Jueves, 29 de Septiembre de 2016
13:58 CEST.
Economía

Pequeños empresarios florecen en La Habana

Archivado en

Pasada las seis de la tarde, Carlos, de 48 años, mira distraído su Seiko dorado y se da un largo trago de cerveza. Viste un bermuda azul clara, zapatillas Nike de 120 dólares y camiseta con el semblante de Messi, el astro argentino del Barcelona. Desde su iPhone regatea la compra, a la baja, de un jeep Willy made in USA de los años 50.

Carlos cita diariamente en un céntrico café cercano al Paseo del Prado a los cinco chóferes que trabajan para él. Mientras espera a que cada uno de los conductores de sus tres jeeps le entregue 1.000 pesos (40 dólares), por 550 los dos que manejan los almendrones, descoloridos pero fuertes como tanques de guerra, se bebe media docena de cervezas y pica dados de queso Gouda.

En una sola jornada, Carlos se lleva a casa 4.200 pesos (170 dólares). Por su parte, los cinco chóferes suelen ganar entre 400 y 1.000 pesos diarios —a veces en turnos que exceden las doce horas de trabajo—, un salario inimaginable para un empleado estatal.

No todo el dinero que Carlos gana se lo gasta en cervezas o en noches movidas. "Hay que invertir en gomas, gasolina y piezas de repuesto. También pagar al mecánico que le da mantenimiento a los carros", aclara.

Como Carlos, el número de exitosos pequeños empresarios cubanos va en aumento. Los sectores más lucrativos son el transporte, la gastronomía y la comercialización de productos agrícolas.

No solo existen empresarios propietarios de flotas de vehículos. En los servicios sucede otro tanto, con personas que regentan más de una casa de alquiler, cafeterías, o son dueñas de una docena de carretillas que en cualquier esquina de la ciudad, a precios astronómicos, ofertan legumbres, hortalizas y frutas (hasta manzanas).

Después de octubre de 2010, cuando Raúl Castro dio el pistoletazo de arrancada para nuevas formas de trabajo por cuenta propia y el ejército de inspectores estatales flexibilizó la fiscalidad, ciudadanos que guardaban el dinero bajo del colchón se aprestaron a invertir en negocios de buenos beneficios a corto plazo.

No sin cierto temor. Todo aquel que haya vivido en Cuba sabe cómo se las gasta el régimen. A ratos, cuando la situación económica es extrema, se le da cordel a las iniciativas privadas. Pero si se ve que el barco no hace aguas, salen a relucir un montón de regulaciones y muchos de los nuevos ricos terminan tras las rejas.

Ahora, Castro II ha prometido respetar ciertas reglas de juego mientras las personas puedan demostrar que el dinero es de procedencia legal y paguen puntualmente los impuestos.

Gente como René, de 60 años, que toda su vida se las ha agenciado para buscar dinero en el mercado negro, al principio tuvo sus recelos. Es uno de los viejos zorros que pueden encontrarse en el mundo de los negocios subterráneos.

"Cuando los artesanos empezaron en la Plaza de l a Catedral, ahí estaba yo. En los 80, también busqué dinero en los mercados agropecuarios. He estado dos veces en la cárcel, acusado de enriquecimiento ilícito. Por eso no me fío. Es como un juego de ajedrez. Tengo que tener la estrategia de salida en caso de peligro", dice, dueño de dos tarimas de venta de ropa al detalle y de ocho carretillas de hortalizas y frutas.

René gana algo más de 150 dólares diarios. Después de tomarse una taza de café fuerte a su casa, a partir de las cuatro de la madrugada, a un costado de la Ciudad Universitaria José A. Echevarría (CUJAE), en el municipio Rancho Boyeros, espera el arribo de camiones atestados de productos agrícolas. Compra al por mayor y a buen precio.

Otros, como el treintañero Yosniel, un buen día le dijo a sus parientes al otro lado del charco que, en calidad de préstamo, le giraran cuatro mil dólares. Y con ese dinero montó un negocio de reparación de viviendas. Tiene una cuadrilla de albañiles y plomeros. "La cosa me van bien. Incluso consigo materiales de construcción a precio de ganga que luego revendo a personas que necesitan reparar sus casas", confiesa.

Entre estos nuevos empresarios, predomina una interpretación muy particular de las regulaciones del trabajo por cuenta propia. Piensan que el Estado no permitirá el control de aquellos negocios —sean uno o varios— que propicien mucho dinero en manos de una sola persona o familia.

Pero habaneros como David, dueño de dos talleres de reparación de automóviles, se las apañan a su manera. Está acostumbrado a buscar dinero bajo la presión de un gobierno que ve una amenaza en los tipos emprendedores. "Ya son 53 años jugando al gato y al ratón. Intentando no ser cazado", dice, con una amplia sonrisa.

A fin de cuentas, todo el mundo en La Habana sabe que detrás de esa masa de vehículos salidos de los talleres de Detroit hace seis décadas, hay un puñado de mecánicos y chapistas más que ingeniosos.

Hasta dónde permitirá el Estado hacer dinero a esas personas dadas al individualismo y la buena vida, es una pregunta siempre latente entre los negociantes del postfidelismo.

"Eso depende del General. Si con nuestros negocios no afectamos el bolsillo de las corporaciones militares, creo que nos dejarán hacer. De lo contrario, darán una vuelta de rosca a ciertas regulaciones para asfixiarnos", opina Carlos, el flamante empresario dueño de cinco automóviles. No sería la primera vez.