Jueves, 29 de Septiembre de 2016
01:28 CEST.
Agricultura

Los contratos y la agricultura cubana

En los últimos tiempos, los jerarcas de la economía nacional apuestan por la planificación y la contratación económica como varitas mágicas para resolver todos los problemas que se presenten en las empresas y entidades del país. Cada vez que aumentan las cuentas por pagar o por cobrar, si los inventarios abarrotan los almacenes de una entidad, si no se cumplen los planes de ventas, o cuando los indicadores económicos de una empresa experimentan un deterioro apreciable, se aduce que fallaron los planes y los contratos.

Pero, paradójicamente, abundan las opiniones acerca de lo deficiente que resulta el trabajo a nivel de base en ambas actividades. A pesar de la celebración de seminarios, clases metodológicas, así como la emisión de instrucciones a los empresarios, proliferan los planes poco tensos, o sea, por debajo del potencial productivo de las entidades, además de la firma de contratos formales que en la práctica impiden demandar a los incumplidores. A lo anterior se suma el hecho de que, aun si la contratación resultase exitosa, en una economía que aspira a la dinamización, con un gradual incremento de ciertas palancas del mercado —como, al menos de palabra, se quiere dotar a la economía cubana—, el exceso de planes y contratos pudiera oficiar como una camisa de fuerza que entorpezca la gestión empresarial.

Y si quisiéramos ahondar en un sector donde los contratos marchan de mal en peor, no dudamos en mirar hacia la agricultura. Se conoce que nuestros productores agropecuarios tratan por todos los medios de evadir la firma de contratos con las Empresas de Acopio, que son las encargadas por el Gobierno de comprar la mayor parte de lo que producen los campesinos cubanos. Esas compras son las que, entre otros destinos, surten posteriormente a los Mercados Agropecuarios Estatales, generalmente mal abastecidos, y que venden a la población a precios topados, supuestamente inferiores a los que rigen en condiciones de oferta y demanda.

La negativa de los productores se debe a que Acopio es quien fija el precio de las producciones que adquiere —casi siempre considerado bajo por los campesinos—, con frecuencia les indica a los productores qué renglones cultivar, y no faltan ocasiones en que, a causa de la burocracia, el papeleo, la ineficiencia, y hasta las increíbles carencias que caracterizan la gestión estatal —pueden faltar, por ejemplo, los envases o el combustible para los vehículos—, incumple con la recogida de las cosechas. Esta última situación irrita sobremanera a los productores, ya que a veces, no obstante cumplir o sobrecumplir los planes de producción, contemplan con amargura cómo los productos no llegan a la mesa de los consumidores porque el Acopio estatal fue incapaz de participar en su comercialización.

Entonces la no firma de contratos con Acopio posibilita que los campesinos puedan sembrar aquellos renglones que les sean más rentables, fijar el precio de venta de sus productos, y ofrecerlos al primer comprador que aparezca, que casi siempre son los que el oficialismo califica despectivamente como "intermediarios", esas personas hábiles y emprendedoras que siempre hallan los envases, el combustible para los camiones, que pagan al contado —Acopio paga con los demorados cheques— y que al final mantienen muy bien surtidos a los Mercados Agropecuarios de oferta y demanda.

Incluso se han dado casos como el de los productores del guantanamero Valle de Caujerí, los cuales desviaron una porción importante del tomate cosechado, y lo vendieron a otros compradores, a pesar de tener toda la producción contratada con la Empresa de Acopio local. El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista, calificó de "forajidos" a dichos productores.

A la postre, resaltan las distintas motivaciones de estos dos actores que participan en la cadena producción-comercialización-consumo de los productos agropecuarios: el intermediario y Acopio. El primero movido por el interés personal, mientras la segunda entidad como exponente de los dueños sin rostro de la propiedad social. Es que el oficialismo aún se empecina en ignorar la gran lección que nos legara el economista inglés Adam Smith en su libro de 1776 La riqueza de las naciones: "Al buscar satisfacer sus propios intereses, los individuos son conducidos por una mano invisible que permite alcanzar el mejor objetivo social posible".