Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Sociedad

Hay que comer

"Del Período Especial no he olvidado el Hambre". Así inicia el crítico Dean Luis Reyes su evocación de aquella etapa terrible, en uno de los textos que integran el volumen No hay que llorar (Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2011). "El Hambre como angustia, locura casi, que te arroja a los deseos más primarios y oscuros..."

Vienen bien las mayúsculas. El Hambre, elemento recurrente en estos testimonios reunidos por el poeta Arístides Vega Chapú, ha desbordado lo que se conoce como Período Especial para adquirir cierto matiz trascendente en nuestra cultura. Es una de las tantas ideas fijas o Ideas que informan sobre lo cubano, sobre lo insular, más allá del paso de los años.

Y aunque está claro que este asunto no empezó en los 90, los años críticos son la clave para entender (si hay algo que entender). En No hay que llorar una treintena de intelectuales, la mayoría escritores, hablan sobre un punto de no retorno en la memoria colectiva cubana.

"Si estás enfermo, hambriento, acosado, entonces vales menos que un perro. Fui un perro."  Es la voz de ultratumba de Guillermo Vidal. "Una tarde me sorprendí mirando los gorriones en los parques de Miramar. Esa vez no quería convertir aquel vuelo profundo en escritura poética. Imaginaba una sopa humeante, un fricasé, un arroz con gorriones..." Es Agustín Labrada, quien desde México recuerda las matanzas de gorriones que protagonizaron los chinos. Y así, página tras página. La regresión al salvajismo se impuso en la Isla de múltiples maneras.

Carlos Esquivel vio a un niño cocinando una rana en un sartén. Reinaldo Montero comía cuanto se le pusiera delante, porque no sabía cuándo volvería a comer. El Yoss cazaba gatos en las azoteas, y luego de despellejarlos le explicaba a su madre que eran conejos que le resolvían en la Facultad de Biología (tengo la impresión de que, bien urdidas, las memorias de Yoss serían uno de los documentos más singulares de nuestra historia reciente).

"La ingesta diaria de alimentos por habitante, en aquellos años, cayó a su nivel más bajo: 1.940 kilocalorías y 48 gramos de proteína", apunta el propio Vega Chapú citando un estudio. "Cuba regresó a una especie de sociedad primitiva en el Período Especial", dice Jorge Ángel Hernández en el prólogo del libro. Caben aquí un par de interrogantes. ¿Cuánto de esa sociedad primitiva vive hoy, actualizada o en estado latente? ¿Y cómo narrarla?

En los últimos años tal vez haya sido Ronaldo Menéndez el escritor que más ha insistido en la temática del hambre. Su cuento "Menú insular" juega a ser el Aleph —literalmente— de los cerdos criados en bañeras, las cacerías de gatos y los alimentos perdidos (la civilización perdida), pero a la postre pudiera ser incluido sin problemas en No hay que llorar, junto a aquellos bistecs de toronja que rememoran Odette Alonso y Manuel García Verdecia.

Algo falla en los mecanismos de la ficción —"Menú insular" es uno entre muchos ejemplos que conforman casi un subgénero literario— cuando el relato no plantea suficientes tensiones con el anecdotario del Período Especial, el hambre hecha costumbrismo, el hambre volatilizada en el folclore y sedimentada luego en el humor popular: desde el cuento del avestruz robado del Zoológico al videíto de Pánfilo en Youtube.

Sin embargo, en una de sus novelas, creo que en Río Quibú, Ronaldo Menéndez narra el tráfico de carne humana entre seres ocultos en la maleza marginal habanera (en la que también, ojo, va a aparecer el primer Burger King). Ya esto es otra cosa. Una frecuencia paralela a la que sintoniza Víctor Hugo Pérez en sus recuerdos de una Nuevitas desolada:

"Algunas personas desaparecían, las malas lenguas afirmaban que se iban para el Norte, para una vida mejor, pero el secreto me lo dijo la viejecita que vendía colaítas de café en la esquina: No creas eso, mijo, eso lo dice el gobierno para justificarse, se los llevan presos y los matan, de allí sacan la carne para las hamburguesas que venden en El Cuarentiña."

El cazador primitivo, el troglodita, el caníbal: figuras que constituyen nuestra mejor herencia del Período Especial. A diferencia del balsero y la jinetera y otros arquetipos de los 90, rápidamente normalizados, ellos conservan intactos el filo y la mordida. Nunca se dejaron enmarcar del todo en la foto realista.

El cazador primitivo, el troglodita y el caníbal que hoy viven bajo la ropa o la piel del cubano, sea este pobre o rico, carnicero o dirigente. El cubano como consumidor y un relato posible, tal vez el único relato que valdrá la pena dentro de muy poco: aquel que desestabiliza las correcciones políticas del consumo contemporáneo.

Hablemos, pues, una vez más, de calorías y de proteínas, de ingestas. Hay cuentas pendientes; los escritores deben sacarlas. ¿Cómo? No tengo idea. "Como si el corazón del capitalismo estuviese allí", titula Francis Sánchez su testimonio recogido en No hay que llorar.