrítica), los procesos inquisitoriales (purgas políticas), la promesa del Edén (la sociedad comunista sin clases ni Estado).

Todo ello es sabido. Pero, en la Cuba de hoy ocurre algo novedoso: la Iglesia comienza a posicionarse políticamente, pero asumiendo la retórica y la lógica del poder revolucionario.

"Divide y vencerás", ha sido la máxima acogida por la Revolución desde el mismo 1 de Enero de 1959, sino antes. La Revolución cubana ―sabido es― necesita de la contrarrevolución, de la imagen del enemigo a tal punto que, de no existir, tendría que inventarlo. En la temprana fecha de 1961, Fidel Castro llegó a la formulación doctrinal de su proyecto, expresada en el conocido mandamiento: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho".

El carácter exclusionista de tal planteo salta a la vista: arruina la variedad del panorama político nacional dividiendo a los cubanos, sin más, en revolucionarios y contrarrevolucionarios, de tal manera que los últimos quedan a priori estigmatizados. Esta reducción de toda la diversidad social en general a la disyuntiva "revolucionario/contrarrevolucionario" es esencial para fines de control.

En un giro notablemente castrista, el vice-editor de la revista Espacio Laical clasificó recientemente a los cubanos en "nacionalistas" y "antinacionalistas", con el propósito de tomar las riendas del tema de la reconciliación. Los antinacionalistas quedan, por principio, excluidos del diálogo. "In this new national Universe ―dice el autor refiriéndose ya al proyecto Casa Cuba―, "'the inside' and 'outside', the Revolution and Exile, teleology and pragmatism, have at least the possibility to recognize each other as part of a single and indivisible whole". Como se ve, se pasa por alto a la sociedad civil y, dentro de ella, a la oposición y a la disidencia, que quedan ahora fuera de este fraterno universo conformado por la Revolución, el Exilio y la mediación sagrada de la Iglesia.

Lo curioso de todo esto es cómo se excluye radicalmente a la oposición/disidencia de la propuesta de los seguidores del Cardenal, mientras esta última se identifica con la del Gobierno al punto de hacerse indistinguible: "In that sense, the 'reinvention' of Cuban socialism is not only based on economic functionality, but on a real chance to receive and integrate the growing plurality of subjectivities present in Cuban society". Sin olvidar, por supuesto, que de esa creciente pluralidad se excluye justo a quienes más han hecho por fomentarla y sostenerla a pesar de la también creciente represión.

La posición de Espacio Laical —darle cabida a toda la diversidad nacional ("the entire national diversity") con el solo rediseño de las mismas instituciones estatales y de la arquitectura del actual Partido Comunista— entraña un gesto manipulador tendiente a promover un falso inclusivismo que justifique a la dictadura.

Para la revista laica (y remito aquí también a las intervenciones de sus editores en el Último Jueves de Temas, así como a las más recientes de Roberto Veiga) hay un sector que adopta una actitud de enfrentamiento y aplastamiento del contrario. Esos que quieren destruir al otro, según sostienen Veiga y González, son los antinacionalistas que deben ser excluidos del diálogo nacional.

Yo me pregunto: ¿cuál ha sido siempre ―y continúa siendo― la actitud del Gobierno hacia la oposición política? "Destructiva", sería un calificativo cariñoso. Tal y como hace la propaganda revolucionaria (que cierra los ojos ante la realidad y ante sus propias inconsistencias lógicas), Lenier González sigue hablando de inclusión como si él mismo no hubiera excomulgado, siguiendo la tónica del Cardenal y del propio gobierno, a la oposición política, a la disidencia y a todos los movimientos cívicos y proyectos independientes que claman por una transición pacífica a la democracia (la cual, a diferencia de Iglesia y Estado, debe tener lugar en condiciones de libertad plena y pluripartidismo, única manera de garantizarle a todos los involucrados la igualdad de condiciones).

El vice editor, en suma, propone un escenario "of gradual and orderly change, preserving national stability, national sovereignty, social inclusion standards, and works towards a more inclusive and pluralistic society, a scenario without losers, where the Cuban government participates as a facilitator". Insisto, no es el obvio compromiso con el Gobierno lo que resulta inquietante, sino lo que hay detrás del mismo.

