Sábado, 1 de Octubre de 2016
01:17 CEST.
Opinión

Desobediencia

La cotidianidad cubana se torna cada vez más engañosa. Bajo la supuesta calma en una sociedad donde parece no ocurrir nada se mueven fuerzas de diversas tendencias, muchas veces contrapuestas. Y estos movimientos pudieran llegar a generar conflictos de diferentes tipos y magnitudes. Un análisis breve, y sin dudas incompleto, pone en evidencia una realidad incuestionable: nada es inmutable ni eterno, ni siquiera —quién iba a creerlo— el régimen totalitario solapado bajo el genérico eufemismo de "revolución".

En las últimas semanas ha quedado clara la falta de voluntad del gobierno en la búsqueda de soluciones políticas. La desacertada declaración del General-Presidente acerca de que nadie debería "hacerse ilusiones" a propósito de eventuales cambios políticos fue lapidaria, pero tiene la ventaja de eliminar la prolongada espera de alguna negociación con el régimen. Luego, una salida negociada con el minúsculo grupo de poder queda excluida de los posibles escenarios, precisamente por la propia voluntad de ese grupo.

Es decir, la dictadura ha dejado claramente expuesta su renuencia, no solo a los cambios y a las inclusiones, sino siquiera al disimulo de un pacto social ficticio. Para decirlo rápido y mal, la gerontocracia y sus acólitos del generalato se han parapetado en sus trincheras. Y eso es desde cierto punto de vista positivo, en tanto simplifica la marcha y justifica la búsqueda de salidas alternativas en pos de la democracia. Involuntariamente, nos han pasado el batón.

Al mismo tiempo, el panorama se enrarece. Las cifras económicas demuestran un indetenible encarecimiento de la vida, el empobrecimiento galopante de grandes sectores sociales, la ineficacia e insuficiencia de las medidas gubernamentales destinadas a la supuesta "renovación" de un modelo que subsiste bajo respiración artificial —léase, por la existencia de un también precario Hugo Chávez en Venezuela— y la imposibilidad de remontar la crisis bajo las actuales condiciones políticas.

A nivel social, el aumento galopante de la delincuencia y de los crímenes, el deterioro de los sistemas de salud y educación —prácticamente al borde del colapso—, el descontento generalizado, las frustraciones, la falta de perspectivas, la desesperanza, la descapitalización de la confianza en el sistema y el desaliento, son componentes que podrían conducir en un plazo relativamente breve a una crisis de gobernabilidad, a la aplicación de la represión a gran escala o a una combinación de ambas.

Por otra parte, nunca antes fue mayor el sector de inconformes contestatarios y la voluntad ciudadana de ejercer derechos. El desafío político se manifiesta, más allá de tendencias ideológicas, en la resistencia y crecimiento de grupos cada vez mayores de la sociedad civil independiente, en la actitud insumisa de nuevas y viejas generaciones de disidentes y en la rapidez con que esos grupos se han ido consolidando y relacionando entre sí pese a la represión y vigilancia de los servidores del régimen.

La fortaleza de estos grupos independientes estriba, fundamentalmente, en su carácter abierto, inclusivo y desideologizado, que los hace inmunes a las penetraciones de agentes del régimen. A la vez, el acceso a las nuevas tecnologías ha servido de catalizador al permitir la difusión de ideas en un soporte que escapa a los controles absolutos del gobierno, pese a la baja conectividad de los cubanos a la Internet.

Justamente en lo contrario reside la debilidad del régimen: en su carácter cerrado e inamovible, en su naturaleza secreta y conspirativa, en las exclusiones, en la imperiosa necesidad de controlar la información y de entorpecer la libre circulación de ideas y opiniones y en la necesidad de apelar a la represión como recurso desesperado para ralentizar un final inevitable. Una postura insostenible en medio de un mundo cada vez más globalizado y plural.

La Cuba de hoy tiene el mismo gobierno de hace 53 años; sin embargo, es bien diferente de la de hace tan solo cinco años. Y esto no es un desatino conceptual. Un lustro atrás ni siquiera teníamos conciencia de la existencia de tantos indignados entre nosotros; no habíamos entendido a carta cabal que somos herederos de más de medio siglo de disidencia reprimida y que no es preciso combatir con guerrillas en una lucha fratricida: basta desobedecer.

Ahora ya somos cada vez más los cubanos que entendemos que los malos gobernantes están ahí porque lo hemos permitido, que el capital político lo tienen los ciudadanos y no los gobiernos, que un régimen no se puede sostener por sí solo y que la esperanza del futuro nuestro radica precisamente en que este gobierno no tiene futuro. La resistencia cívica comienza a remontar la fase de supervivencia en tanto el gobierno adopta estrategias para sobrevivir. Los roles están cambiando imperceptiblemente. Ahora el peligro más inminente es la respuesta que cabe esperar del gobierno. Una escalada represiva desde la base para tratar de impedir que la disidencia cobre fuerzas.

Hoy, la abulia política de una gran masa de la población pudiera parecer un obstáculo para el logro de la democracia. No obstante, esa apatía es también la antesala de la negación de apoyo al régimen; algo así como los fuegos fatuos de un viejo mito que ha muerto. La revolución terminó hace décadas, el socialismo cubano nunca ha existido, los falsos logros sociales no sobrevivieron a los subsidios espurios de gobiernos extranjeros y el régimen corrupto no tiene capital moral para exigir mayores sacrificios. Sin su permiso y sin su agrado las transformaciones se vienen gestando sostenidamente desde dentro de la Isla y su tozudez solo tiende a acelerar su final: Cuba está cambiando y el porvenir ya no dependerá de ellos, sino de todos nosotros.