Viernes, 30 de Septiembre de 2016
01:27 CEST.
Visita papal

Este cubano no entra a su país

Me llega la noticia de que el régimen cubano no le ha permitido a Marcelino Miyares viajar a Cuba en ocasión de la visita del Papa.

Negarle a cualquier persona la entrada a su país de origen es un crimen. Es además una violación de los derechos humanos más elementales.

En el caso de Miyares, se trata de una expresión más de este tipo de represión que desde sus inicios el régimen castrista aplica contra los cubanos, sin que medien razones que la justifiquen.

La noticia me duele personalmente, porque estimo y respeto la condición humana de Marcelino, en tanto defensor de la reconciliación entre cubanos, a pesar de haber participado en la acción armada de más relevancia del exilio en abril de 1961.

Lo conocí hace tiempo, recién establecida en Ottawa, tras 41 años de haber vivido bajo el socialismo cubano —durante los cuales fui defensora de ese régimen social y político la mayor parte de ellos—, y cuando en medio de aquella transición en Canadá, andaba yo asombrándome, para bien, de los cubanos que asentados principalmente en Estados Unidos pertenecían a organizaciones políticas opositoras al régimen en Cuba, y que hasta hacía poco, para mí habían sido "la mafia de Miami". En aquel salón de reuniones, estaban ahora varios representantes de las organizaciones más prominentes —el Partido Demócrata Cristiano, la Fundación Nacional Cubano Americana y otras más—, abogando en defensa de un proyecto denominado Consenso Cubano, con el objetivo de lograr "la reconciliación y la transición no violenta hacia un estado soberano de derecho" en Cuba, Marcelino Miyares entre ellos.

Durante aquellas horas de conversaciones se estableció entre nosotros un diálogo franco que trascendió la reunión misma, a pesar de mi pasado y el de los visitantes, de las diferencias geográficas, de matices políticos, formación, o de las muy desiguales trayectorias religiosas y educacionales. Varias reuniones posteriores en Miami siguieron a esta, y cada vez fuimos encontrando más puntos de coincidencia que de conflicto. Se trataba, sobre todo, de un interés por dialogar, por entender las posiciones "del otro", que en los casos de Marcelino y mío ha durado hasta hoy.

Recientemente, cuando se fue a presentar en Miami la primera edición del libro de historia y testimonios El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba, del cual soy coautora, ante mi imposibilidad de asistir al lanzamiento, pedí que fuera Marcelino quien leyera mis palabras de agradecimiento en el acto. Fue especialmente emocionante para mí —y creo que para él también—, porque como bien dijo al usar el micrófono era un acto de reconciliación. Durante años nuestras historias transcurrieron en trincheras opuestas: cuando Marcelino entró con la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos, mi hermano mayor formaba parte del Batallón 114 de milicias en Girón; cuando Marcelino fue hecho prisionero, enfrentó juicio, y posteriormente fue parte del canje de prisioneros establecido entre la administración Kennedy y Fidel Castro, yo formaba parte de las Brigadas de alfabetización. Mi testimonio en el libro, además, relataba mis experiencias académicas y en altos organismos gubernamentales y partidistas del régimen, en una época en que ya Marcelino formaba parte y era activista del Partido Demócrata Cristiano.

Pienso que la reconciliación, el diálogo entre individuos que hemos tenido vivencias y compromisos políticos diferentes y hasta opuestos, es posible. Que es además un deseo de muchos cubanos dentro y fuera de la isla. Pero esa reconciliación no será una realidad nacional mientras el régimen en Cuba no cambie. Mientras no cambien las absurdas leyes migratorias que obligan a pedir permiso para entrar a la Patria; mientras se les adjudiquen derechos a unos cubanos y a otros no sobre la base de su identidad política, porque difunden ideas convenientes a las políticas oficiales del régimen o porque callan; mientras el gobierno y Partido en Cuba continúen viendo al enemigo en el cubano "otro"; mientras la represión siga en pie.

Esta acción de los Castro contra Marcelino Miyares lo demuestra, porque su visita a Cuba obedecía, principalmente, a su condición de creyente católico, de cubano exiliado dispuesto a tenderles una mano a los cubanos en la Isla aun bajo su membrecía demócrata cristiana, a demostrar que no hay odios, sino deseos de reconstruir una Patria con todos. Pero los Castro carecen de la voluntad necesaria para entender esto.

Espero que Marcelino pueda regresar pronto a una Cuba nueva, sin que un Papa ande de viaje, sin peregrinaciones especiales, sencillamente porque va de visita al lugar donde nació, que es más que suficiente, y ya.