Sábado, 1 de Octubre de 2016
21:53 CEST.
Opinión

Históricos, histéricos e... histriónicos

Una cátedra con el nombre Félix Varela no puede ser de otra manera que inclusiva, cubana desde el suelo hasta las vigas del techo y, por supuesto, plural.

Alegra entonces la coincidencia lograda —el pasado viernes 30 de marzo— entre la imagen de nuestro insigne presbítero y la variedad de personas congregadas en un salón del antiguo seminario de San Carlos y San Ambrosio. El motivo para tan variopinto encuentro fue la conferencia de Carlos Saladrigas sobre el tema de la diáspora cubana y su relación con la nación. El lugar sirvió de escenario para alcanzar lo que en cualquier otro entorno no hubiera contado con una participación así de diversa. La práctica ha demostrado que cuando se organiza algún debate desde la sociedad civil y se invitan a figuras oficiales o eclesiásticas, éstas por lo general no responden al gesto de inclusión o simplemente lo rechazan.

El soliloquio de algunos ilegalizados espacios es más por ausencia voluntaria de la contraparte, que por intolerancia de sus anfitriones. Harto conocido resulta también lo que sucede cuando la convocatoria parte del oficialismo, pues entonces impiden presentarse al sector más crítico de la sociedad. Los cercos policiales a las puertas de instituciones culturales y académicas se han vuelto práctica frecuente durante actividades, congreso o festivales. De ahí que la Iglesia logró lo que otros sectores sociales no pueden o no quieren: proteger con su manto a todos los asistentes a la conferencia.

Hay que celebrar pues el milagro de la inclusión que se operó en la Cátedra Félix Varela, no sé si por voluntad real de sus organizadores o porque la información se "filtró" de móvil a móvil, un par de días antes. Lo cierto es que nadie fue impedido de escuchar las palabras del ponente y ese simple hecho se percibe, como una verdadera maravilla en estos momentos que vivimos.

Por otro lado, sus reflexiones tuvieron mucho de ese tono conciliador que está ausente por completo del discurso oficial. Palabras así no nos está permitido pronunciar en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, ni en la Asamblea Nacional del Poder Popular, mucho menos en la tribuna de la Plaza de la Revolución. En un primer momento se agradece el poder escuchar "otra manera" de narrar lo que vivimos, de asomarnos a vocablos que rompen la lógica del enfrentamiento y del agravio dentro de la cual normalmente habitamos.

El propio conferencista ha sido blanco de todo tipo de ataques y ha experimentado en carne propia lo que es insultar y ser insultado. Saladrigas se opuso en 1998  al viaje realizado por numerosos exiliados cubanos a la Isla para asistir a las misas de Juan Pablo II y ahora resultó vituperado por venir él mismo a las de Benedicto XVI y estar en la zona VIP de la Plaza. La serpiente de la historia personal y nacional que se traga la cola, se digiere a sí misma y se vuelve a parir.

A Carlos Saladrigas se le ha acusado, entre otras lindezas, de ser un caballo de Troya que lo mismo "transporta en su interior castrismo a la Florida que imperialismo a la Isla". Confieso que siempre me han interesado esos individuos alrededor de los cuales circulan tantos aplausos y tantos descalificativos. Creo sinceramente que cuando los extremos de la intolerancia atacan a alguien, es porque éste ha encontrado una ruta de la moderación que no les complace. Pero más allá de la polémica alrededor de un hombre que viene del exilio y se cuestiona su papel presente y futuro, mejor es analizar su conferencia de aquella tarde de viernes.

Concisa y leída desde un iPad, su ponencia transmitía modernidad, desenfado, nuevas formas de mirar los viejos problemas. Más de una vez sentí que a Carlos Saladrigas le estaban permitiendo decir en aquel estrado lo que nos está vedado enunciar a nosotros en tantos espacios. Sin embargo, entre elegir que la voz muera en la garganta o la retome otro para entonarla a su manera… siempre es preferible esto último.

El exitoso empresario que emigró siendo un niño, pronunciaba frases que miraban al porvenir: inversiones, transformaciones, velocidad de los cambios, proyectos… Por unos minutos pensé que ya estábamos en el mañana y este día de hoy solo era un deslucido recuerdo del ayer. Pero —al decir de un hermoso refrán— "nadie puede saltar más allá de su propia sombra" y Carlos Saladrigas no es la excepción.

