Jueves, 29 de Septiembre de 2016
21:00 CEST.
Cubazuela

Puerto de mercaderías

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Luis Seijas Marcano es arquitecto. A diferencia de muchos turistas cazadores de ruinas —que van a Cuba a realizar fotos del derrumbe general—, el año pasado viajó con el objetivo de tomar el sol en Varadero y, de paso, echarle una ojeada a La Bodeguita del Medio, en la Habana Vieja. Nunca había estado en la Isla y, a sus 40 años, pensó que ya era hora de visitar el país que tanto ha retumbado en sus oídos, pues Luis es un gran consumidor de música popular bailable, de telenovelas y de literatura cubana.

Luis se gana bien la vida en Caracas, de donde es oriundo. Sus proyectos, terminados o a medio hacer, le dejan una pausa para viajar una vez al año. Así que fue a una agencia especializada —no sería difícil encontrarla en Caracas— y compró un paquete doble que incluía transporte aéreo de ida y vuelta y una semana de alojamiento en un hotel Meliá, en Varadero. Todo por el módico precio de 500 dólares por persona. Se hacía acompañar de su madre que, venezolana al fin, también conocía el destino sin haber ido nunca.

En el aeropuerto de Maiquetía esperaban el anuncio del vuelo, por megafonía o bien a través de las pantallas informativas. Comenzaron a inquietarse al comprobar que se acercaba la hora sin noticias de la salida. Por el acento, la manera de gesticular y los giros lingüísticos, Luis detectó a un grupo de cubanos y les preguntó si tomaban el avión hacia La Habana. En efecto, llevaban el mismo rumbo. Entonces decidió seguirlos. A los pocos minutos, él y su madre se encontraban a bordo de Cubana de Aviación sin que les hubieran chequeado siquiera el asiento. Estaban en una aeronave de fabricación soviética con un pasillo central y una fila de asientos dobles a cada lado. El vuelo iba lleno de cubanos.

La sospecha de que aquello parecía un trayecto doméstico se confirmó al cabo de tres horas y media, cuando aterrizaron. Para asombro de Luis y de su madre, no desembarcaron en una terminal corriente, sino en una especie de puerto de mercaderías, parecido a un almacén industrial, alejado de lo que, según se veía, estarían las instalaciones del aeropuerto. Allí, como de costumbre en esas últimas horas, decidieron seguir a las filas de cubanos, que eran mayoría. Y para su asombro, no se les solicitó el pasaporte. Se les hizo pasar, directamente, a la zona de recogida de equipaje.

Habían volado junto a neveras, televisores, muebles; en suma, infinidad de efectos domésticos. Toda aquella mercadería comenzó a salir por una única cinta transportadora. Como si se tratara de un viaje a otra provincia.

Todavía desorientados, Luis y su madre recogieron sus dos maletas.

La gran ilusión de visitar Cuba quedó convertida prácticamente en un hecho cotidiano, pero el cuestionamiento político iba más allá de la aventura. ¿Somos de un país soberano o acaso Venezuela es dirigida desde adonde acababan de llegar, sin el menor asomo de haber cruzado una frontera?, se preguntó el arquitecto.

Luis observó su pasaporte una y otra vez, sin hallar el sello que debía validar que alguna vez estuvo allí.

En Varadero, al día siguiente, él y su madre compraron una excursión a Tropicana. Durante años, el turista había soñado con ese espectáculo. Pero resultó que no era el auténtico show, sino un sucedáneo, presentado en la ciudad de Matanzas, a pocos kilómetros del hotel. Allí, entre copas de ron y mulatas alegres que bailaban a lo lejos, el arquitecto continuó pensando en la curiosa terminal de la capital cubana.

Luis había viajado por el mundo, visto muchos aeropuertos internacionales. A su lado, su madre observaba contenta la coreografía multicolor cuyos pasos, por la similitud cultural en ambos lados del Caribe, parecían absolutamente familiares. Los dos recordaron las palabras del gran Oscar D'León, quien ha dicho incontables veces que si no fuera por la música cubana, no hubiera llegado lejos. Comentaron, pues, el estrepitoso viaje del salsero a La Habana, en los años 80, cuando, nada más llegar a la Isla, aquel hombre se echó de rodillas y besó la losa de la terminal aérea.

A pesar de los fuertes vínculos culturales, ahora, sin el sello en el pasaporte, Luis continuaba contrariado. No sabía cómo tomarlo. De repente, se dio cuenta de un pequeño detalle. No, definitivamente no estaba en Venezuela. Las bailarinas tenían poco pecho. Hay un aspecto en el que las cosas no han cambiado, y es que Venezuela, al margen de los giros dados, continúa siendo una autoridad en materia de silicona. Aquellas bailarinas, en su país, sin lugar a dudas serían imposibles.