Jueves, 29 de Septiembre de 2016
01:28 CEST.
Opinión

Chávez y la salud del castrismo

El empeoramiento de la salud de Hugo Chávez, por paradójico que parezca, preocupa más al régimen cubano que a la cúpula cívico-militar de Caracas.

La preocupación de los generales y coroneles del entorno cercano al presidente venezolano y los civiles más encumbrados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no es de poca monta, pues las fuerzas armadas están lejos de constituir el bloque homogéneo que presenta el gobierno: si Chávez sale del juego, podría haber una lucha por el poder, incluso sangrienta, tanto entre los militares como entre los principales jerarcas civiles.

Pero pese al peligro de una lucha fratricida, la diferencia entre Caracas y La Habana es que los chavistas tienen al menos un margen de maniobra para aplicar un plan B y tratar de mantenerse en el poder. Un plan que podría consistir en un golpe de Estado antes de las elecciones de octubre próximo —para colocar a un civil en la presidencia—, o en suspender los comicios con algún pretexto, sobre todo si se culpa a Washington y a los "pitiyankis" del patio de cualquier conspiración.

Esas serían las opciones a la vista, pues sin Chávez en la boleta electoral, no parece haber figura oficialista con el carisma y la fuerza suficientes para derrotar al candidato único de la oposición, Henrique Capriles.

O sea, para los chavistas hay opciones sobre la mesa. Pueden salir bien o mal, pero las hay, aunque terminen en caos o guerra civil.

En cambio, si Chávez muere o tiene que alejarse de la política, para el castrismo no hay plan B que evite el hundimiento de la economía cubana en una crisis tan grave que podría modificar radicalmente al régimen, forzarlo a "abrir la mano" en materia económica, incluyendo una apertura al capital extranjero inédita en el medio de siglo de dictadura.

El nerviosismo en las altas esferas del poder cubano es comprensible. Pues aunque Chávez ganara las elecciones, si falleciese después, ya como presidente, difícilmente un sucesor suyo  podría mantener intacto el actual nivel de subsidios a Cuba, de unos $6.000 millones anuales, más la entrega casi gratuita del 66% de todo el petróleo que consume la isla. Es demasiado dinero el que se le quita al pueblo venezolano; un asunto llevado de manera casi personal por parte de Chávez.

Recesión devastadora

¿Cómo podría Cuba comprar en el mercado internacional los 37 millones de barriles de petróleo que cada año le regala el teniente coronel venezolano? Al precio actual, superior a  $100 el barril, se trata de más de $3.700 millones. Actualmente, los ingresos de Cuba por sus exportaciones de bienes apenas superan los $4.000 millones. El país necesita importar $1.500 millones en alimentos, ya que la agricultura socialista no produce lo suficiente. Por tanto, el gobierno se vería ante una dramática disyuntiva: reducir a niveles de hambruna las importaciones de alimentos, o prácticamente paralizar la economía por falta de combustible.

Si se adquiriesen, por ejemplo, solo 20 millones de barriles, habría que desembolsar unos $2.000 millones en petróleo crudo, quedando otros $2.000 millones por ingresos de las exportaciones, más los $1.600 millones que recibe el país en remesas enviadas por los cubanos residentes en el extranjero, y los $700 millones netos que deja el turismo.

Con esos $4.300 millones, además de comprar únicamente el 54% el petróleo necesario, la isla tendría que reducir en un 60% el volumen total de sus importaciones, incluyendo los alimentos, si se compara con los $10.646 millones importados en 2010 (las cifras de 2011 no han sido reveladas aún), según la Oficina Nacional de Estadísticas.

Lo anterior podría explicar la convocatoria hecha por la oficina diplomática de Cuba en Washington para celebrar a fines de abril próximo, en la capital estadounidense, una reunión con emigrados residentes en Estados Unidos que tengan relaciones "respetuosas" con el régimen. Se trata de un esfuerzo del general Castro por aumentar el monto de las remesas que envía la diáspora, a la que el castrismo menosprecia y vilipendia, pero necesita más que nunca dado el incierto futuro.

Es de imaginarse el cataclismo socioeconómico y político que significaría la reducción de un 60% en las importaciones para un país que lo importa todo debido a su insuficiente economía. Recordemos que para operar su industria turística Cuba importa hasta frutas y vegetales frescos de República Dominicana. También importa azúcar de Brasil, Colombia, y hasta del "enemigo" imperialista.

En fin, sin el petróleo y las subvenciones, caerían a menos de la mitad la producción industrial y la transportación de productos y pasajeros, y volverían las noches medievales con  apagones de hasta 14 horas diarias, como en los años 90, cuando se hablaba de la "opción cero petróleo" y Castro llamaba "período especial" a la peor crisis económica sufrida por el pueblo cubano en toda su historia republicana.

Cuba, por otra parte, no puede recibir créditos internacionales, pues no paga ni un centavo de la enorme deuda adquirida con los proveedores extranjeros que alguna vez le creyeron a los Castro.

Según el Bank for International Settlements (BIS), con sede en Basilea, Suiza, como Cuba compra mucho más de lo que vende, en 2004 tenía una deuda acumulada en divisas occidentales de $13.288 millones. A Japón se le debían $2.331 millones, a Argentina $1.967 millones, $1.765 millones a España, $1.316 millones a Francia, $682 millones a China, y $5.227 millones a otros 19 países, incluyendo deudas con Rusia y otros países excomunistas contraídas tras la caída del Muro de Berlín. Todo esto, sin contar la deuda en "moneda socialista" (rubros convertibles) con Europa del Este, equivalente a $22.069 millones, según el BIS.

De esa deuda global el gobierno castrista no paga ni siquiera los intereses acumulados, por lo que el adeudo sigue creciendo.

Conclusión, que pese a su ateísmo, Raúl y Fidel Castro seguramente rezan todas las noches para que Hugo Chávez salga bien de esta nueva recaída y les dure bastante tiempo más.