Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
14:20 CEST.
60 años sin democracia

Nuevas aportaciones al estudio del Batistato

¡Pobre Batista! Su nombre ha quedado enlazado para siempre al de Fidel Castro. Y, sin embargo, antes de la aparición de Fidel, Batista gozaba de una individualidad, de un "ser". Calcúlese su existencia por el rastro que dejó en alguna página de Emil Ludwig, o en la portada de la revista Times. Cuando supimos que Pablo Neruda le había dedicado un elogio en la Universidad de Chile, no podíamos dar crédito a nuestros oídos. ¿Era posible que Batista existiera, es decir, que existiera independientemente de la razón castrista? Batista en la Universidad de Chile, ¿no era el paraguas sobre la mesa de disecciones? ¿Una paradoja surrealista? Y Neruda, ¿no se transformaba, de pronto, en una máquina de coser?

Enseguida los académicos procastristas negaron, por una cuestión de principios, la existencia del periódico de ese día: el diario El Siglo se saltó la jornada en que había aparecido la noticia y, durante un período de 24 horas, se convirtió en un no-periódico. Los profesores procastristas habían logrado detener el tiempo, negar la rotación de la Tierra, con tal de evitar la reaparición de Batista.

El lente castrista deformó irremediablemente la realidad de lo batistiano. Tratemos de imaginar el aplauso en el recinto universitario, y a Batista recibiéndolo: no lograremos ver más que a un gorila y a un indio con levita. De igual manera, Carlos Alberto Montaner renormaliza la relación de los comunistas criollos con el abominable dictador: se trata de otra astucia de los rojos. "Para los comunistas, con quienes se llevaba muy bien, Batista era la mejor opción del panorama político nacional, y el único dirigente que, dados sus míseros orígenes, no era un 'enemigo de clase', como postulaba el manual marxista."

Montaner nombra a dos de esos comunistas: Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez, pero sin aclarar que integraban el gabinete batistiano en tanto representantes de la burguesía ilustrada, de la clase dominante que había encontrado en el comunismo el instrumento idóneo de dominación. De ahí que los comunistas exigieran el alma de los de "míseros orígenes" y obtuvieran a cambio "una parcela de poder importantísima: la Confederación de Trabajadores Cubanos".

Los lectores contemporáneos entenderán, incluso, que Neruda apañara a Salvador Allende, el precursor de los dictadores electos, el presidente constitucional que gobernó a la sombra de Tony y Patricio de la Guardia (y, ¿son Tony y Patricio más o menos esbirros que Ventura Novo y Pilar García?), pero no que comparara a Batista con Lázaro Cárdenas. ¡Eso, jamás!

Batista, el griego

El malentendido batistiano no es nuevo: comenzó justo en septiembre de 1933, cuando Fulgencio Batista aparece en los titulares de los periódicos, encabezando la revolución de los sargentos. Edmund Chester, en su biografía, A Sergeant Named Batista, recuerda que "una de las tareas más difíciles que enfrentaron los corresponsales norteamericanos de la época, fue cómo explicar al mundo quién era Batista". Hugh Thomas, en su monumental Cuba, The Persuit of Freedom, reporta que "los padres de Batista parecen haber sido mulatos", y que "uno de los dos pudo haber tenido sangre india". Thomas añade que "debido a su sangre india, Batista era de complexión rojiza".

El racial profiling de Fulgencio Batista suscitó las más descabelladas especulaciones sobre su nacionalidad: "Un reportero insistía", según cuenta Chester, "en que Batista era uruguayo; otro se apareció con la fascinante —aunque incorrecta— teoría de que Batista era griego, el hijo largamente perdido de un gallardo caballero de Atenas. Otro rumor decía que Batista era colombiano".

Más tarde, en El Padrino II, Batista será el estereotípico dictador bronceado por el sol de las repúblicas bananeras, según la olvidable y efímera interpretación del actor panameño Tito Alba. En la insufrible The Lost City, de Andy García, Batista es un lacayo amanerado, imbécil y demasiado alto, encarnado por el actor y modelo dominicano Juan Fernández de Alarcón. En cualquier caso, solo es posible conocer al Fulgencio Batista glosado por Hollywood, otro animatrón del espectáculo político norteamericano.

El fallo de Batista

La gente suele repetir que el pecado de Batista es no haber matado a Fidel Castro cuando lo tuvo en sus manos. Pero la eliminación del prisionero hubiese significado una transgresión de la misma legalidad batistiana, según la concebimos hoy.