En un momento explicó que los exiliados cubanos pueden ser catalogados entre "históricos" e "histéricos" por el grado de pasión e intolerancia que caracterice sus posiciones. Confieso que aquello me sonó totalmente contrario al espíritu de su alocución. No tengo, ni tendré la experiencia vital que ha acumulado Saladrigas en décadas de vivir e interactuar con la diáspora cubana, pero en ese punto volvieron a mi mente las injurias que recibimos los inconformes en nuestro propio país.

El juego de palabras —porque al final solo es eso, un juego de palabras— de "histórico e histérico" ya se había hecho tristemente célebre en la boca de Carlos Aldana. Este otro "Carlos" dirigió el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) y fue incluso considerado como un posible sustituto de Fidel Castro. Justamente por los días de la llamada Carta de los 10, firmada por varios intelectuales cubanos, Aldana hacía y deshacía desde su puesto de controlador de la cultura y del periodismo oficial. Alguien le preguntó entonces sobre la poeta María Elena Cruz Varela y la gravedad de su encarcelación por el simple motivo de rubricar aquella protesta. Con su sonrisa labrada en el poder, se dice que Aldana afirmó "de ella dirán que es una poetisa histórica pero en realidad es una histérica".

Veinte años después el mismo juego de palabras resonó en la cátedra Félix Varela. No tuve más opción que persignarme.

La violencia verbal se esconde de mil y una maneras. A veces tratando de buscar el camino más fácil para explicar una idea incurrimos en el maniqueísmo y en el ataque verbal. Opino que sobre esas bases será muy difícil construir la Cuba con la que sueña también Carlos Saladrigas. Similar ligereza oral ha sido usada por personas que han catalogado de "mercenarios" a los inconformes, de "ciberchancleteo" a la blogósfera alternativa y de "apátridas" a los que quieren un cambio de gobierno.

Prolongar el ciclo del insulto no ayuda a nadie. Algo muy diferente es la necesidad de crítica y la importancia de que exista multiplicidad de criterios, el siguiente punto con el que discrepo de la alocución de Saladrigas. En relación con la visita del Papa se suscitó una variedad de criterios previa, durante y con posterioridad a su estancia entre nosotros. En lugar de ver esos planteamientos negativamente y asegurar —como hizo el conferencista— que "por criticar comenzamos a criticar la visita del Papa antes de que sucediera", percibo la aparición de ese careo más bien como un signo de democracia.

La disidencia cubana y el exilio son hoy infinitamente más plurales que el oficialismo. Se pueden encontrar entre los opositores y emigrados diferentes posiciones, por ejemplo, en relación con el embargo de Estados Unidos hacia Cuba, el envío de remesas, los viajes de los norteamericanos a Cuba, la visita papal y los métodos para lograr un cambio de régimen. La sociedad civil, por su parte, tiene la efervescencia de la diversidad y esto no es —para nada— un signo de desunión o de enfrentamiento.

Una de las ausencias más evidentes en los tres días en que Joseph Ratzinger ofició misas en tierras cubanas fue la carencia de protestas espontáneas de grupos contrarios a su figura. Más allá del respeto a una creencia religiosa u otra, una sociedad sana se mide también por su capacidad de desmontar y elevar su voz hacia una multiplicidad de figuras, credos, tradiciones. ¿Por qué el CENESEX no organizó por esos días una manifestación para enfrentar al hombre que ha resultado ser uno de los críticos más feroces del uso del condón? ¿Por qué las parejas gay no estuvieron en las afueras del aeropuerto demandando ser incluidas también en el rebaño de Dios? Esas ausencias sólo denotan una cosa: no somos libres.

Pero más allá de esos dos puntos de discrepancia —de sana y respetuosa discrepancia— con las palabras de Carlos Saladrigas, debo concluir que su conferencia me subyugó. Quedé fascinada por el paréntesis que se logró en medio de una ola represiva que tocaba fuerte a la puerta de mis amigos y de mis colegas. Las sonrisas que esbocé aquella tarde fueron las primeras que alcancé a hacer en una semana de rostros adustos que vigilaban los alrededores de mi casa.

En la cátedra Félix Varela encontré gente que me abrazaba con cariño —entre ellos el propio ponente— y otros que alejaban sus miradas de mí con desdén… ese contraste me encantó. Confío que no tengamos que esperar a que Carlos Saladrigas vuelva a la Habana y sea invitado por Espacio Laical para vivir un momento así. Y aguardo también porque los histriónicos, aquellos que fingen ser lo que no son, simulan creer, aplauden sin convicción, no sigan secuestrando el destino de nuestro país. Esos, a mi juicio, pueden llevarnos por un peor camino que la testarudez de los "históricos" o la excesiva pasión de los "histéricos".