Jueves, 29 de Septiembre de 2016
21:00 CEST.
Opinión

El Partido, ¿a debate?

En los últimos días se han venido televisando fragmentos de las concluidas sesiones de la Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba. Y lo primero que salta a la vista es la falta de confrontación. Los comunistas cubanos hacen caso omiso a su mejor espejo: en cada esquina de cualquier pueblo de la isla se enciende de manera constante la más sustancial de las discusiones. Sobre béisbol o sobre la calidad del pan. Sobre la dejadez de los funcionarios públicos o sobre la frecuencia con que se distribuyen huevos o frijoles de forma racionada. Aún sin visos democráticos, dondequiera se entroniza una debate que ya quisieran los diputados a la Asamblea Nacional.

En la discusión sobre una posible reformulación constitucional del Artículo 42, pudo verse cómo Mariela Castro Espín era objeto de tímidas réplicas. Su intención era que al citado artículo se le añadiera (donde dice que nadie debe ser discriminado por motivos de raza, género, nacionalidad o religión) la especificidad de no serlo "por motivos de identidad de género".

Las respuestas de Alarcón y Eusebio Leal negaron la necesidad de citar estos términos en la constitución. Citaron a Martí y hablaron de unidad. La pronta intervención de Esteban Lazo como moderador cortó el debate, la televisión cortó también el metraje fílmico y por arte de magia digital vimos cuando "todos" levantaban la mano para aprobar algo de manera unánime.

Hay una contradicción que precisa de una atención especial. La Comisión Nº 1, según publicó el diario Granma el miércoles 1 de febrero, debatió el funcionamiento interno de la organización comunista. La intención era acabar con el mandonismo y el entrometimiento de los instructores del Partido en las decisiones productivas, a la vez que se dictaminó "fortalecer el papel y las facultades de los comités del partido en los centros de trabajo…" Cualquier cubano conoce la prepotencia de los funcionarios municipales del Partido, por no hablar de los visitantes de los comités provinciales. El solo anuncio de sus visitas pone en guardia a cualquier municipio: se revisan planes de trabajo, se pintan los contenes de las aceras y se reaviva la gastronomía.

Un fragmento televisado donde el ministro de Cultura y el presidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión rendían cuenta de sus batallas contra el mal gusto dio señales del anquilosado pensamiento en las estructuras de poder.

El ministro Prieto aludió a los arribistas que se hicieron con un espacio haciendo chistes y parodias, y dio informe sobre las jugosas ganancias y la corrupción en los centros provinciales de la música a través de la evaluación y contratación de artistas y proyectos artísticos de baja calidad y peor gusto estético. La dicotomía entre lo que ofrece el talento artístico y lo que la gente quiere vuelve a ser manzana de la discordia que no se resuelve en una comisión de estalinistas. La dinámica televisiva contemporánea va por un lado y el adoctrinamiento que se intenta pasar en Cuba por medio de telenovelas y seriados para adolescentes va por otro.

Es un mal de raíz. La imposición de las ideas comunistas más anquilosadas como única vía de participación política ciudadana no acaba de cuajar en la tan manida unidad de "todos" los cubanos.

Debates a puertas cerradas para ofrecerlos después editados y servidos como receta son el botón de muestra del partido único. A todas luces lo que no se debatió o televisó debe haber sido más interesante que las monsergas publicadas en estos días. El hecho de que Raúl Castro iniciara el discurso de clausura con su posición sobre las posibilidades del pluripartidismo, dejó entrever, a decir de algunos entendidos, que el asunto al menos estuvo en el debate de las comisiones de trabajo.

El Partido Comunista de Cuba es una opción rígida, excluyente, que procura perpetuar un sistema condenado al fracaso.