Lunes, 26 de Septiembre de 2016
06:09 CEST.
Opinión

Esperando al Papa

La visita del Papa a Cuba no está exenta de polémica. Sin esperar a que ocurra, ya hay quien pone en duda sus frutos alegando que solo beneficiará al régimen. Se trata de un estado de ánimo no muy difícil de alcanzar si tenemos en cuenta la desconfianza y la desesperanza de la sociedad cubana, y el hecho de que la elite política haya logrado infundir la percepción de que siempre gana: si quitan el embargo o si lo dejan; si es aislada o si se le abren las puertas; si va a la Cumbre de las Américas o si se queda en casa… Cada cubano tiene inoculado el síndrome de la eterna victoria del régimen, una de las principales fuentes de inmovilismo y desidia.

La visita del Papa ayudará a que miles de cubanos sean mejores personas, por eso vale la pena. Ella permitirá vivir la experiencia de ser parte de una comunidad humana y espiritual fundada en el amor; por eso vale igualmente la pena. La misma propiciará que miles de cubanos escuchen un mensaje diametralmente trascendente al comunista, por ello también vale la pena. Las dudas son razonables y los condicionamientos de rigor, pero hay algo objetivo, antes y más allá: nadie puede medir cuantitativamente y con inmediatez los frutos espirituales de un acontecimiento como este. Por eso es importante que todos, en especial las autoridades católicas, hagan cuanto esté en sus manos para que ningún cubano que quiera participar en cualquiera de las dos grandes celebraciones y escuchar el mensaje del Papa se vea impedido. Nadie debe aprobar o hacerse de la vista gorda ante cualquier acción que pretenda coartar el deseo de cualquier cubano de abrir su corazón a Cristo a través del encuentro con su Vicario.

En contraposición al pesimismo del que hablamos, están quienes pretenden decir a todos lo que pueden o no esperar de la visita del Papa. Gente que cree que le hacen un gran favor a la Iglesia —o a ellos mismos— rebajando en el mejor de los casos —y afeando, en otros— las expectativas integralmente humanas de muchos cubanos, que deberían  entender —según esa visión— al pie de la letra, que el acontecimiento nada tendría que ver con la política, en el sentido de lo público, del bien común, y que por un acto de magia, la libertad, la justicia social, la solidaridad con los oprimidos, la verdad y la paz habrían dejado de ser valores importantes para la Iglesia y el cristianismo, lo cual no es cierto.

Durante la Misa en la Plaza José Martí, Juan Pablo II expresó: "Aunque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y sus miserias. Los que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia".

La dinámica del compromiso

En esa visita, justo antes de partir de regreso hacia Roma, el recordado Papa Juan Pablo II hizo una reflexión que refleja la tesitura en la que se encontraban entonces y se pueden encontrar hoy miles de cubanos, a las puertas del también histórico periplo de su sucesor. En aquella tarde dominical la lluvia había sido una de las protagonistas, por ello, minutos antes de subir al avión, el Papa dijo en referencia a los aguaceros: "Esto podría ser un signo: el cielo cubano llora porque el Papa se va, porque nos está dejando".

Como era de esperar, sus palabras arrancaron los aplausos y la emoción de todos; sin embargo, inmediatamente vino el detalle: "Esto sería una interpretación superficial", añadiendo: "Cuando nosotros cantamos en la liturgia: 'Destilad, cielos, el rocío; lloved, nubes, al Justo', es el Adviento. Esto me parece una interpretación más profunda". Y remarcó: "…que esta lluvia sea un signo bueno de un nuevo Adviento en vuestra historia". Para la Iglesia, el Adviento es un tiempo de espera, de grandes pruebas, pero también de gran esperanza en el sentido del himno recordado por el Papa: "Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia" (Is 45,8).

La tesitura, obviamente, es si quedarnos con lo superficial o la parafernalia, reflejo posible de viejos o nuevos tiempos —no necesariamente  "signos de los tiempos"—, o si desear la llegada de algo nuevo basado en  los valores permanentes vividos fiel, creativa y críticamente.

Por ello, nada debemos recriminar a quienes desean buenos frutos de la visita; solo acompañar los deseos con convicción, lucidez y esperanza. De hecho, desearlos es de cristianos o de personas de buena voluntad. Tampoco es recriminable desear que uno de los frutos sea el inicio o la consolidación del proceso de cambio que Cuba necesita, que no es un fenómeno estrictamente político, pues debe iniciarse  con una conversión espiritual interior, y proseguir con otra ético e intelectual de cada cubano y de la sociedad toda. 

Pero en este contexto lo que sí tenemos que entender los cubanos es que el Papa o cualquier otra autoridad no harán la parte que nos corresponde a los ciudadanos. La solución a nuestros problemas la tenemos que buscar y construir los cubanos. Del Papa, que es un hombre humilde y sensato, debemos esperar y estar abiertos a que su mensaje sea una inyección de fe y esperanza y que sus celebraciones sean un espacio de encuentro,  de libertad, de "sanación" interior inclusive desde la distancia. Lo otro nos corresponde a nosotros.

Es necesario, por tanto, cambiar el chip y en eso los católicos de la isla y del exilio tenemos gran responsabilidad; no enarbolando las banderas del pesimismo y de la politización, pero tampoco las de la reacción y el reproche; sino haciendo pedagogía y explicando que el camino para llegar al Adviento cubano no es otro que el compromiso de cada uno.