La gente le adjudica a Batista poderes extraordinarios y extrajudiciales, y sueña con que hubiese actuado criminalmente, con tal de asegurar la felicidad de los cubanos del porvenir. La gente deplora las ilegalidades de su régimen, pero no vacila en adjudicar a Batista el papel de ejecutor (fallido) de una justicia cuasi divina. La probable eliminación (retroactiva) de Fidel cae dentro de los límites de la legalidad metafísica.

En ese caso, Fidel Castro no sería más que otro desaparecido. Pero, entonces, estaríamos admitiendo que la desaparición ­­de ciertos individuos no es una mala idea. ¡Estaríamos admitiendo que hay desaparecidos bien desaparecidos, y que existen dictadores que hubiesen obrado bien desapareciendo a ciertos individuos! Admitiríamos, además, que, en ciertos casos especiales (como el de Fidel Castro y sus hombres, por ejemplo), la suspensión de las garantías y el estado de excepción hubiesen tenido efectos positivos (salvadores, humanos, caritativos, etc.)

Estaríamos admitiendo que, en aquellos casos en que la justicia falla a favor del revolucionario y en contra del dictador, es decir, cuando la justicia actúa democráticamente, imponiendo los derechos del criminal sobre los intereses de la dictadura, la justicia podría estar fallando en contra del futuro de la nación. Entonces, la "Justicia" y la "Democracia" no serían valores absolutos, y tampoco universalmente deseables. En este caso —el caso de Batista vs. Castro­— tendríamos que admitir que un dictador actuó en interés de la nación, y que un magistrado liberal (el juez Urrutia), actuó en contra de la supervivencia de la república.

Evolución batistiana

El batistato ya no es el mismo de hace 60 años: por el contrario, ha ido evolucionando. Ahora es una época de inocencia, cuando un asaltador podía ser juzgado y declarado absuelto; cuando un maestro de escuela podía traer un avión cargado de armas para introducirlo en Cuba clandestinamente, y ser celebrado como un héroe. ¡Qué maravilloso parece el batistato desde esas abarcadoras perspectivas!

Una época dorada en que un tirano no tuvo la fuerza ni la autoridad moral para convocar a las turbas, y mucho menos para provocar la admiración de la izquierda, a pesar de haberse considerado a sí mismo (según Montaner) "un hombre de izquierda". El batistato es el gobierno de un negro (¿de un rojo, de un griego?) mucho antes de Obama y de Mandela, y el retorno de un golpista simpático mucho antes de Hugo Chávez. La izquierda debería echarle una segunda ojeada al Batista de izquierdas. Cuando Salvador Allende recibe a la guerrilla guevarista en la frontera de Chile, no está muy lejos del Batista que abre sus puertas a los exiliados republicanos que huyen.

El batistato es la época en que la Iglesia Católica era el santuario de los perseguidos, y en que un arzobispo (el gallego Pérez Serantes) daba asilo y amparo a los disidentes. Todo ese mundo de logros y libertades fundamentales yace en el pasado, que es nuestro futuro. El trecho que nos separa de la democracia y el liberalismo había sido salvado, y superado, por la dictadura.

Estética batistiana

Desde el Palacio de Bellas Artes hasta Tropicana; desde el amarillo caqui hasta la fuente de soda; desde cafetería Miami hasta la embajada americana de Harrison & Abramovitz; desde Rita Longa hasta Mateo Torriente; desde el self serve Wakamba hasta el Havana Hilton, la estética batistiana es la estética de lo cubano moderno.

La música que todavía explotamos, es música batistiana. La Habana histérica y libertina de Tres Tristes Tigres, es La Habana batistiana. Todo Kcho, y el Tomás Sánchez de los manglares, son batistianos. El mobiliario del Comité Central es batistiano. El yute, la artesanía de semillas, las cabañitas, el mimbre, los bohíos y el Kawama pertenecen al Modern Karabalí (batistiano). El Plan Maestro de La Habana y el Martí de la Raspadura son batistianos. De la estética batistiana hemos vivido vicariamente: la Revolución le sacó el quilo. La estética batistiana continúa siendo fuente inagotable de admiración general y de cohesión nacional.

Como resumen y exaltación de las tendencias del batistato y de sus potencialidades, y desde la perspectiva de una sociedad avanzada, incapaz de crear otros valores que no fuesen espectaculares, Fidel Castro es el Homo Batistianus. Es decir: el hombre nacido de las condiciones objetivas del espectáculo batistiano, y la más alta creación artística de su época. Fidel Castro encarna la libertad batistiana in extremis, y su poder de seducción emana de la intensa fruición estética que trajo al mundo la Cuba batistiana.