Sábado, 1 de Octubre de 2016
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Opinión

El castrismo y los presidentes de EEUU

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Cuando Barack Obama ganó las elecciones presidenciales en noviembre de 2008, y la prensa oficialista cubana acogía el hecho con cierto beneplácito, no era difícil imaginar que muy pronto la propaganda castrista enfilaría sus dardos contra el político afronorteamericano. Y es que, con independencia del quehacer del inquilino de turno en la Casa Blanca, los gobernantes cubanos necesitan verlo como a un enemigo, al menos mientras se desempeñe en el cargo.

En verdad Obama ha dado pasos tendientes a suavizar el diferendo entre ambos países: el libre envío de remesas monetarias y el auge de los intercambios artísticos y académicos, así como el incremento de las visitas de los ciudadanos cubanoamericanos a la isla. Sin embargo, el oficialismo cubano parece ignorar esas evidencias; su vista se posa únicamente sobre aquellos aspectos susceptibles de ser criticados. En el plano bilateral se afirma que Obama ha intensificado el "bloqueo" a Cuba, mientras que en un análisis más general se acusa al presidente norteamericano de haber atizado los conflictos internacionales.

En una de las emisiones de las Mesas Redondas de la televisión cubana, en momentos en que el pueblo libio luchaba por sacudirse el yugo de Gadafi, uno de los panelistas expresó que esa era la guerra de Obama, cuando en realidad, si se quería dar un carácter exógeno al conflicto, era más preciso afirmar que era la guerra de Sarkozy, pues Francia u otros países europeos apoyaron más a los rebeldes que Estados Unidos. Por último, la prensa castrista deja entrever que Obama ha defraudado la esperanza que los negros de su país pusieron en él. Cualquiera que haya leído los dos libros escritos por el Presidente —Los sueños de mi padre y La audacia de la esperanza— conviene en que Obama jamás olvidaría sus raíces. Si hoy muchos ciudadanos negros carecen de empleo en Estados Unidos, es sencillamente porque la crisis económica no distingue el color de la piel para golpear por igual a las personas en esa nación.

Mas si hubiese que señalar un caso que demuestra el doble rasero en el tratamiento de Cuba a los presidentes de Estados Unidos, habría que traer a colación a James Carter. En tiempos recientes, sobre todo a raíz de su última visita a la Isla, el discurso oficialista ha sido pródigo en exaltar las virtudes del ex mandatario: lo califica como una persona decente, respetuosa y honesta. Incluso el propio Fidel Castro lo ha llamado "mi amigo".

Pero los que conservamos en la memoria los acontecimientos del cuatrienio 1977-1980 sabemos que en ese entonces el criterio del gobierno cubano era bien distinto. La defensa de los derechos humanos, que fue pieza clave en la administración Carter, recibió las mayores críticas del castrismo, al considerarla como un pretexto para interferir en los asuntos internos de otros países. Igualmente, la frase de Carter de que "recibía con el corazón abierto a los cubanos que salían por el Mariel", desató la ira de las autoridades de La Habana. Fue notoria una manifestación convocada por la Unión de Jóvenes Comunistas, en la que uno de los participantes enarbolaba una pancarta llena de improperios hacia Carter, a la vez que lo caricaturizaba, sonriente, con una dentadura enorme que deformaba su rostro.

Ahora, con motivo de la reciente Cumbre de las Américas celebrada en Cartagena, Colombia, la prensa oficial ha arremetido nuevamente contra un mandatario norteamericano, en especial sobre las que considera "las excentricidades de Obama". Se aduce que el jefe de la Casa Blanca ocupó todo un hotel de la ciudad para poder albergar a su equipo de seguridad, y que no ingería el agua ni la comida colombianas, o que viajó con 28 coches blindados para moverse fuera del hotel.

Con independencia de la certeza de tales aseveraciones, es justo consignar que las mismas contienen una alta dosis de oportunismo, pues para nadie es un secreto que los viajes de Fidel Castro al exterior eran célebres por su aparatoso andamiaje, que incluía varios aviones y un trabajo previo de los agentes castristas que llegaba hasta los límites de palpar el estado de opinión prevaleciente en cada país visitado acerca del líder cubano.

A pesar de todo, no sería extraño que, al cabo de algunos años, el ex presidente Barack Obama estuviese en La Habana en un gesto de buena voluntad para mejorar las relaciones bilaterales, y a cambio recibiera los honores de los líderes castristas.