Sábado, 1 de Octubre de 2016
17:23 CEST.
Opinión

¿Cinismo o fe?

Permanecía el Papa Benedicto XVI al abrigo del pueblo mexicano en el peregrinar que lo traería a Cuba, cuando mujeres y hombres fuimos separados de nuestras familias y encerrados en calabozos bajo la acusación inaudita de alteración del orden público.

Antes, durante y posteriormente a la visita del Papa a Cuba, el régimen nos metió tras las rejas a tantos como resultamos incómodos, en franca violación incluso de sus propias leyes.

Esta Semana Santa, en cumplimiento del mandato de Jesucristo, el párroco de Placetas envió por un cordero entrampado, y así, junto al diácono, Jorge Luis García Pérez (Antúnez) pasó por al lado de los policías y fue a escuchar la palabra de Dios.

¿Podía ir Antúnez al servicio religioso de Semana Santa sin la protección de Dios personificada en el párroco de Placetas y en su diácono? Sabido es que no.

¿Son tan poderosos un humilde párroco y su diácono como para contener a un general de Cuerpo de Ejército al frente de miles de policías? Sabido es que sí.

Para los que lo han olvidado: Érase una vez en Rumanía, en un pueblito llamado Timisoara, un pastor nombrado Laszlo Tokes…

Y no malinterpreten, no se trata de que la Iglesia haga lo que nos compete a todos. Pero muy mal se oirán las palabras encomendadas por Cristo al Papa y a sus obispos si al otro lado de los muros de las Iglesias se escucha el taconeo de los policías entre gritos pidiendo libertad.

Y peor se entenderán las palabras de Dios en labios de su vicario si en mitad de la contienda fratricida el curato pidió concordia desde lejos cuando obligado estaba a remangarse la sotana al codo y poner esa palabra de Dios, entiéndase la de la razón, en el púlpito de la justicia.

Archiconocido resulta, pero es útil repetirlo para que no se olvide: Tan poderosa es la voz de la Iglesia que, cuando el 26 de julio de 1953 un río de sangre inundó las calles de Santiago de Cuba, el doctor Castro Ruz, quien precisamente había levantado la compuerta para desatar esa riada, gracias a monseñor Pérez Serantes, arzobispo de aquella ciudad convulsa, no aportó ni una gota de sus venas a la inundación roja, provocada por el asalto al cuartel Moncada.

Pero si el general Fulgencio Batista en atención al arzobispo de Santiago ordenó cesar los asesinatos en el oriente de Cuba en julio de 1953, ahora un sobreviviente de aquella masacre, el hoy general Castro Ruz, parece no escuchar las palabras del arzobispo de Santiago.

En su recibimiento al Sumo Pontífice, el arzobispo de Santiago de Cuba y Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos, monseñor Dionisio García Ibáñez, con muy sentidas palabras, más que un discurso de bienvenida al Papa, pronunció una lección de historia y a la vez una crónica del Viacrucis de nuestra nación.

La respuesta fue la censura. En tanto el Papa llegó a Cuba invitado por el Gobierno y por la Conferencia de Obispos Católicos, la prensa debió publicar las palabras de ambos anfitriones, pero solo publicó las pronunciadas por el General.

Las pronunciadas por monseñor García Ibáñez, ajustadas a los hechos, al derecho y sobre todo por aquello de "apacienta a mis ovejas", no caben dentro del estrechísimo carril autorizado a la prensa oficial cubana.

¿Esto significa una orden de callar? Sin dudas.

No está bien hacer política utilizando la religión. Pero ¿puede un robot hacer política? Y acaso ¿qué es un ser humano sin fe?

En el resumen de la historia de su vida, escrito a los 80 años, el estadista norteamericano Henry L. Stimson legó a la humanidad un credo a prueba del paso de los siglos: "Dolor engendra dolor, confianza engendra confianza, Fe engendra Fe y la esperanza es el principal resorte de la vida. El único pecado mortal que conozco, es el cinismo".

Cierto. El pasado marzo a decenas nos llevaron a dormir a los calabozos para impedir que estuviéramos junto al Papa, sin esto quitar el sueño a quienes debieron permanecer en vigilia.

Pero también esto es cierto, los buenos oficios del párroco de Placetas, de la mano de un diácono, hicieron que Antúnez, un perseguido, esta Semana Santa pudiera llegar a la casa de Dios. ¡Enhorabuena! Ojalá hechos como este se multipliquen, como las semillas en la parábola del sembrador. ¡Ojalá que sobre el cinismo renazca la Fe! Pero que no sea demasiado tarde. Tanto quienes llevan las riendas como los espectadores de esta carrera, deberían saber que luego de cierto tiempo los frenos de la caballería terminan deshechos, corroídos por la simple acción de permanecer ahí en la mordida perenne de la boca cerrada año tras año. Pero…, ¡cómo acompañar con la palabra de Dios al que ya va sin frenos si antes solo se escuchó la voz del que llevaba las riendas!