Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Sociedad

¿Por qué no paren las cubanas?

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Un informe emitido por la ONG Save the Children, en el que se afirma que Cuba ocupa el primer puesto entre los países de América Latina donde existen mejores condiciones para ser madre, seguido por Argentina y Uruguay, fue reproducido parcialmente en la primera página del periódico Granma del pasado 10 de mayo.

Tal información, que la prensa oficial presenta como un gran logro, oculta otros datos relacionados con la demografía cubana que deberían mover a reflexión. Resulta que en Cuba la disminución de la natalidad está provocando un decrecimiento poblacional sostenido.

Los ajustes realizados en 1998 por la División de Población de las Naciones Unidas en sus proyecciones hasta el año 2050, plantean que la tasa de fecundidad de los países menos desarrollados pudiera disminuir hasta 2,1 hijos por mujer, mientras que para los más desarrollados arrojarán valores entre 1,7 y 1,9. Sin embargo, la tasa global de fecundidad en Cuba —que no se ubica precisamente entre los países desarrollados— ha venido descendiendo desde mediados de los años 70 del pasado siglo hasta alcanzar 1,7 hijos por mujer en el año 2009: cuatro décadas antes del pronóstico realizado por las Naciones Unidas.

Según informaciones brindadas por la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, la población de la Isla decreció nuevamente en el año 2010 en 1.467 personas, que representa una tasa anual de crecimiento negativa (–0,13%), la cual confirma el descenso sostenido en los últimos años.

¿Por qué ocurre en Cuba un fenómeno que caracteriza a los países desarrollados? El empeoramiento de las condiciones de vida, debido a la ineficiencia económica, están llevando a una gran cantidad de cubanas jóvenes a aplazar el momento de tener hijos, mientras otras tantas han decidido reducir su proyecto reproductivo ante la falta de perspectivas. Ello está teniendo una fuerte influencia en la vertiginosa disminución de la tasa de fecundidad, lo que resulta contradictorio no solo con la continua propaganda estatal acerca de la maternidad, sino también con las raíces del movimiento feminista cubano, que desde el siglo XIX contó con figuras destacadas como Mari Blanca Sabas Alomá, quien adoptó los principios originales del humanismo maternal como fundamento del feminismo; o como Ofelia Domínguez Navarro, que en el Primer Congreso Nacional de Mujeres, en 1923, presentó una moción acerca de la redefinición de la familia para incluir en ella a los hijos ilegítimos.

Como los escenarios demográficos de proyección se construyen a partir principalmente de la relación entre fecundidad, mortalidad y migraciones, no es difícil predecir los efectos de una fecundidad tan reducida a mediano y largo plazo sobre la deprimida economía nacional.

El éxodo sostenido y creciente, que desde 1959 ha colocado fuera de las fronteras nacionales a unos 2 millones de compatriotas, representa aproximadamente el 18% de la población. En los cinco años comprendidos entre 2004 y 2009, emigraron más de 210 mil cubanos, tendencia confirmada con los datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas, que arroja en el año 2010 un saldo negativo record de 38.165 emigrantes.

Si a lo anterior se añade una esperanza de vida por encima de los 75 años, resulta que la población inactiva comprendida en los grupos de 0 a 14 años y de 60-65 años en adelante crecerá, a la vez que disminuirá la población activa, comprendida entre esos dos grupos de edades. Ello genera una relación de dependencia insostenible que se agudizará al paso del tiempo, pues los gastos de seguridad social, atención médica y otros que implican una población envejecida requieren precisamente lo que en Cuba está en falta: una economía eficiente.

De mantenerse esa tendencia —y nada indica que vaya a cambiar— la población cubana, que en diciembre de 1998 sobrepasó los 11 millones de personas, no podrá alcanzar los 12 millones de habitantes, lo que ha ubicado a Cuba entre las poblaciones más envejecidas del continente. Lo peor es que ese fenómeno se produce en una nación que, por su bajísima productividad, se ve obligada a comprar en el exterior una buena parte de lo que consume. Por tanto, la transición demográfica a la cubana, en un contexto caracterizado por la descapitalización de la economía y una enorme deuda externa, augura un empeoramiento con graves repercusiones en el ámbito económico, político y social.

Estos datos develan una realidad: las diferencias radicales entre la transición demográfica cubana y la que ocurre en los países desarrollados consiste en la decisión de la mujer cubana de parir menos y en el alto índice de emigración —particularmente de jóvenes—, lo que combinado con el aumento de la esperanza de vida, nos arrastra aceleradamente hacia una sociedad de ancianos. Ese decrecimiento demográfico no es un hecho aislado ni casual, es ni más ni menos que uno de los múltiples efectos de la crisis estructural, cuya causa está en la incapacidad del sistema vigente para garantizar un crecimiento económico capaz de satisfacer las necesidades mínimas de la población.

La salida de esa penosa situación está en el aumento sostenido y eficiente de la productividad, algo que no ha sido ni será posible con el actual intento de actualizar el modelo vigente sin incluir cambios en las libertades ciudadanas. Además, en cualquier caso habrá que proceder a una reforma radical de la política migratoria, de tal forma que permita la salida y el retorno de los cubanos con plenos derechos, como existió en Cuba en épocas pasadas y como existe, con raras excepciones, en todas partes.