Lunes, 26 de Septiembre de 2016
23:39 CEST.
Visita papal

El Papa, detrás de las rejas

Hace un año, durante la peregrinación de la Virgen de la Caridad, este corresponsal pidió unas palabras a monseñor Giovanni Angelo Becciu, entonces Nuncio Apostólico, para los lectores de DIARIO DE CUBA. "Que María sea la verdadera protectora del pueblo de Cuba", dijo el embajador del Papa aquella vez.

"La gente lo que quiere es escuchar la palabra de Dios", me dijo monseñor Dionisio García Ibáñez cuando, tras 40 años de ausencia, consiguió que la Virgen de la Caridad paseara otra vez por las calles el 8 de septiembre de 2009.

"Lo que quieren es escuchar y hablar con Dios", aseguró el arzobispo de Santiago de Cuba cuando le pregunté por qué había miles de personas desbordando las calles, sin más convocatoria que la de su fe.

Por cierto, ese día no vimos por allí ningún corresponsal de la prensa extranjera. Ningún periodista de la prensa oficial.

Ahora, cuando tenía todo listo para ir adonde los corresponsales extranjeros no suelen llegar, me meten en un calabozo. "¿Qué hora es?", pregunta un enfermo de sida desde una celda cercana, donde permanece reclamado por la policía de la capital.

Yo quería contarles lo que la prensa oficial no suele decir. Para eso, desde una semana antes de la llegada del Papa había recorrido Santiago, calles abajo y calles arriba. El domingo 18 de marzo, pasada la 1 de la madrugada, un policía vestido de civil estaba apostado en una esquina del Arzobispado.

"Es más de la 1", dice este corresponsal al enfermo de sida. Es viernes 23 de marzo. El Papa estará por llegar a México.

El canciller Bruno Rodríguez Parrilla inauguraba el Centro Internacional de Prensa para la llegada del Papa, dijo el radio colgado en la reja que protege la oficina del carcelero, un joven campesino.

"¿De qué derechos humanos habla ése?", dice una voz desde el calabozo del fondo, contestando a Rodríguez Parrilla.

"Para vivir en Cuba hay que nacer loco o bobo", oigo decir en la celda contigua a la nuestra. Es Eugenio Peña Alonso, de 31 años, acusado por el hurto de un cerdo. Está en huelga de hambre, dice ser inocente.

Hace una semana, en la mano un ejemplar del semanario Sierra Maestra, órgano oficial del Comité Provincial del Partido Comunista en Santiago de Cuba, pude recorrer la Plaza Antonio Maceo por los bordes. Por el exterior estaba cercada de vallas y adentro, también con vallas, dividida en parcelas.

En la cuarta página del Sierra Maestra hay un plano donde se informa quién va dentro de cada vallado, "según decisión de la comisión distrital".

Luego, a la salida del Centro de Telecomunicaciones en Puerto Padre, uno a quien llaman Mayor Eduardo, vestido de civil, dio la señal y dos policías uniformados metieron a este corresponsal en un auto patrullero.

"Entrégaselo al oficial de guardia de la CI", dice el vestido de civil.

CI significa Contrainteligencia, Seguridad del Estado, policía política, G2, vaya usted a saber.

"¡Preso!", solo alcanza a decir este corresponsal a su esposa antes de que le arrebaten el móvil.

Y mientras el Papa presida la Santa Misa en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, ya no podré decirles dónde están los ancianos mendigos que la noche del pasado sábado 17 vimos en la Plaza de Marte. ¿Ustedes se imaginan?, noche de sábado en la Plaza de Marte, en el Parque Céspedes y en la Avenida de los Libertadores, mientras policías con perros policía hacían la ronda.

En la Plaza de Marte había una pareja digna de encomio. Descalzo él, con más de 80 años, miraba a donde nada se ve, con la mano extendida, pero no para pedir limosnas. "Fósforos", apenas se le escuchaba pregonar.

Ella no decía nada, los cucuruchos de maní sobre su regazo anunciaban su demencia senil. Yo recordé a mi madre de 81 años, parada ante la efigie de Cristo y de la Virgen de la Caridad que tiene en su cuarto, y junto a las cuales crecí.

¿Dónde estará ahora el viejo que conversaba con sus perros mientras, pasada las 2 de la madrugada, hurgaba en la basura en plena Avenida de los Libertadores, no lejos de donde estarán ahora el Papa y el señor presidente?

Las rejas me impiden investigar el paradero de esos viejos, aunque quizás ustedes puedan imaginarlo. "Evitar la participación de personas enfermas y con padecimientos de demencia", dice el Sierra Maestra en el listado de normas de conductas para la Santa Misa.

Me acusan de alteración del orden público. "¿Alterar el orden público yo?", digo al instructor.

"Bueno… pensaba alterar el orden público en Santiago", me responde.

Me sacan del calabozo, donde permanecí en huelga de hambre 75 horas.

Los jóvenes campesinos transformados en carceleros me trataron dulcemente.

"¿Tiene quejas?", pregunta el instructor. "¡Oh, sí!", digo.

"¿Lo trataron mal aquí?", exclama el instructor.

"No, hombre, no. Ellos me trataron como mis hijos. Tengo quejas por violación de los derechos constitucionales, y así me quejaré ante el General Raúl Castro", afirmo.

Ahora, perdónenme por lo atropellado de mi narración, por no poderles contar del Papa y de su visita. Un piquete de observadores me siguió desde el calabozo de la policía hasta el calabozo en que se ha convertido mi casa. Estuvieron ahí toda la noche y todavía están ahí, un grupo en cada esquina de ¿mi calle?

Ojalá llegue el día en que María pueda ser la verdadera protectora de todos los cubanos, como Monseñor Becciu me dijo aquella vez.