Viernes, 30 de Septiembre de 2016
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Sociedad

¡Y llegaron los 15!

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La tarde anterior, Yusaimi estuvo cuatro horas en el estudio de un fotógrafo profesional. Rodeada de potentes lámparas, sombrillas, un espejo de fondo, todo el tiempo tuvo que estar cambiándose de ropa y posando como si fuese una modelo internacional.

Terminó extenuada. Apenas llegó a la casa, comió algo ligero y de nuevo a posar. Esta vez para un video junto a sus padres, el novio y sus amigas. Cerca de las 12 de la noche, antes de derrumbarse en la cama, revisó juntos a sus progenitores los detalles de los preparativos de la fiesta. Y el día siguiente fue peor.

A partir de las 9 de la mañana, su hogar comenzó a ser invadido por familiares, amigos, una maquillista y una peluquera de renombre. Se sentía ajena, pero contenta. Algunos parientes de Miami habían viajado a La Habana para celebrar los quince de Yusaimi.

Buena plata ha costado el sarao. Desde que la niña cumplió cinco años, sus padres comenzaron a ahorrar. Ya para el día D la alcancía estaba repleta: cerca de 1.100 pesos convertibles. No era dinero suficiente, pero alcanzaba para arrancar con los preparativos.

Si se les pregunta a los padres de Yusaimi sobre el costo de la fiesta, incluidas las sesiones de fotos, las mudas de ropa y la bien montada coreografía de presentación, responderán con una sonrisa. "Mejor no hablar de eso. Es nuestra única hija y cualquier dinero es poco. Ella se lo merece por su esfuerzo en los estudios. Y porque quince años se cumplen solo una vez en la vida, qué carajo?", expresa el padre emocionado, mientras sostiene en su mano un trago de ron Santiago.

Los quince de Yusaimi fueron un acontecimiento en el barrio. Tiraron la casa por la ventana. Alquilaron un local en un hotel cinco estrellas, con un conocido presentador televisivo. Tiraron decenas de fotos y videos. El maquillaje y la peluquería fueron realizados por expertos. El buffet y el cake, de lujo. Y era tal la cantidad de bebidas alcohólicas que casi todos salieron de la fiesta haciendo eses.

Y de guinda, la familia de Miami pagó un todo-incluido en Varadero, cinco días y cuatro noches para la muchacha, el novio y sus padres. Cuando pasen los años, con su esposo y sus hijos sentados en un sofá de vinil, Yusaimi podrá repasar las fotos y videos de ese día memorable.

Pero aún está lejana la fecha en que esta quinceañera tenga que lidiar con las penurias diarias ofertadas por el socialismo inconcluso y extravagante diseñado por los Castro. Es probable que para entonces muchas cosas hayan cambiado.

Lo que parece indudable, vivamos gobernados por autócratas o sus descendientes, bajo la bota de corporaciones militares, en un capitalismo corporativo estatal, o en una sociedad libre con elecciones cada seis años y tantos partidos políticos como cartas tiene un juego de naipes, es que las fiestas de quince seguirán existiendo  en Cuba.

Aunque parezca cursi, alocada y altamente derrochadora de dinero, esa costumbre se mantendrá en la sociedad.

Las tradiciones son las tradiciones. Cada año, en la ciudad española de Pamplona, el día de San Fermín la gente se tira a la calle para correr delante de los toros, casi un suicidio autorizado. En otros países, cuando los jóvenes cumplen quince años, sus allegados lanzan desde lo alto de un campanario una cabra dentro de un saco.

En Estados Unidos, el propio presidente libera un pavo el Día de Acción de Gracias. Y en Halloween, los niños se disfrazan y tocan a las puertas de sus vecinos pidiendo dulces y caramelos.

En parajes perdidos de Australia, una vez al año el festín es lanzar enanos, cuanto más lejos mejor. Y en regiones de África y el Medio Oriente, un hombre puede tener hasta seis esposas.

Las tradiciones son un sello de identidad. Y las fiestas de quince se ha convertido en un rito cubano. Nos gusten o no.