Los supuestos de los que parte la reflexión de Lenier, simplemente, son erróneos. "In the XXI century ―nos dice― we are challenged as a nation to expand the horizons of political imagination". Sin embargo, esto trata de implementarlo desde una perspectiva nacionalista y pre postmoderna, completamente ajeno a los resultados de la ciencias políticas, sociales y culturales en general que, justo en el siglo XXI ―y ya desde la segunda mitad del XX― son incompatibles con tales reclamos y han apostado por lo postnacional, en correspondencia con el nuevo orden mundial y los tiempos que corren.

Los cabildeos reconciliatorias también se dejan sentir en las gestiones que el grupo C.A.F.E (por sus siglas en inglés) realiza en territorio norteamericano. El objetivo parece ser el mismo: excluir a los elementos más radicales, es decir, a aquellos que más molestan al régimen de La Habana.

Los movimientos tácticos de este grupo están dirigidos a aislar a la parte más beligerante del exilio, mientras suman a las mayorías silenciosas de los emigrados con el ánimo de incidir en las elecciones presidenciales, según la dirección señalada por los jerarcas del Estado totalitario y de la Iglesia católica.

Me temo que por ese camino los servicios de inteligencia cubanos terminarán gobernando los EE UU, tal y como lo hacen con Venezuela. Detrás de la campaña por la reconciliación está la idea de que sea el propio exilio (la diáspora o la emigración, según se prefiera) el que le otorgue legitimidad (y dinero) al gobierno de La Habana. O lo que es lo mismo, a los ahora "convertidos" hermanos Castro.

Obviamente, la jerarquía católica tiene un particular interés en lavar la imagen de la empresa castrista, en la que está adquiriendo acciones con la bendición de Benedicto XVI. Palabra Nueva también es parte de este plan reconciliatorio. Su director ataca a los que ―según su opinión― insultan y descalifican. Lo que nunca se dice en estos casos es a quién. Y justo ahí está el punto: ¿a quiénes defienden? ¿Qué los hace ser tan intolerantes con el otro y, al propio tiempo, abogar por la reconciliación? ¿Cómo no imaginar una componenda entre Iglesia y Gobierno cuando estamos en presencia de la construcción paulatina de una mentira deliberada: la oposición y la disidencia son agresivos y destructores, gente violenta que quiere aniquilar al otro (nótese cómo se enmascara a la dictadura con la otredad) y, por lo tanto, se muestra incapaz de diálogo?

No importa lo que se argumente a su favor, el hecho es que la Iglesia Católica (el Cardenal y sus discípulos) intenta ocupar en el diálogo el lugar de esos cubanos que legítimamente lo han ganado arriesgando su felicidad, sus familias y hasta la propia vida. Esto es un secuestro del espacio opositor y una traición a la libertad y a la democracia.

Fue el gobierno dictatorial el que invitó a la Iglesia al diálogo y ésta ahora le paga excluyendo a la oposición. Solo pido que se reflexione al respecto. Los presos de la Primavera Negra fueron puestos en libertad por la presión de las Damas de Blanco que desbordó ampliamente las fronteras nacionales, pero esa victoria se escamoteó cuando Raúl Castro "accedió" a dialogar con el Cardenal para entre ambos repartirse los méritos (uno solicitando y el otro concediendo). Ahora intentan repetir la maniobra: el sacrificio de todos estos años, las muertes, las golpizas, las cárceles, todo se intenta eclipsar con la mediación de la Iglesia que se dispone a recoger los frutos de la lucha opositora y a colonizar la sociedad civil.

Y qué decir del viaje a EE UU de Eusebio Leal (leal tanto al Gobierno como a la Iglesia), que dijo: "No estoy aquí accidentalmente, sino buscando y trabajando en la dirección que considero correcta, de que salvados los derechos nacionales y nuestro culto ancestral a nuestra soberanía, se establezca una relación normal entre Estados Unidos y Cuba".

