Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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Sociedad

Del Papá Estado al sálvese quien pueda

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La casa de Otilio es un museo de artefactos facturados tras la otrora cortina de hierro. Jubilado hace 21 años, Otilio es un octogenario solitario y sin hijos, rodeado de objetos anacrónicos y gatos famélicos.

En una pared que una vez fue de color marfil, de medio lado cuelga un diploma concedido por su quehacer laboral tras 45 años al frente de una cuadrilla de plomeros.

Como premio por sus hazañas laborales y por haber sido un revolucionario ejemplar, también le otorgaron medallas bronceadas y varios artículos que tres décadas después se resisten a morir.

De su colección de objetos de la era soviética forman parte un reloj Poljot cromado, una lavadora Aurika que yace en el cuarto de los trastos obsoletos, una moto Karpaty de dos velocidades de la cual solo queda el esqueleto, y un viejo radio Selena que después de golpearlo se logra sintonizar el béisbol.

"Era otra época. El Estado te otorgaba desde una casa en la playa hasta un ventilador ruso. No sé si estos cambios de ahora serán para mejorar o empeorar. Lo que pasa que mucha gente no está preparada. De depender para todo del Estado, al arréglatelas como puedas. Por suerte yo ya estoy de vuelta", comenta Otilio sentado en el portal de su casa, un gato en el regazo.

En aquella etapa era imprescindible ser un fidelista a prueba de bombas. En caso contrario, había que marcharse 90 millas al norte o saber que el reconocimiento y la posibilidad de adquirir ciertos bienes te estaba vedada.

Han pasado más de tres décadas de aquellos años, donde los caramelos de cumpleaños y las cajas de cervezas para bodas se adquirían por la libreta de racionamiento.

Pero muchos trabajadores y funcionarios aún viven anclados en la mentalidad de esperar órdenes y regalías de Papá Estado. Es lo aprendido en 53 años. Las iniciativas personales siempre fueron mal vistas y consideradas peligrosas.

Aunque racionado y de baja calidad, el Estado garantizaba lo mínimamente necesario para vivir. Pero si aplaudías los discursos de Fidel Castro, asistías a las concentraciones en la Plaza de la Revolución, a las Marchas del Pueblo Combatiente y participabas en los Domingos Rojos, te podías ganar un cupón para comprar un artículo soviético.

Una especie de contrato social basado en la fe ciega y el canje. Época dorada la de Castro, quien gobernaba de manera casi absoluta y con unos pocos locos valientes que se atrevían a disentir.

Habría que pensar en levantarle un monumento a los primeros opositores pacíficos que en voz alta y abiertamente criticaban el estado de cosas en Cuba.

En 2012, mientras jubilados como Otilio que lo dieron todo por la construcción de un socialismo luminoso que nunca creció más allá de los cimientos, esperan la muerte, Raúl Castro y sus socios con tres estrellas en la charretera hablan de actualizar el modelo económico y critican al Estado benefactor.

Lo peor del nuevo discurso es que culpan a la gente por su mentalidad inmovilista y su pereza en la producción. Y eso disgusta a muchos. Ernesto, ingeniero con 30 años de experiencia, se insulta cuando en las reuniones de su centro para reducir plantillas los jefes critican la escasa creatividad y dependencia de muchos al Estado.

"Son unos cara de palo. Culpan al pueblo por trabajar poco y acostumbrarse a vivir de la libreta. Recuerdo que una noche, hace 5 años, Fidel se burlaba de la gente que tenía ventiladores caseros y artilugios electrodomésticos, porque eran altos consumidores de electricidad. Como si nosotros hubiésemos elegido ser pobre y tener toda esa mierda en nuestras casas. Ahora te echan del trabajo y te dicen que montes un negocio y te las arregles como puedas. Es el cinismo en estado puro", señala Ernesto.

La moda hoy en la Isla es trabajar por tu cuenta. En lo que sea. Sacándole pulgas a los perros, forrando botones o tirando las cartas.

Pero hay un problema. Aquellos que laboraban por un salario de 20 dólares al mes no tienen capital para montar un negocio, a no ser que tengan parientes en el extranjero. Lo más que pueden hacer es rellenar fosforeras, remendar zapatos o pintar fachadas de viviendas.

No tienen divisas para abrir una cafetería, comprar un viejo auto estadounidense de los años 50 y usarlo de taxi, o su casa no tiene las condiciones requeridas para rentarla a los turistas por 35 dólares la noche.

Para los desempleados del sector estatal, acostumbrados a esperar que el maná cayera del cielo y a robar en sus puestos de trabajo, las opciones no son muchas.

Cuba se está descapitalizando. El gobierno no quiere oír hablar de subsidios. Sálvese quien pueda y como pueda.

En el sector particular la competencia es dura y las billeteras de los consumidores están raquíticas. Un ejemplo. En 600 metros de la Calzada 10 de Octubre, desde la avenida Santa Catalina hasta la calle Gertrudis, hay seis pizzerías, ocho cafeterías y dos hamburgueserías privadas.

A la mitad les va bien. La otra mitad está pensando entregar la licencia. Montar una cafetería decente cuesta no menos de 1.500 pesos convertibles, el salario de seis años de un obrero.

Además, conocer las reglas de juego no escritas: conocer a los tipos que venden harina, carne de cerdo o mayonesa hurtada a precios más bajos que en el mercado oficial; darle un billete por debajo de la mesa a los inspectores corruptos; hacer trampas financieras para pagar lo menos posible de impuesto anual en las declaraciones juradas.

Según Alberto, taxista habanero, en esta nueva versión de revolución verde olivo, "uno está en la calle y sin llavín. Debes buscarte los pesos de cualquier manera, pero caminando con precaución por una cuerda floja. Si te pillan en algo considerado delito, que es casi todo de acuerdo a las leyes cubanas, entonces además de perder la licencia puedes ir a la cárcel", señala mientras conduce.

Ya el gobierno habló alto y claro. Búsquense unos pesos, pero ni se les ocurra pensar en amasar una fortuna, porque iremos a por ti. El trabajo privado, dice el Estado, solo debe servir para subsistir.

Si en los años 70 hombres como Otilio mostraban orgullosos el diploma ganado por participar en trabajos voluntarios, o el cupón que les daba derecho a adquirir a plazos una moto rusa de dos velocidades después de haber cortado miles de arrobas de caña, ahora tipos como Alberto saben que el Estado no les dará ni una tuerca. Su misión es cobrar impuestos y vigilar que no traspasen la raya.

Los más optimistas piensan que es una buena manera de entrenarse para el día que en Cuba exista la peor versión del capitalismo salvaje. Que es hacia donde vamos.