Jueves, 29 de Septiembre de 2016
08:24 CEST.
Opinión

La arrogancia infinita del Cuban-Non-Sapiens

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Hace unos días llegó a mis manos (o más bien a mi Mac) un ilustrativo artículo firmado por Jesús García titulado El cubano no cae bien, que enumera y describe los múltiples logros de muchos exiliados nacidos en la mayor de las Antillas y el efecto negativo que dichos logros pudieran haber tenido en el resto de los mortales. Pero analizando las cosas desde otro punto de mira, los indiscutibles éxitos de algunos coterráneos nuestros, son quizás una de las peores e injustificables razones de esa desagradable petulancia por la que algunos nos llaman con sorna y alguna razón "los argentinos del Caribe", o "el pueblo elegido" (por nosotros mismos).

O sea que —como diría mi abuela Panchita—, poco a poco nos hemos ido convirtiendo en un bando de engreídos y sangrones. Pero como dicen que lo último que se pierde es la esperanza, quizás aún estemos a tiempo de aplicarnos la sabia frase del filosófico Bill Cosby que dice que: "el reconocimiento de nuestros propios defectos es la única forma de enmendarlos". En caso de que sea esa la intención, agregaría yo.

Conversando cierta vez con un psicólogo en La Habana, este me decía que la arrogancia tiende a aflorar cuando consciente o inconscientemente se trata de cubrir o disimular alguna deficiencia o defecto personal o social (que pal'caso es lo mismo). Yo he conocido cubanos que después de 30 o 40 años de vivir en este país [EE UU], dicen hasta con orgullo no hablar o entender "ni una papa de inglés", o hablan del éxito obtenido en los negocios siendo casi analfabetos. Y no es que sea deshonroso carecer de determinados conocimientos, pues todos tenemos handicaps en nuestra formación personal (mi propia abuela nunca aprendió a leer o escribir), sino que el "ser cubano", cuando es mal educado, es el único en el mundo que alardea de su propia ignorancia. Es lo que yo llamo el Cuban-Non-Sapiens.

Uno de los siete pecados capitales, la envidia, es indudablemente un sentimiento vil y recriminable, pero propiciar el resentimiento con ostentaciones y desmanes contra individuos o grupos étnicos de menor éxito es aun más vergonzoso, y a mi me produce muchas veces vergüenza ajena.

La pedantería cubana fue tan notoria y nociva para la reputación de las tropas castristas en África, como lo es ahora usándola en contra de los afroamericanos, los latinos, los indios y demás comunidades que cohabitan con nosotros en el sur de la Florida. Esa es la triste realidad que además, estamos pasando como pésimo ejemplo a las nuevas generaciones. ¿Podremos algún día superar tanta estupidez y falta de tacto y sentido común? Lo dudo. Son demasiados años de creernos la "raza superior", sin darnos cuenta de que —como bien dijo aquel psicólogo habanero— la arrogancia en el fondo no es más que un tremendo complejo de inferioridad, y que la superioridad de los verdaderamente grandes radica —por el contrario—, en su humildad y sencillez.

Celia, Martí, Monseñor Román, Montaner, Cachao, Andy y Bebo Valdés son solamente unos pocos ejemplos de ello. Ojalá nuestros hijos y nietos siguieran ese patrón. Supongo que entonces no caerán tan mal.