Viernes, 30 de Septiembre de 2016
01:27 CEST.
Represión

Recados de Asia y puertas rotas

El gobierno cubano le hace señas de lejos al capitalismo de Estado. Deja mensajes tentadores en los buzones siempre abiertos de empresarios, ilusos, pícaros y traficantes. Dice que hasta se puede ser amigos de extranjeros con ideas políticas diferentes. Asiente en silencio cuando se hacen llamadas a la concordia nacional. Y, al mismo tiempo, despliega una ola represiva que estremece al país y lo devuelve por las orejas a su violenta manigua particular.

Es como si la jefatura se viera obligada a buscar otros rumbos para seguir en el poder y no tuviera el valor de arriesgarse a entrar con resolución en unas dependencias en las que, rumores llegados de China y de Vietnam, les advierten que será más difícil ejercer el control absoluto.

Esa eventual pérdida les produce un temblor anticipado y en cuanto detectan el impulso de la libertad en algún punto acuden a la fuerza, ese concubinato de furia y debilidad que enrarece los gestos de buena voluntad pero es la única garantía para otro plazo de tiempo al totalitarismo.

Esta semana el trabajo ha comenzado en la zona oriental. Cuando todavía los empleados desmantelaban las instalaciones para la misa que celebró el Papa Benedicto XVI en el santuario de El Cobre y se recogían los cartelones de bienvenida, la policía arrestó a medio centenar de opositores y Damas de Blanco, propinó golpizas, allanó viviendas, realizó confiscaciones sin órdenes judiciales, cortó servicios telefónicos y organizó actos de repudio.

Uno de los episodios más dramáticos de la jornada tuvo lugar en la casa de José Daniel Ferrer, uno de los exprisioneros políticos del grupo de los 75 que se negó a ser desterrado a España.

El hombre pudo hacer una última llamada a un periodista independiente y le dijo de manera apresurada: "Están asaltando mi vivienda... Los jefes de la policía política de la zona y otros jefes de Santiago de Cuba acaban de personarse en mi vivienda y quieren derribar la puerta".

Los cubanos que piden ahora desde la Isla solidaridad ante esos actos intimidatorios y el uso de la violencia recuerdan que allí las distancias son cortas y las armas largas.

Sus reclamos no son emocionales ni están dictados por el ansia de protagonismo o por el miedo. Responden a la experiencia de amanecer todos los días entre un visaje de cambios y una brigada de policías.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.