Domingo, 25 de Septiembre de 2016
00:15 CEST.
Visita papal

¿Por qué van los cubanos a los templos?

La visita del papa Benedicto XVI a Cuba dejó mucho trigo al gobierno de Raúl Castro, un poquito a la Iglesia Católica y el Vaticano, y nada al pueblo cubano, ni siquiera a los católicos.

Por paradójico que parezca, lo que hizo fue desinflar las ilusiones de muchos cubanos y causar daño al catolicismo en la Isla, pese a que se supone que apuntaló a la jerarquía de la Iglesia Católica criolla en su afán de mejorar sus relaciones con el Gobierno, tener un mayor protagonismo como institución e impulsar el fervor católico.

¿Cómo se explica esta contradicción de que gana más espacio la Iglesia y salen perdiendo el pueblo y el catolicismo?

No es difícil comprenderlo. Si luego de la visita de Juan Pablo II, en 1998, se produjo en Cuba un renacimiento del activismo religioso católico, tras cuatro décadas de hostigamiento del régimen contra quienes iban a la iglesia o se declaraban católicos, ello se debió no a un acto de fe renovada, sino a la necesidad de muchas personas de encontrar un refugio espiritual y de esperanza que las alejase —aunque solo por unos minutos— del asfixiante clima político y la dramática realidad que padecen día a día.

Como cesó el hostigamiento, muchos ciudadanos comenzaron a ir a las iglesias para sentirse libres por un momento. En el templo son acogidos de buen grado como verdaderos refugiados del insoportable mundo político de "afuera", y ven al cura como un intérprete de su sufrimiento diario que, además, en la homilía les lleva al alma la esperanza de que Cuba puede y debe ser un mejor lugar para vivir.

La necesidad político-espiritual de refugiarse en la religión para sentirse libre por un instante y no perder las esperanzas es común en toda sociedad sometida a un régimen comunista, pues es la Iglesia el único espacio no cubierto por el Estado omnipresente. La homilía en la misa no está a cargo del secretario del Partido Comunista de la localidad, sino del cura de la parroquia.

O sea, las iglesias cubanas, que durante casi 40 años estuvieron casi vacías, volvieron a tener concurrencia más por motivos políticos y sociales que por devoción puramente religiosa, aunque también esto último es importante. Esto no lo parecen comprender ni el Vaticano, ni el cardenal Jaime Ortega y la jerarquía eclesiástica cubana, que en vez de ejercer presión al Gobierno y solidarizarse con la gente de a pie y sus ansias de cambios para poner fin al comunismo, lo que hace es erosionar poco a poco el poder que tiene la Iglesia como única institución realmente independiente del país.

Se trata de una estrategia doblemente equivocada: 1) en la medida en que más se supedite la Iglesia Católica cubana a la voluntad del Estado, menos independiente será, y 2) mientras más se devalúe su imagen como refugio seguro del cubano para ser "libre" y recibir aliento en sus aspiraciones básicas, menos gente irá a las parroquias.

Es decir, la vía de Ortega y el Vaticano para ganar más espacio en Cuba conduce a reducir y no a aumentar la afluencia de feligreses a los templos. La población cada vez más identificará a la Iglesia con el régimen.

La memoria histórica registrada por la Iglesia Católica al principio de los años 60 es bien diferente. Entonces hizo resistencia a la implantación del comunismo. Fidel Castro, quien salvó su vida gracias al arzobispo de Santiago de Cuba —monseñor Enrique Pérez Serantes—al ser arrestado tras el ataque al cuartel Moncada, expulsó del país a cientos de sacerdotes y monjas, estatizó la escuelas religiosas, prohibió las publicaciones religiosas y frustró el futuro profesional de miles de devotos al prohibirles cursar estudios en las universidades.

Después, entre 1965 y 1968, en redadas policiales similares a las realizadas por los nazis, miles de jóvenes, incluyendo sacerdotes y feligreses católicos, entre ellos el hoy cardenal Ortega, fueron arrestados en todo el país, llevados como prisioneros a la provincia de Camagüey a los campos de trabajo forzoso llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) y obligados a cortar caña. Los campamentos estaban cercados con alambre de púas custodiados por soldados.

Cuba no se abrió al mundo

Si bien la visita de Juan Pablo II sirvió para acabar con el hostigamiento del gobierno contra la Iglesia y los católicos y propiciar que la gente acudiera de nuevo a los templos, la de Benedicto XVI tenía que ir más allá, pues Cuba es el único país de Occidente sometido por una tiranía comunista.

Catorce años después de la visita del papa polaco, Cuba no sólo no se ha abierto al mundo, como él pidió delante de Fidel Castro, sino que se ha encerrado más en sí misma, el Gobierno reprime más que nunca a quienes disienten y se niega a hacer las reformas que se necesitan para sacar a los cubanos de la pobreza en que viven, la desesperanza y la ausencia de libertades.

Tal y como recibió a Fidel Castro "fuera de programa" y a petición propia, el Papa Ratzinger debió recibir a las Damas de Blanco para escuchar sus vivencias y para mostrarle a la dictadura que quienes quieren una vida mejor cuentan con su apoyo. Eso fue lo que hizo Juan Pablo II cuando en 1982, en su segunda visita a Polonia, conversó con Lech Walesa.

¿Qué habría pasado si Benedicto XVI hubiese decidido por sorpresa recibir a algunas Damas de Blanco? Tres opciones: a) el gobierno se lo negaba, b) lo aceptaba, pero en privado, sin periodistas presentes; y c) lo aceptaba, pero cancelaba el resto del programa y le pedía al Papa que se marchara. Cualquiera de las tres reacciones del régimen habría significado un gran éxito mediático en favor de la lucha contra el castrismo.

Espaldarazo político

En fin, el castrismo recibió un espaldarazo político con la visita de Ratzinger, pues pudo enviar al mundo una falsa imagen de tolerancia y de respeto a la libertad religiosa. Aprovechando la excepcional tribuna —por su cobertura mediática mundial— el general Castro lanzó un discurso tan insolente como jurásico, repleto de patrioterismo nacionalista y consignas antimperialistas acuñadas en los años 60.

No importó la militarización de barrios y ciudades enteras, el arresto de cientos de personas y las amenazas a varios miles para evitar que asistieran a las actividades del Papa, ni que un hombre fuese arrestado durante la misa papal y golpeado por gritar "abajo el comunismo". Ni su Santidad, ni nadie de su séquito, ni el cardenal Ortega, dijeron nada al respecto.

En resumen, la visita papal deja frustración en el pueblo de Cuba, le resta credibilidad y respeto a la Iglesia Católica cubana como institución y aleja de las parroquias a feligreses que tal vez irían a misa si el Pontífice alemán hubiese viajado de Ciudad de México a Roma sin pasar por la Isla.