Jueves, 29 de Septiembre de 2016
01:28 CEST.
Opinión

Intercambios culturales y transición democrática

El pasado sábado 3 de marzo tuvimos en Estado de SATS un encuentro sobre los intercambios académicos y culturales entre Cuba y los Estados Unidos. El panel estuvo integrado por el filósofo Alexis Jardines, quien participó mediante una video-grabación, los analistas políticos Julio Aleaga Pesant, Miriam Celaya, y el jefe adjunto de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en la Habana, Charles Barclay. Durante casi dos horas debatimos sobre esta problemática cargada de múltiples vericuetos, generándose un diálogo intenso y respetuoso, que esperamos pronto prolifere en nuestro país.

La reacción de la Seguridad del Estado no se hizo esperar, organizó un operativo policial en las calles aledañas para intimidar a los participantes que salían, una vez terminado el encuentro, y casi al unísono se publicaron varios comentarios en internet cargados de mentiras y falaces conclusiones.

¿Por qué la negativa y el temor a que los cubanos discutamos sobre nuestra realidad y en especial sobre un tema tan importante?

La respuesta está sin dudas en la propia naturaleza del sistema, en el difícil contexto que enfrenta y en la ausencia de recursos para maniobrar ante un país totalmente arruinado. Cada día resulta más evidente que los cambios cosméticos emprendidos por Raúl Castro poco podrán hacer para reanimar una economía que necesita una inyección de miles de millones de dólares y revitalizar un partido de gobierno que no posee ningún arraigo y legitimidad entre la población. La mortal enfermedad de Hugo Chávez, su principal aliado, se convierte en un elemento extremadamente inoportuno frente a un impredecible proceso electoral, quedando en peligro los más de 100 mil barriles de petróleo que se reciben diariamente, sin que se vislumbre ningún posible sustituto. Con valores superiores a los 100 dólares por barril, el gobierno cubano se encuentra una vez más al borde del abismo. Por otra parte las inversiones de otros países, como son los casos de Brasil y China, están claramente dirigidas al futuro mejoramiento de las relaciones entre la isla y los Estados Unidos, hecho que se mantiene totalmente estancado, entre otras cosas, por la negativa de poner en libertad al contratista Alan Gross y por la incapacidad de dar pasos concretos en la dirección de reformas políticas.

Este difícil escenario obliga al gobierno cubano a reiniciar una ofensiva que logre un relajamiento de las sanciones comerciales impuestas por el vecino país, o al menos que flexibilicen las restricciones a los viajes de los turistas norteamericanos. Para ello, será necesario persuadir a muchos que desconfían de la capacidad del gobierno actual de llevar adelante cambios importantes en lo económico y lo político. Dentro de esta estrategia de soft power la diplomacia académica y cultural juega un papel esencial. En la misma lógica, el radio de influencia de los actores políticos, tanto dentro como fuera de la isla, que abogan por el tránsito a un sistema democrático, debe ser reducido al mínimo. El tiempo apremia y la élite necesita afianzar a toda velocidad su corroído poder para lograr trasmutar.

Personalmente no tengo ninguna duda que nos vamos acercando a ese momento de cambios que tanto hemos deseado. Estamos en el preciso instante de actuar y reclamar a rostro descubierto nuestro protagonismo en un proceso de transición.

Los intercambios académicos y culturales son de extrema importancia para crear todo ese capital humano que ha escapado en estampida de nuestro país y permitir el libre flujo de información y conocimiento que caracteriza al mundo actual. Pero no pueden convertirse en una herramienta para legitimar un gobierno que ha destruido a nuestra nación. Estos intercambios culturales pudieran estar llamados a convertirse en un ingrediente indispensable de la transición a la democracia, pero esto solo ocurrirá si atraviesan a la sociedad civil cubana y a la diáspora, ese debe ser el reto fundamental. Sin dudas la sociedad civil cubana se encuentra en un período de resurgimiento, lo cual nos obliga no solo a ejercer nuestros derechos, sino también a hacerlo con el mayor rigor posible.

El reclamo de la sociedad civil, a jugar el papel que genuinamente le corresponde, irrita grandemente al poder, sobre todo si consideramos que desde hace 53 años el mismo grupo de individuos ha asumido el monopolio absoluto de la palabra, de los rostros, de la lógica y sobre todo, asume que el poder de la fuerza le asiste para impedir a cualquier precio que los cubanos demanden otra opción de gobierno. Las absurdas acusaciones que buscan desprestigiar en lo personal a todo aquel que disienta, el uso del cinismo y el engaño como herramientas insustituibles, son muestra de una visión primitiva y senil de ese grupo aferrado al pasado, aferrado al totalitarismo, negados a aceptar que el tiempo es implacable. El máximo representante de esta política ha sido y es Fidel Castro, un individuo al que jamás le ha temblado la mano cuando de imponerse se trata, aun si para ello necesita aplastar la vida de cualquier ser humano (ejemplos sobran). No conozco a los individuos que son empleados en estos medios promotores de rabia e histeria, sólo me queda invitarlos a que comprendan que Cuba inevitablemente cambiará, es solo cuestión de tiempo y de circunstancias que ocurra ese reacomodo tan esperado. Les recuerdo que cada ser humano es responsable de sus propias acciones, es una realidad que nunca deben olvidar.

Desde nuestro activismo no tenemos otra opción que seguir trabajando en el tránsito a una sociedad democrática, donde nunca más se imponga la fuerza de unos pocos sobre los derechos de toda una nación.

Nota: Acabo de leer sobre la nueva designación de Abel Prieto como asesor de Raúl Castro. Los hechos dirán si este movimiento va en consonancia o no con la estrategia antes expuesta.