Viernes, 30 de Septiembre de 2016
18:41 CEST.
Opinión

Saladrigas: un encuentro provechoso

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El encuentro entre el empresario cubano-americano Carlos Saladrigas, de visita en Cuba por estos días, y un variado auditorio de cubanos de diferentes sectores oficialistas, grupos de la sociedad civil y periodistas, auspiciado por la revista católica Espacio Laical el pasado viernes 30 de marzo en la Cátedra Félix Varela, no solo ha resultado interesante y positivo en sentido general, sino también muy sugerente. Apunta, por ejemplo, que se han venido estableciendo nexos entre la Iglesia Católica, el gobierno cubano y algunos sectores de la emigración —aunque nada de esto se haya divulgado por la prensa oficial— y también indica que ya es tiempo de hacer extensivos estos debates y cabildeos a toda la sociedad.

El tema de la conferencia, "Cuba y su diáspora", por su complejidad e importancia, amerita su extensión a todos los cubanos residentes o no en la Isla, no solo teniendo en cuenta el elevado número de familias que se han fragmentado y dispersado por el mundo en las últimas cinco décadas, sino a los efectos de la configuración de la propia nación en un futuro mediato. Qué papel jugaría la diáspora en ese contexto y cuál sería su participación en la reconstrucción económica, política y social de Cuba,  cómo se produciría la integración armónica entre los cubanos de la diáspora y los de la Isla en un nuevo escenario sociopolítico y económico, son aspectos de enorme actualidad.

Las aproximadamente dos horas transcurridas entre conferencia y debate demostraron la posibilidad de establecer diálogos francos, sin exclusiones, cuando existe la voluntad para ello, pero también se hizo evidente que queda mucho camino por andar por parte de todos los actores sociales de cara a una transición que pocos se aventuran a mencionar, pese a que ya ha comenzado a producirse.

Es preciso reconocer que esta vez  hubo mayor representación de la sociedad civil independiente. Allí estaban presentes Antonio Rodiles, animador del espacio Estado de SATS; la bloguera Yoani Sánchez; Juan Antonio Madrazo, coordinador del Comité por la Integración Racial; un grupo de periodistas independientes como Reinaldo Escobar, Eugenio Leal, Iván García y Dimas Castellanos, entre otros asistentes comúnmente clasificados dentro del amplio espectro de la "disidencia interna".

La entrada a la conferencia fue libre, aunque muchos supimos de este encuentro de manera informal, a través de mensajes a nuestros móviles o por comunicación personal de algún que otro amigo enterado. Por supuesto, no faltó el obligado operativo de la policía política visiblemente desplegada en las áreas exteriores del viejo edificio sede.

Saladrigas abordó en su alocución numerosos tópicos relacionados con el tema de la diáspora, su historia, diferentes tendencias y su papel en la realidad cubana presente y futura. Abogó por una Cuba próspera y más cristiana, por crear una economía de mercado con valores, por descartar la ideología a favor de la razón y por encontrar "el modelo adecuado" para la Isla.

Declaró que el socialismo cubano ha demostrado en todos estos años ser capaz de administrar la pobreza, pero incapaz de generar las riquezas imprescindibles para sostener los altos estándares sociales a que aspiramos; insistió en la importancia del diálogo plural e hizo referencia al poder totalitario que "se debilita ante el poder de la Iglesia" (¿?).

Fue el suyo, en general, un discurso de reconciliación, paz y concordia con el cual se puede coincidir en buena medida, si bien acotando algunos paréntesis que considero esenciales.

Llama la atención la tendencia a magnificar el tema de la fe cristiana en la llamada reconciliación y como agente de la transición. En este punto vale recordar que la Cuba de hoy difiere sustancialmente de la que dejaron décadas atrás los pioneros de la diáspora. Imaginar una Cuba cristiana como pedestal de la transición hacia la democracia o como soporte espiritual de los cambios que debe enfrentar la nación, no solo supone un desconocimiento alarmante de la sociedad cubana actual, sino que podría constituir una nueva fuente de exclusiones o de otro tipo de doble moral: la de aquellos que se declaren cristianos sin serlo ni sentirlo solo a fin de alcanzar una representatividad o ventaja en las nuevas circunstancias. Si de la condición de "cristianos" se infiere algún beneficio, el proverbial pragmatismo de nuestra idiosincrasia empujará a sustituir una simulación por otra: los falsos comunistas serán sustituidos por los falsos cristianos.

Por otra parte, existe un elevado porcentaje de creyentes no cristianos y de otros cubanos que simplemente no practican religión alguna, así como también somos muchos los que, no siendo parte de los verdugos históricos ni de los enemigos actuales de la diáspora, no sentimos la necesidad de reconciliarnos con nadie.

Una reconciliación supone la existencia de un conflicto previo. Es así que tal término es aplicable al gobierno y a los que adoptaron y apoyaron su política de confrontación, despojando de sus propiedades y de su condición de hijos de esta tierra a los emigrados y calificándolos como gusanos, apátridas, vendepatrias, y otros epítetos similares, pero no a la generalidad de los cubanos. En lo personal, me niego a asumir cualquier supuesta responsabilidad colectiva.

Otro aspecto con el cual difiero es con el llamado de Saladrigas a eliminar las críticas entre nosotros. Es posible que el conferencista se haya referido a los hipercríticos que jamás perciben algún valor en los proyectos que no dimanen de su propia iniciativa, o a los que no están dispuestos a aceptar una propuesta o sugerencia que difiera en cualquier medida de la propia. No obstante, no creo sano hacer generalizaciones.

Una sociedad democrática debe ser capaz de convivir con postulados diferentes, incluso antagónicos, sin que ello implique un peligro para la nación. Antes bien, la crítica es un temperante social imprescindible para impedir fracturas mayores. La ausencia de crítica pública, abierta y transparente es uno de los mayores males heredados tras varias décadas de autoritarismo. El acriticismo, lejos de reflejar la mal llamada “unidad”, no es más que el reflejo de la falta de libertades.

Precisamente es común entre nosotros condenar a quienes tienen el civismo de criticar o cuestionarse en cualquier sentido una propuesta que dimane de la oposición, como si el simple hecho de aspirar todos a la democracia nos convirtiera de facto en un bloque monolítico con una plataforma rígida de obligatorio acatamiento; una práctica que proyecta una falsa imagen de "comunidad de causa" y una paupérrima concepción de lo que debe ser en realidad la libertad de opinión, de expresión y de pensamiento.

Muchas opiniones diversas fueron puestas a la luz de este provechoso encuentro entre un nutrido grupo de cubanos de la Isla y un cubano de la emigración. Resulta imposible agotar en este limitado texto las múltiples aristas de uno de los puntos más importantes de la agenda cubana. Apenas sea, entonces, un acercamiento inicial a un fenómeno que se anuncia controvertido y complejo, pero cada vez más posible y cercano: el reencuentro, el futuro próximo, la Cuba que todos queremos hacer.