Lunes, 26 de Septiembre de 2016
19:11 CEST.
Agricultura

Zafra: sudor y lágrimas

Las noticias no pueden ser peores: ante la poca y deficiente alimentación, la depresión de los salarios dada la subida de los precios, y el aumento de las cifras de desocupados, los obreros del sector azucarero están laborando durante 12 horas diarias y más. Todo esto sin el mínimo asomo de protesta por su parte.

Por lo menos en tres de las cinco fábricas de azúcar de la provincia Holguín se ha comprobado que ante la desaparición de la llamada 4ta Brigada (para que las demás rotaran), los turnos de trabajo en estos centrales se elevaron en la presente zafra a doce horas, con la tácita aprobación de los trabajadores, la exigencia de la dirigencia comunista y la presión del sindicato oficial.

Aún con el aplazado proceso de "reordenamiento de la fuerza laboral", en el desaparecido Ministerio del Azúcar sí hubo bajas considerables. Y esto ha traído consigo la perniciosa inestabilidad de los hombres claves para hacer el azúcar, oficio antiquísimo que en las últimas décadas ha sufrido las mil y una improvisaciones.

Según testimonios de trabajadores del central Urbano Noris, "es tarea imposible hacer que un hombre trabaje durante noventa días en turnos de doce horas". Las áreas de maquinado y calderas llevan una enorme responsabilidad en el acabado final del producto, por lo que sube el estrés en el personal a cargo, lo que comúnmente da al traste con accidentes laborales de consecuencias trágicas. Ante la pregunta sobre los reclamos por tal medida, sobran las evasivas. Quienes se deciden a responder solo atinan a citar la imposición que hace el sindicato oficial, el pedido de los líderes del país de que se trata de un asunto de seguridad nacional, o el susto a perder esta fuente de empleo ante los recortes en las plazas disponibles, como sucedió hace un año y como les han prometido ante un supuesto reordenamiento laboral.

Desde finales de los años 60 se conocieron las famosas Jornadas guerrilleras, consistentes en hacer que los trabajadores vinculados directamente en el cortes, transporte y molida de caña de azúcar, doblaran sus turnos de trabajo, dedicando tales esfuerzos a la independencia nacional, un congreso partidista o cualquier evento social del momento. Hoy, más de cuatro décadas después, han vuelto las iniciativas socialistas de explotación, pero sin los estímulos de antaño: mejor alimentación e incentivos materiales como viajes al exterior o permisos ministeriales para la compra de automóviles y equipos electrodomésticos de fabricación soviética.

En la presente contienda, el caballo de batalla utilizado para animar a los azucareros cubanos ha sido el vicepresidente José Machado Ventura. En octubre pasado visitó el poblado de San Germán, y aparte de las palmaditas a los dirigentes sindicales y los saludos de parte del azucarero en Jefe, su cumplido no fue más allá de dos o tres tramos de calle reparadas, algún que otro retoque con cal en la paredes y la represión a los opositores locales.

Frases huecas como la de "Creemos que tiene condiciones para seguir manteniéndose bien" o "En esta provincia [Cienfuegos] se está cumpliendo, el territorio está haciendo lo que debe de hacer…", aparecen una y otra vez como un latiguillo que viene y va desde el Comité Central al ingenio y de ahí a las diezmadas ganancias del azúcar, sin que la imagen vetusta de Machado Ventura desaparezca de un primerísimo plano en el noticiero nacional de televisión.

Con una riquísima tradición en las luchas sindicalistas por establecer la jornada laboral de ocho horas y pedir mejorías en las condiciones de labor, los trabajadores azucareros no han vuelto a levantar la cerviz en cincuenta y tres años. Han vuelto las escalofriantes jornadas de doce, dieciocho y hasta veintiuna horas de trabajo continuo.

Ante la evidencia de que el único empleador de la industria azucarera —el Estado— ha vuelto sobre los métodos de explotación que criticaba a sus antepasados, el silencio de los explotados es aún más alarmante y vuelve la frase que el poeta dedicó a los anteriores dueños de centrales: "mi patria es dulce por fuera y muy amarga por dentro".