Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
00:58 CEST.
Sociedad

Caballeros en extinción

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En los últimos tiempos, he tenido la oportunidad de conocer algunos ejemplares casi extintos de hombres que se formaron en sus profesiones u oficios antes de 1959 y que aún conservan la manera de trabajar y de vivir que aprendieron entonces.

Impresiona conversar con estos caballeros; tienen una especie de elegancia, presencia, una forma de proyectarse que simplemente inspira respeto.

El barbero de quien quiero hablar tiene 76 años y vive en un edificio casi en ruinas de Centro Habana. Ha pelado a todo tipo de cubanos desde el 50 hasta nuestros días. El pequeño espacio que usa como barbería es un museo que guarda con celo objetos y documentos: máquinas de cortar cabello, vibradores para masajes faciales, navajas, y Dios sabe cuántas cosas más...  

Desde que toque la puerta de ese señor comencé a sentirme como un cliente de verdad. La forma en que me trató me hizo creer que mi dinero tenía valor. Estábamos solos, nadie gritaba ni interrumpía la explicación que me daba sin tanto apuro acerca de los servicios que podía ofrecerme. Todo el tiempo me trataba de usted.

Una vez sentado, lo primero que hizo fue asegurarse de que yo escogiera bien y le transmitiera sin escatimar detalles cómo quería quedar pelado. Luego comenzó a trabajar con suavidad, era capaz de moldear su cuerpo para acceder a distintos planos sin tener que molestarme y si le era impresindible algún  cambio de mi posición usaba un "por favor", daba las gracias.

Quedé tan satisfecho que decidí aprovechar y hacerme una mascarilla y un masaje facial. Terminado todo el trabajo el profesional se encargó de que yo quedara bien limpio como para ir a una recepción.

Al preguntarle por el precio me llevé otra gran sorpresa: "Son 20 pesos cubanos", respondió con un gesto amable y seguro.

Todo el que vive en La Habana sabe que este precio es alucinante para un pelado y dos servicios complementarios. Le di una modesta propina: ¡la mas gustosa que he dado!

Miré con discreción a través de una puerta entreabierta y noté una casa muy humilde. No pude evitar preguntarle: "Señor, perdone usted mi indiscreción, pero, ¿no cree que cobra poco? ¿Piensa usted retirarse en algún momento?".

"Joven, retirado ya estoy hace tiempo", me dijo, "pero con lo que me pagan no se come ni cuatro días. Y lo del precio…. considero que es justo. Que el dinero no me alcance no significa que yo tenga que explotar a los demás, a quienes tampoco les alcanza el dinero. Por el contrario, en vez de todos subir los precios lo que deberíamos hacer es lo contrario, para ayudarnos mutuamente".

"En mi pueblo, en Camagüey (antes de ésto, claro), cuando la cosa apretaba y algunas familias no podían comprar suficiente comida, el tendero le fiaba los productos hasta que la cosa mejorara, o les bajaba el precio y, en algunos casos, hasta se los regalaba. Eso hoy aquí no se ve. Por el contrario: se comen unos a otros y yo me muero de tristeza al verlo. Ojalá, Dios quiera, y a ustedes les toque ver algo mejor. Yo creo que ya no lo veré".

Las palabras de este anciano me estremecieron. No cabía en mi cabeza cómo un hombre formado en un sistema que, según algunos, "convierte a los hombres en fieras sedientas de sangre", podía tener ese tipo de convicciones y sentimientos.

Pensando acerca de esto, vienen a mi mente también mis abuelos, sus valores, su cubanía, su honradez sin límites. Y me pregunto entonces si será lo mejor que sigan inventando al dichoso "hombre nuevo", que parece alejarse cada vez más de su proyecto original, o por el contrario, valdría la pena intentar recuperar al hombre viejo, que era bastante bueno ya y lo estamos perdiendo por completo, a riesgo de quedarnos sin ninguno.