Jueves, 29 de Septiembre de 2016
18:33 CEST.
Opinión

La visita del Papa y sus expectativas

Solo una vez fui testigo de una visita papal. Fue en 1998. Un año antes había recibido el sacramento del bautismo en la iglesia San Agustín de La Habana. Tenía 20 años.

Mis recuerdos de la misa papal en la Plaza de la Revolución están acompañados de una mezcla de agrado y decepción. Agrado porque por primera vez en mis recuerdos una imagen de Jesús y los cantos de la misa eclipsaban los viejos símbolos visuales y sonoros, tan caros al materialismo histórico, con que recordaba aquel lugar. Decepción porque los sacerdotes católicos que se dirigían a la multitud que esperaba al Papa insistían en arengar a los que se suponían eran fieles devotos a la espera de participar en una misa como si se tratara de un mitin electoral. Aquellos llamados, hechos con fuerte acento español —"¡Que viva el Papa!"— me parecieron la reedición del viejo culto a la personalidad que me llevara en los albores de la adolescencia a mantener distancia con la tradición marxista, aquella misma distancia que me hizo perseverar en la búsqueda de Dios.

El paroxismo de la masa (me dedique a preguntar a varios de los congregados de qué parroquia procedían para frecuentemente recibir un "qué es eso?", llegó con el grito de los sacerdotes peninsulares: ¡Ahí llega el Papa! , la muchedumbre se lanzó sobre los vallas y yo fui a dar al piso, encima de algunos otros menos afortunados. Pensé seriamente en abandonar la misa papal aquella mañana, pero luego regresó el orden. Frente a mí había dos jóvenes, uno de ellos con un collar distintivo de los cultos africanos. Por un momento la heterogénea multitud comenzó a gritar "Juan Pablo, tu quieres vernos libres" y "Libertad". Mientras mi voz se unía a aquel reclamo, el Papa respondió: "Sí, con la libertad a la que Cristo nos ha llamado". Se trataba de la libertad responsable que nos redime de los condicionamientos sociales, de los "determinismos" que pretenden legitimar actitudes injustas, del vicio a nombre de la falta de oportunidades en un régimen socialista y de la participación en el acto de repudio al de una ideología diferente debido a la hostilidad de una potencia extranjera. Una libertad que tampoco podría medirse por el rasero de un ordenamiento político.

Al parecer muchos han olvidado aquellas palabras de Juan Pablo II, que fue casi un diálogo con gran parte de aquella multitud congregada allí esa mañana, y solo se cita aquella de una doble apertura, de Cuba al mundo y viceversa. Ahora, varios han sido los que han pedido que su sucesor, Benedicto XVI, tome partido en el conflicto que divide a Cuba. Por mucho tiempo, una visita de un pontífice católico a la isla no fue posible. Ahora han sido varios los que, desde el exilio o el interior del país, han pedido que esta visita no se realice.

Incluso recientemente un bloguero bastante conocido ha publicado una vieja encíclica, de uno de los papas del siglo XX anteriores al Concilio Vaticano II, sobre la incompatibilidad entre la doctrina católica y el "comunismo" (pongo el entrecomillado porque lo que existía en 1937 como "comunismo" era, para ser precisos, estalinismo puro), como un recordatorio a los obispos católicos cubanos de un viejo llamado a la ortodoxia doctrinal. Sin embargo, mucho ha transcurrido desde los tiempos de aquella lejana encíclica y de la famosa frase de Stalin ante el pedido de Churchill y Roosevelt de invitar al Papa a las negociaciones sobre la reconstrucción mundial de pos-guerra: "¿Y cuantas divisiones tiene el Vaticano?" Bastante ha pulido sus groseros matices el estalinismo doctrinal desde entonces como para poder plantear el asunto en aquellos pretéritos términos.

Curiosamente a raíz de la ocupación de un templo habanero, la arquidiócesis de La Habana divulgó un comunicado afirmando que los templos no eran una tribuna política, una frase que paradójicamente ha sido vista unilateralmente en el sentido de que la Iglesia no apoyará las demandas de la disidencia o el exilio. Sin embargo, por primera vez desde 1959 parece ser que se admite gubernamentalmente la idea de que la Iglesia puede ser neutral en política. Hasta ahora, todas las paginas vertidas sobre el conflicto ideológico entre marxismo y teología culminaban en su negación: cristianos y marxistas supuestamente compartían el rechazo a la modernidad liberal y debían luchar juntos por un mundo nuevo, diferente al capitalista, con sus visiones diferentes del estadio a alcanzar (el milenarismo agustiniano o el comunismo de Marx), con diferentes métodos (y allí estaba Raúl Suarez en la Asamblea Nacional oponiéndose a la pena de muerte y la repetición de que el Partido Comunista estaba abierto a los creyentes). Y es curiosamente el sector que pretende ser conservador el que se lanza a la idea de que la Iglesia tome parte activa en el conflicto, so pena de colaborar con el régimen.

La Iglesia católica, por supuesto, tiene una doctrina social, pero esta esbozada en una forma lo suficientemente amplia como para dar lugar a diferentes estrategias. Espacio Laical, que parece tener la voz más audible de la opinión eclesiástica católica nunca ha dejado de hablar de la importancia de la protección de los derechos humanos en la sociedad cubana. Son las mediaciones y énfasis lo que la han diferenciado de su predecesora, Espacios, y de la antigua Vitral.

Es por eso que, al igual que en 1998, poco espero en términos de política visible de una visita papal. Cuba es actualmente un país mayoritariamente sincrético, que es una forma elegante de decir irreligioso. Aspirar a que la Iglesia católica cubana tenga el peso que tuvo la polaca en la política de aquel país implicaría, de entrada, ganar un numero muchísimo mayor de adeptos, educarlos en la doctrina católica y en sus principios sociales. Un trabajo demasiado extenso al que la Iglesia sabe no puede hacer frente en corto tiempo.