Jueves, 29 de Septiembre de 2016
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Economía

¿Por qué la tierra no es de quien la trabaja?

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Con el título La tierra es de quien la trabaja, el diario Granma publicó un editorial, el pasado 17 de mayo, en conmemoración del Día del Campesino, del cual he seleccionado tres planteamientos que invitan a la reflexión.

Uno: la Reforma Agraria era una necesidad elemental para el despegue económico. Afirmación que comparto, pues la concentración de grandes extensiones de tierra fue y es, además un generador de injusticias sociales, un gran obstáculo para la diversificación de la propiedad agraria, el arraigo, el sentido de pertenencia y el desarrollo.

En su inició, siglo XVI, las grandes extensiones no obstaculizaron la formación de una clase de pequeños propietarios. Fue el crecimiento de la industria azucarera, acelerado por la revolución haitiana, que arruinó la economía de esa isla vecina, la que propició que desde fines del siglo XVIII Cuba ocupara el primer lugar mundial en la producción y el comercio de ese producto. Ese salto aceleró la conversión de los latifundios ganaderos en haciendas comuneras y multiplicó los ingenios, propiciando el crecimiento de la pequeña y mediana propiedad. Fue a partir de 1860, debido al incremento de la capacidad productora, que los ingenios mayores asfixiaron a los pequeños, dando lugar a la separación entre el agro y la industria y a la aparición de la figura del colono. Sin embargo, esas transformaciones no condujeron a la concentración de grandes áreas de tierra, ya que el colonato, que poseía decenas de miles de fincas, suplía la caña necesaria.

Fue a fines del XIX, resultado de la lucha por la materia prima, que se originó la competencia entre ingenios por mayores extensiones de tierra, de donde emergió el moderno latifundio. Ese proceso se aceleró a partir de 1902 con las órdenes dictadas por el Gobierno de Ocupación, los que autorizaron a los inversionistas a comprar y expropiar tierras para construir líneas férreas e instalar nuevos centrales. Gracias a ello, la penetración de capital extranjero centralizó en unos 180 ingenios la quinta parte del territorio nacional, lo que se reflejó en el censo de 1946. De un total de 159.985 fincas, menos del 12% poseían el 76% de la tierra, mientras que el 24% del área restante estaba diseminada en 142.385 fincas, con sus respectivos propietarios.

Esa anomalía, tan vital para la nación cubana, atrajo la atención de figuras ilustres de nuestra historia, desde el Obispo Espada en 1808 hasta Manuel Sanguily en 1903, pasando, entre otros, por José Antonio Saco, Francisco de Frías, José Martí, Enrique José Varona, Martín Morúa Delgado y Fernando Ortiz, los que abogaron por la necesidad de la pequeña y mediana propiedad y la existencia de una clase media nacional. Sin embargo, las luchas sociales, las medidas dictadas por los gobiernos republicanos y el freno al latifundio, refrendado en la Constitución de 1940, resultaron insuficientes para revertir la propiedad de la tierra al que la trabajaba.

Dos: fue la Ley de Reforma Agraria precisamente lo que definió a la Revolución Cubana. En el alegato La historia me absolverá, en 1953, Fidel Castro —teniendo en cuenta lo perjudicial del latifundio y para ganar el apoyo del campesinado— planteó conceder la propiedad de la tierra a todos los que ocupasen parcelas de cinco o menos caballerías. Ese proyecto, iniciado en octubre de 1958 durante la lucha insurreccional, tuvo su punto de remate con la Primera Ley de Reforma Agraria, la cual liquidó el latifundio en manos de compañías cubanas y extranjeras, benefició a unos 100 mil campesinos y definió a la revolución de 1959 como avanzada, agraria y democrática.

Sin embargo, el 40,2% de las tierras confiscadas quedaron en manos del Estado. Luego, con la Segunda Ley de Reforma Agraria, de 1963, las mil fincas que tenían más de cinco caballerías pasaron directamente a engrosar el fondo de tierras estatales, el cual aumentó hasta el 70% de la tierra cultivable del país. Tan brusco fue el giro, que si la Primera Ley permitió definir a la revolución como avanzada, agraria y democrática, la Segunda Ley la marcó totalitaria, al concentrar un volumen de tierra superior a la que poseían los grandes latifundios confiscados.

En 1974, en el XV Aniversario de la Ley de Reforma Agraria, el jefe de la revolución planteó a los campesinos ir "pensando en formas superiores de producción, puesto que el curso de desarrollo del país no se puede detener, puesto que las necesidades crecientes de la población hacen necesaria una incesante tecnificación de nuestra agricultura, y un aprovechamiento óptimo y total de la tierra"[1]. Con ese supuesto fin se desarrolló un proceso de cooperativización inducida —mediante la creación de las Cooperativas Embrionarias, las Brigadas de Ayuda Mutua, las Cooperativas de Créditos y Servicios (las únicas en que los campesinos conservan la propiedad de la tierra y de los medios de producción, pero carecen de personalidad jurídica), y las Cooperativas de Producción Agropecuaria—, mientras tanto la propiedad estatal se elevó hasta el 75% de la tierra cultivable.

Tres: la Ley consagró el principio de que la tierra es de quien la trabaja.

Ante el decrecimiento de la producción y de la eficiencia generada por la propiedad estatal, Raúl Castro, en el discurso pronunciado en Camaguey el 26 de julio de 2007, reconoció las deficiencias, errores y actitudes burocráticas o indolentes que se reflejan en los campos infectados de marabú, y planteó que el precio creciente de los alimentos en el mercado internacional obligaba a producirlos en Cuba. Sin embargo, no se dijo nada de la inviabilidad los latifundios estatales, ni de que en tierras privadas el marabú se mantuvo bajo control. En esa coyuntura se promulgó en el año 2008 el Decreto Ley 259, para la entrega de tierras ociosas en usufructo.

Si el usufructo consiste en el disfrute de un bien ajeno y en los latifundios estatales, y las tierras devienen ociosas, ¿cuál es la razón para que los productores privados, que han demostrado capacidad para producir con eficiencia, sean usufructuarios y el Estado, responsable de la ineficiencia, sea el propietario? ¿Por qué la tierra no es de quien la trabaja?


[1] J. MAYO. Dos décadas de lucha contra el latifundismo. Breve historia de la Asociación Nacional Campesina, p. 21