Nótese que ―en conformidad con la operación de blanqueo― se le está dando protagonismo a las figuras más alejadas de la ideología marxista y del aparato policíaco-militar (con especial mención aquí a la infanta Mariela, cuyo coto de caza como todos sabemos es el influyente sector gay). Sin embargo, estos movimientos no apuntan al arrepentimiento ni a la buena voluntad repentina del Gobierno. Solo se trata de negociar apoyo político y financiero con sus propios enemigos históricos (la Iglesia Católica, el exilio y EE UU). Tan perversa es la apuesta.

Los parches de Espacio Laical

Tras una campaña tan activa a favor de extenderle un cheque en blanco al Gobierno, cabía esperar que la necesidad del lavado de imagen tocara a las puertas de la propia Iglesia Católica y, particularmente, de su representante nacional. El editorial de la revista Espacio Laical, del pasado 21 de mayo, es el esfuerzo más reciente en este sentido.

Por tal motivo, no podemos encontrar en él algo realmente novedoso o metodológicamente (y la palabra es de los editores) interesante. Sin embargo, algunos pasajes de esa apología del Cardenal Ortega han llamado mi atención. Sobre éste se dice: "ha cuestionado el quehacer político opositor dentro y fuera de Cuba, que suele caracterizarse por criticar, condenar e intentar aniquilar, sin proyectos claros y universales para el destino de la nación. Desde su amor indiscutible a Cuba libre y soberana [...] no puede comulgar con proyectos monitoreados y acoplados, en muchos casos, a agendas dictadas desde fuera de la Isla y sin un distanciamiento

crítico claro sobre las medidas de bloqueo contra nuestra Patria".

Diga el lector si no le suena a Raúl Castro hablando de la "gloriosa Revolución cubana" o leyendo la conocida biografía militante de un dirigente que acaba de ser promovido. Tras blandir el currículo político del Cardenal, el editorial agrega: "Todo ello lo ha llevado a conseguir una posición de liderazgo que ha desbordado lo estrictamente pastoral para convertirse en una propuesta de transformación ordenada y gradual del orden nacional".

Lamentablemente, tanto el cubano de a pie como la oposición y la disidencia no se ven representados en este diálogo que incluye solo al Gobierno y sus simpatizantes del exilio. El siguiente pasaje, dirigido contra los excluidos, habla por sí mismo: "cargados de odio, de prejuicios y en algunos casos hasta de escasísima inteligencia política, prefieren derrocar al actual Gobierno y conseguir un triunfo que nuevamente excluya a los adversarios. Este tipo de victoria, por supuesto, podría conducirnos hacia un cambio político y económico, pero no hacia el necesario equilibrio nacional de inspiración martiana, en tanto muchas veces sus promotores parecen empecinados en excluir a todos aquellos que de alguna manera apoyan o han apoyado a la dirigencia de la Revolución. Dicha pretensión podría cincelar nuevos mecanismos electorales, que tal vez satisfagan a ciertos sectores políticos, pero serían reglas deficitarias de un verdadero contenido democrático y reconciliador. De lo que se trata no es solo de cambiar políticas o incluso instituciones, sino de lograr una solución armónica capaz de enaltecer la cultura cívica cubana".

¿Cómo verían los editores de Espacio Laical que la oposición comenzara a reclamar la devolución de Vitral a Dagoberto Valdés y a cabildear en favor de una presunta promoción del padre Conrado a Arzobispo de La Habana? ¿Por qué ―en lugar de andar especulando con eventos que no han acaecido― no propician el diálogo entre los Castro y esa parte beligerante (que no se aclara si es interna, externa o ambas) y dejan que la política la hagan los políticos?

Los que tienen que sentarse a hablar, en todo caso, son justo los que se pelearon entre sí con el advenimiento de la Revolución, es decir, las generaciones históricas de ambas orillas, diálogo en el que nada tiene que hacer la Iglesia. Y estas conversaciones deberían llevar a ambas partes a reconocer que el cubano de a pie (exiliado o insiliado) los sobrevivió y los olvidó definitivamente, que la Cuba de hoy no cuenta con ninguna de las dos ideologías en pugna y que, más allá de la retórica patriótico-nacionalista, lo que nos mueve son las libertades individuales, la prosperidad económica y la recuperación del concepto de familia, destruido por 50 años de comunismo de guerra.

