Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
20:30 CEST.
Opinión

Abrirse a la diáspora

La Oficina de Intereses de Cuba en Washington convocó para el próximo 28 de abril el I Encuentro Nacional de Cubanos Residentes en los Estados Unidos de América, en el que participará una representación de cubanos que se "vinculan con su país de manera respetuosa", conscientes de la urgencia de defender su soberanía e identidad nacional. Esta cita, según reza en la convocatoria, se inscribe dentro del proceso de normalización de las relaciones de la emigración con la patria.

Es bueno recordar que a lo largo de la historia de Cuba, desde los primeros habitantes que arribaron a través del arco de las Antillas, hasta las decenas de miles europeos, asiáticos y antillanos que entraron en la primera mitad de siglo XX, existió un flujo inmigratorio que, debido a la pérdida de los derechos cívicos y políticos, a la  insuficiencia de los salarios respecto al costo de la vida y al diferendo con Estados Unidos, se transformó en diáspora a partir de 1959.

Migración masiva, efectos negativos

Esa emigración, que comenzó con la salida de personas vinculadas al régimen derrocado —a diferencia de las emigraciones masivas que responden a crisis temporales constituye un proceso sostenido en el tiempo— fue seguida de unos 14.000 niños con la Operación Peter Pan y de huidas en avionetas y lanchas, hasta que la falta de libertades y el empeoramiento de la economía provocó la primera salida masiva por el puerto de Camarioca en 1965 y los llamados "vuelos de la libertad", mediante los cuales unos 260 mil cubanos abandonaron el país.

En abril de 1980 se produjo la segunda estampida masiva cuando miles de cubanos irrumpieron en la sede diplomática del Perú en La Habana para solicitar refugio, acción que culminó con la salida de otros 125 mil ciudadanos por el puerto de Mariel. En el verano de 1994, después que se asaltaron las residencias del embajador de Bélgica, Alemania y el consulado de Chile, y de una protesta masiva en La Habana, otras decenas de miles escaparon.

Esa migración masiva ha tenido varios efectos negativos para el país, entre otros, el decrecimiento poblacional,  que ha convertido a Cuba en la única nación de América con una población decreciente y cuyo ritmo de salida en los próximos 24 años apunta hacia una disminución crítica, particularmente de jóvenes, lo que está convirtiendo a la Isla en un país de ancianos; y en la descapitalización de profesionales debido a las decenas de miles de médicos, ingenieros, licenciados, técnicos medios y obreros calificados que buscan su realización en otros lugares.

Regreso a las políticas inclusivas

Hasta ahora, el gobierno ha considerado que la presencia de los cubanos de la diáspora en el país pone en peligro a la revolución, la patria y el socialismo, lo que explica los mecanismos establecidos para el control de los que decidían marcharse. El permiso de salida y de entrada, la regulación del tiempo de estancia en el extranjero, la incautación de sus muebles e inmuebles y la exclusión de la nación, están entre las medidas excluyentes y violatorias de los derechos humanos. Sin embargo, los resultados obtenidos en el exterior por parte de los cubanos, los conocimientos adquiridos en materia administrativa y los recursos financieros y de otro tipo con que cuentan, unido a los lazos familiares y a la añoranza por su país, han convertido a la diáspora en parte de las soluciones que Cuba necesita.

La historia enseña que la violencia ha sido la salida más socorrida ante los conflictos, pero también demuestra que los conflictos realmente no terminan hasta que llegan al diálogo y la negociación. El gobierno de Cuba, como dicen la socióloga Peggy Levitt y la antropóloga Nina Glick, "trata a sus emigrados como si ya no pertenecieran a la patria y los tilda a menudo de traidores". Además de no reconocerles la doble ciudadanía ni otros derechos que les refuerce el sentido de pertenencia.

Desde una visión falsa y excluyente, el gobierno cubano invitó a cubanos de la diáspora para el "dialogo" en 1978 y para las Conferencias "Nación y Emigración", celebradas en La Habana, cuyo fin no fue la normalización de las relaciones, sino la recaudación de divisas y la búsqueda de apoyo en el diferendo con Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora se niega a avanzar hacia la normalización de las relaciones.

Carlos Saladrigas, presidente del Cuba Study Group, explicaba que, aunque los miembros del exilio histórico constituyen la mayoría de los ciudadanos cubanoamericanos con derecho a voto y conforman el grupo social con mayor poder adquisitivo, además de controlar los medios de comunicación del sur de Florida, ha ocurrido un largo proceso de cambio en algunos exiliados, que los ha llevado a abandonar la actitud de confrontación permanente.

En fin, que después de más de medio siglo de violencia física y verbal, la exclusión de la diáspora —violatoria de 16 de los 30 artículos constitutivos de la Declaración Universal de Derechos Humanos— debe ser desterrada. Para ello se impone brindarle a los cubanos en el exterior el derecho a la doble ciudadanía y poner las actuales leyes de la Isla en correspondencia con los principios internacionalmente establecidos en materia migratoria, de manera que los ciudadanos, con independencia del lugar de residencia, puedan participar en los asuntos de la nación. Ello coadyuvaría a que las reformas económicas que se están implementando actualmente tengan mayores posibilidades de éxito.

Sin esos cambios de conducta y de políticas, la convocatoria al I Encuentro Nacional de Cubanos Residentes en los Estados Unidos, no sería más que un nuevo episodio del viejo intento de considerar a la diáspora como un medio de apoyo al régimen, sin reintegrarles sus derechos como cubanos. Sería, como las anteriores que tuvieron lugar en Cuba, excluyente y por tanto contraria a los intereses de la nación, que está conformada por todos los cubanos, de adentro y de afuera.

Cualquier convocatoria, para que responda a los intereses de Cuba, tiene que basarse en un diálogo inclusivo, que permita analizar el pasado, el presente y el futuro de las relaciones entre diáspora y nación. El diálogo debe potenciarse como punto de partida, como principio rector y como estrategia permanente, lo que exige, como expresara Carlos Saladrigas, que todos cambiemos.

Cuba tiene que abrirse a su diáspora y su diáspora a Cuba. Cuba tiene que respetar los derechos de todos sus hijos, un respeto del que adolece la convocatoria de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington.