Martes, 27 de Septiembre de 2016
01:21 CEST.
Opinión

El mal de las reformas

Ustedes me perdonarán, pero yo, ay de mí, no veo las reformas en Cuba. ¿Seré tonto? ¿Estaré enfermo? ¿Será que soy decididamente malvado? A veces, lo confieso, me siento fuera de lugar. ¿Qué me pasa que no veo las reformas? ¿Por qué no puedo ver lo que tanta gente dice que está viendo? ¿Será porque vivo en Miami? Si me mudo a España, ¿las veré? ¿Desde París? ¿Londres? Unas millas hacia el sur, ¿se verán desde Cayo Hueso?

Les juro que no me pierdo un discurso de Raúl, una reflexión de Fidel, una burrada de Bruno Rodríguez, una canción (y con frecuencia también una burrada) de Silvio. Pero no doy con las reformas. ¿Será que no pongo suficiente atención? ¿Se me irá algún detalle revelador, una solapada promesa, un guiño disidente? ¿Tendré que ir al médico? ¿Habrá una cura para aquellos que no vemos las reformas?

Algunos me aconsejan que lea entre líneas. Que lea lo que no está escrito. Que vea lo invisible. (En Miami, hace poco, hubo precisamente un foro de cubanólogos para hablar de "las reformas que no se ven"). Confundido, estoy terriblemente confundido. ¿Por qué leer en clave esotérica a una dictadura que, cuando se trata de lo esencial, siempre habla claro? Cuando te dicen que la calle es de Fidel, te lo dicen de manera exacta y contundente, con la mandarria en ristre. Cuando te dicen que no vas a salir de Cuba, ahí te quedas. Cuando te dicen que no vas a levantar cabeza por esto y por aquello, no hay quien borre esto y aquello de tu expediente. ¿Cómo leer entonces entre líneas cuando no hay espacio entre las líneas?

Ay de mí, que tampoco me ilusiona que Cuba vaya por la senda de China y Viet Nam. ¿Será que no soy chino? Me parece tan fácil y, si me perdonan la simpleza, tan patriótico ilusionarme con que Cuba sea como debe ser Cuba. Como casi era, en buena medida, el 10 de marzo de 1952. Cuando más de medio mundo quería ser como Cuba. Como fue brevemente en esos primeros y eufóricos días de 1959 cuando creímos que al fin tendríamos una democracia a la altura de nuestro sorprendente desarrollo económico y cultural. Una Cuba próspera, sensata, promisoria, que el 26 de julio de 1953 parecía que dejaba atrás sus trasnochados mesianismos, su estéril espíritu revolucionario. No sé. Algunos dicen en la Isla que hay que reconstruir la utopía desde la experiencia del fracaso. ¿No será mejor cagarnos en la utopía y reconstruir la democracia desde la experiencia de la dictadura?

Yo pregunto y pregunto cuáles son las reformas. Ay. Me dicen que ahora una familia puede montar un paladar. Que se puede cambiar un Ford del 52 por un Lada del 74. Que puedes criticar a voz en cuello a los administradores de las pizzerías. Que los curas pueden publicar loas al Che Guevara en el mismísimo periódico Granma. Que hay un balsero (más bien contrabalsero) en Matanzas que puso una juguera. Sin embargo, como observó recientemente Regis Iglesias, ¿con Batista no había paladares? ¿Había jugueras? Con Batista, ¿no se podían comprar y vender casas? ¿Estaba prohibido ir a la Iglesia? ¿Había balseros con Batista? ¿No íbamos con Batista por delante de China y Viet Nam? ¿No podían los guajiros sembrar un par de hectáreas con Batista? ¿Comerse sus vacas? ¿Venderle dos sacos de cebollines a un hotelero español?

Todo esto me desasosiega. Porque si hoy se nos presentan como grandes reformas mucho pero mucho menos de lo que era un obvio derecho y una espléndida y accesible oportunidad con Batista, ¿no significa que nos han tomado el pelo a lo largo de 50 años, que hemos sido víctimas de un descomunal y abominable fraude, que la Revolución no ha sido más que un sangriento truco semántico?

Acaso yo no vea las reformas, a fin de cuentas, porque soy un tipo negativo. ¿Para qué mentir? Acaso sea miedo. Un miedo visceral, arcaico, patológico. Doctor, por favor, ayúdeme con este miedo, porque no me atrevo a ver las reformas. No me atrevo a decirles a Yoani Sánchez, a Oscar Elías Biscet, a Oswaldo Payá, a las Damas de Blanco, a Guillermo Fariñas, al padre José Conrado Rodríguez que ahora sí que llegaron las reformas, que ahora sí que Cuba está cambiando porque a los bongoseros se les deja fumar su marihuana y apenas ayer se discutía en Marianao si el mojo de Publix era superior al de Winn Dixie, porque mi primo al fin ya puede dedicarse a la reconstrucción de bujías en el patio de su casa, porque un ingeniero puede disfrutar de una licencia de payaso, porque a los gays que se agachan frente a la dictadura Mariela Castro les ha regalado una vagina. (¿Una vagina reformista?).

Ayúdeme, doctor, a ver las reformas en estas pasmosas nimiedades. A verlas, por ejemplo, desde Villa Marista, desde la tumba de Wilman Mendoza. Ayúdeme a confiar por enésima vez en esos líderes octogenarios, cleptómanos y mal vestidos que se babean en las butacas de los congresos. Porque no las puedo ver. Por mucho que las vean algunos millonarios de Miami desde un yate anclado en Marina Hemingway. Por mucho que las vean nuestros obispos y los corresponsales extranjeros, los académicos, las jineteras, las Brigadas de Respuesta Rápida, los insignes miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba que vienen a comprar su pacotilla a la Calle Ocho, los empresarios brasileros y los intelectuales de izquierda.

Porque si los disidentes, los presos, los sufrientes, los que ponen su pecho frente a la dictadura en atroz soledad, no ven las reformas, ¿cómo voy a tener cara para verlas? ¿Cómo voy a ver las reformas con estos mis ojos de mirarme al espejo por la mañana sin sentirme que soy muy tonto, muy malvado o (dicho de manera reprochablemente machista pero inequívocamente criolla) muy yegua? Ay de mí. ¿Dígame, doctor, cómo?