El meollo de todo reside en que el Cardenal y su grupo de apoyo, en plena concordancia con los intereses de la cúpula del Gobierno, rechazan la reforma política y abogan por una transición económico-social gradual, encabezada por Raúl Castro. Es por eso que excluyen a la oposición política interna y al anticastrismo externo, ya que la pretensión de los mismos "podría cincelar nuevos mecanismos electorales, que tal vez satisfagan a ciertos sectores políticos, pero serían reglas deficitarias de un verdadero contenido democrático y reconciliador".

Tales reglas, al parecer, solo están al alcance de la dictadura totalitaria. Cómo se puede llegar a la democracia sin reforma política real ―y no aquella cosmética que apuntala la arquitectura del Estado comunista― es algo que Espacio Laical todavía no ha explicado. Por el contrario, en esta frase, se acerca mucho al mandamiento castrista de Palabras a los intelectuales: "Quienes no consigan la madurez suficiente para alcanzar estos atributos se autoexcluyen de aportar al objetivo principal de nuestro proyecto". Es decir, o te conviertes o te quedas fuera y te anulamos.

Destacaré tan solo un remiendo más de la posición del Cardenal intentado por el editorial: "Igualmente tomamos distancia de los mesianismos políticos, oficiales y opositores, que pretenden autoproclamarse únicos portavoces de la sociedad civil y la vida política nacional".

Es obvio que tras la copiosa crítica al cardenal Jaime Ortega hay que desmarcarse un tanto de la posición gubernamental, sin embargo, seguidamente se desliza la idea que el argumento anterior va dirigido contra las fuerzas que, desde la propia nomenklatura, obstaculizan las reformas raulistas. Esta situación ya la conocemos por boca del propio Gorbachov tropical, quien justifica la trivialidad de sus reformas con giros perestroikos tales como la necesidad de la nueva mentalidad y la lucha contra la burocracia, pero sin mencionar la palabra Glásnost (trasparencia, apertura informativa, libertad de expresión).

Si se quiere entender esta "metodología política" que intenta vendernos Espacio Laical hay que reparar en un detalle: los argumentos del Cardenal y sus aliados podrán estremecer a buena parte de la burocracia partidista ―que sin nombres y apellidos no pasa de ser pura retórica― pero jamás se dirigen contra las figuras de Fidel y Raúl Castro. En general, los cabildeos de los grupos de influencia (castrista y orteguiano) indican a una nueva alianza por el poder.

Si el argumento de lujo aquí es preservar al Estado socialista para evitar el desgobierno, el caos y el revanchismo durante la transición ¿por qué apostar por el líder y no por las instituciones del Estado? No se olvide que en esta parodia caribeña de la URSS, Raúl Castro no ocupa el lugar de Gorbachov, sino el de Stalin.

En lo personal, no me inclino por ninguna de estas dos apuestas. Hay que reconocer que el fin ha llegado y hacerse a un lado o ponerse en función del fortalecimiento de la sociedad civil y de la legalización de los partidos políticos con vistas a elecciones libres que puedan garantizar el desmontaje completo de las estructuras totalitarias. Solo así ―y no porque lo prescriba el editorial de una revista laica― sabremos si Cuba cuenta o no con verdaderos políticos, proyectos y programas capaces de sacar adelante el país.

A mí no me cabe ninguna duda que, para los cubanos, la peor de todas las opciones es aquella por la que ha apostado la Iglesia.

Una simple moraleja para los orteguianos

El gran problema que ha tenido Cuba ―y que viene siendo el nódulo de todos los restantes― es haber mantenido a las mismas personas gobernando durante medio siglo. Trátese de los Castro, los Pérez o los Rodríguez, eso no es lo importante. El gran problema que comienza a tener Cuba es que las mismas personas que la han administrado durante medio siglo intentan ahora diseñar su futuro y decidir el relevo.

En medio de todo esto, lo más valioso que tiene Cuba es su gente, no sus instituciones, tampoco el escudo ni la bandera de la estrella solitaria.