Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Sociedad

Señales del caos que se avecina

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Pocas semanas atrás un ladrón protagonizó lo que pudiera considerarse un atraco sui generis. En plena mitad de la tarde y pese a la cantidad de público que frecuenta el sitio diariamente, tras agredir violentamente a la cajera, asaltó el banco de la Western Union ubicado en el Centro Comercial de Carlos III, Centro Habana, y se dio a la fuga, saliendo a toda prisa por la puerta lateral que da acceso a la calle Árbol Seco. Muchos lo vieron escapar con un bolso. Y en pocos minutos el lugar se llenó de policías con sus impresionantes perros. Sin embargo, hasta hoy el delincuente no ha sido atrapado. La rapidez con que se produjo el suceso y la audacia del ladrón hacen pensar que esta es apenas la punta de un iceberg que se anuncia tan peligroso como el que hizo zozobrar al Titanic. Porque este fue apenas un hecho delictivo entre muchos que están ocurriendo en la capital cubana.

La ausencia de una prensa de sucesos en la isla —o quizás debería decir sencillamente ausencia de prensa— da lugar a que estos eventos solo se conozcan a través de las vías de información alternativas, popularmente conocidas como radio bemba, con las consiguientes tergiversaciones de los hechos. No obstante, en el fondo de cada rumor subyace una realidad innegable: los índices de delincuencia y de violencia en general se están elevando sensiblemente, lo que apunta hacia un peligroso punto de desorden social que, de mantener su tendencia actual, podría desembocar en una crisis de magnitudes impredecibles.

No es exagerado adelantar dicha posibilidad a juzgar por las señales. En los últimos meses hemos venido asistiendo a un gradual pero sostenido deterioro de la seguridad ciudadana. Frecuentemente se sabe de asaltos, robos en domicilios, arrebatos de prendas en plena vía pública, del incremento de los carteristas en los ómnibus urbanos y de una peligrosa modalidad que ha ocupado el centro de los rumores habaneros: la desaparición de choferes de los llamados boteros, que prestan servicio de transporte particular cubriendo líneas específicas en las principales vías de La Habana. Se comenta que el número de choferes desaparecidos va en aumento y que, ante el temor de ser asaltados y muertos, ha disminuido el número de quienes cubren los horarios nocturnos.

Las calles de la capital se están tornando cada vez más inseguras y mucha gente evita usar prendas valiosas o portar mucho dinero cuando circulan de noche. Se dice que un taxista de la piquera de Alamar fue asesinado tras haber sido violentamente golpeado, y también trascendió extraoficialmente el asesinato de un profesor de la Universidad Técnica de La Habana (CUJAE), desaparecido durante unos dos meses y cuyo cadáver apareció en estado de descomposición en las cercanías del Hospital Naval, en La Habana del Este.

La escalada de violencia delictiva parece no tener fin, en medio de una incertidumbre social ya suficientemente sustentada por las carencias materiales, el aumento de los precios, la depresión del poder adquisitivo de los ciudadanos y la ausencia de un programa gubernamental realista que trace propuestas, acciones y fechas para remontar la actual situación.

Mientras, los periódicos dedican sus páginas a reseñar el celo de los administradores de la economía para detectar violaciones y hechos delictivos que atenten contra la propiedad del Estado, es decir, de la casta gobernante. Han rodado cabezas de funcionarios de diferentes niveles y rangos, generalmente asociados a empresas de capital mixto u otras que producen atractivos dividendos. Algunos hechos de corrupción se han divulgado oficialmente, siempre que no impliquen demasiado a la casta gobernante, pero no existe referencia alguna al hervidero delincuencial que amenaza con desbordar la ciudad.

Los peligros se potencian por cuanto el sentimiento de indefensión puede conducir a una espiral de violencia. Por estos días, en el portal del Centro Comercial Carlos III, un joven comentaba que ante lo que está ocurriendo más valía hacerse de un arma para defenderse y proteger a la familia. El corrillo asistente emitió criterios de aprobación general.

"Si vienen a asaltarme o entran en mi casa, halo por un arma y me llevo al que sea. Es una cuestión de él o mi familia, porque el que entra en una casa está dispuesto a todo".

Desde luego, no se puede acusar a un hombre o mujer común por querer defender a los suyos cuando se sienten amenazados. La respuesta violenta contra la violencia nunca es deseable, pero en este caso brota debido al silencio e incapacidad oficial para enfrentar el problema. A fin de cuentas, un ciudadano cualquiera se siente más apremiado por la posibilidad de que un ladrón irrumpa en su domicilio en plena ciudad y con la mayor impunidad, que por la avaricia y corrupción de un funcionario que se embolsille sin más los billetes de los Castro.

Hasta el momento, todo transcurre sin que las autoridades den señales de enterarse. La gente comienza a sentirse más urgida de solucionar por sí misma lo que los encargados del orden no pueden o no quieren resolver. Diríase que solo funcionan los cuerpos represivos dedicados a tratar de sofocar los focos de disidencia que se siguen multiplicando en toda la Isla. Los medios de prensa continúan proyectando una Cuba de mentiritas. ¿Y los gobernantes? Bien, gracias.